Especial uno por diez once

V.V. A.A.

 
Reunión
Bárbara Din
DreamWarrior's Gallery
 

 

ESPECIAL UNO POR DIEZ ONCE

Lectores de Sinergia: lo que sigue es una experiencia inédita en la historia de la literatura. Les ofrecemos, “aparentemente”, diez cuentos escritos por otros tantos escritores españoles y argentinos. Sin embargo, la utilización de la expresión “aparentemente” no es antojadiza o arbitraria. Y no lo es porque los cuentos en realidad son once y no diez. Existe un cuento “undécimo” empotrado en los otros diez, embebido por los otros diez, difuminado entre los pliegues, intersticios y fisuras de los otros diez, producto de la sinergia que generan los otros diez. Es decir, el undécimo cuento existe virtualmente y se materializará en la medida en que ustedes sean capaces de extraer las piezas necesarias para armarlo. No les podemos dar más pistas. Podríamos, eso sí, ofrecer una especie de receta: consiga un kilogramo de conejo en polvo, cien gramos de perejil mineral, unas ramitas de frustración en estado líquido, una cebolla almizclada... ¿se entiende? Pero no funcionaría. Podríamos decirles que tomen de la palabra 88 a la 167 del cuento uno, de la 666 a la 667 del cuento dos, de la 71 a la 27 del cuento tres y así, pero es posible que el menor desliz termine formando un cuento duodécimo o decimotercero, y ese no es nuestro propósito. No obstante, podemos adelantarles que no tendrán problemas para lograr el objetivo propuesto, ya que ser lector de Sinergia tiene sus privilegios. Cualquiera sabe que por el mero hecho de serlo ya se es capaz de acceder a la comprensión inmediata y extendida de especulaciones y conjeturas que no están al alcance de los humanos ordinarios, y ni siquiera de los heptápodos de Ted Chiang. El cuento undécimo, consecuencia necesaria, suficiente e inevitable de los diez que lo preceden, está ahí, frente a sus narices, suponiendo que tengan más de una o, si lo quieren más simple, delante de sus ojos y su fina percepción. Que los disfruten. Todos. Y no hagan trampas leyendo sólo el undécimo cuento porque tomaremos examen el mes próximo.

 

LADRONES DE TIEMPO
Martín Cagliani

—¡Nos están afanando el tiempo! —dijo Ramiro.

—¿Y cómo lo sabés? —preguntó Gonzalo, en tono condescendiente. Miró a su amigo que estaba sentado con las piernas cruzadas y tomándose los brazos, del otro lado de su escritorio.

Ramiro y Gonzalo se conocían desde que eran unos críos, pero a partir del rechazo de su última novela, el escritor no paraba de inventar historias raras. Mientras que Gonzalo era un joven triunfador, y su atildada presencia era la viva imagen del éxito, Ramiro era lo opuesto; tanto los pantalones sin planchar y la remera marcada por la transpiración, como el cabello cortado al ras en forma descuidada, no hacían otra cosa que evocar el fracaso.

—Se aprovechan cuando estamos en otra cosa —continuó Ramiro, obsesivo—. O sea, cuando estamos esperando en la cola del banco, en el ascensor, esos momentos en blanco en los que uno piensa en cualquier cosa. ¡Ahí aprovechan! Y se quedan con nuestro tiempo. Lo van afanando de a poco, pero igual es un robo, Zalo. Hay que...
—Tranquilizate, Patón. ¿Pensaste un poco en las barbaridades que estás diciendo? ¿Cómo nos van a robar el tiempo? Y lo más importante, ¿quién nos roba el tiempo, y si tal cosa fuera posible, para qué lo querría?

—No sé, no tengo idea, lo estoy averiguando. Pero estuve juntando pruebas, y ahora te las traigo y vos te cagás de la risa —dijo Ramiro, visiblemente molesto.
—¿Y qué querés que te diga, Patón? Si me venís con semejantes huevadas.
—Tengo pruebas, te dije.

—A ver. ¿Cuáles son las pruebas?

Ramiro se irguió en la silla, aspiró una gran bocanada de aire, descruzó las piernas y las volvió a cruzar.

—La primera vez que me di cuenta, estaba en un ascensor. Iba a la entrevista esa que me conseguiste. Estaba nervioso, así que miraba el reloj a cada segundo. En un momento, veo la hora y marca 8.58. Al segundo vuelvo a mirar y eran las 9.00. Lo recuerdo patente, Zalo, porque iba con el tiempo justo para llegar puntual. Nunca llego tarde, vos sabés. No podía creer que en un segundo hubiesen pasado dos minutos...

—¿Y no se te ocurrió que podría andar mal tu reloj? —interrumpió Gonzalo, y estiró el brazo para servirse agua.

—Anda perfecto —respondió Ramiro, con fastidio—. A pesar que es un reloj bárbaro, tuve la misma duda que vos, y al toque de la entrevista fui a un relojero. Se lo quedó hasta el otro día, y me dijo que no tenía nada. —Gonzalo negó con la cabeza—. A los dos días, estoy haciendo la cola para entrar al cine y otra vez: miro el reloj a cada segundo porque no me quiero perder los avances. En un momento marcaba las 21.12. No pasa un segundo (tengo la costumbre de mirar el reloj y no prestarle atención así que tengo que mirar de nuevo) y ahora marca las 21.15. No lo podía creer. Y lo más gracioso es que la fila había avanzado cinco pasos. O sea que era obvio que me habían robado tres minutos. Miré a la gente; nadie se había dado cuenta. Le pregunté a uno y me contestó que no le parecía que fuera rápido. Ahí empecé a dudar.

—¿De la gente? —preguntó Gonzalo, burlón.

Ramiro se enojó y se fue. Pero una semana después regresó. Gonzalo estaba en una reunión, por lo que lo hizo esperar más de una hora.

—Pasá, Patón —le dijo—. ¿Cómo va todo?

—Lo descubrí, Zalo. Ya sé cómo lo hace, el guacho. Te vengo a ver para que me ayudes a ponerlo en evidencia; esto se tiene que saber.

—¿Qué cosa? ¿Seguís con los ladrones de tiempo?

—Sí, se apropia de nuestro tiempo muerto, y no nos damos cuenta.

—¿De quién hablás?

Ramiro se sentó frente al escritorio. Gonzalo lo imitó y le señaló una jarra con agua, para que se sirviera. Ramiro tomó un vaso completo sin respiro. Se pasó las manos por el cabello y habló conteniendo la voz.

—Tengo una teoría, ya la subí a un blog, pero vos me tenés que ayudar, así la gente se entera; si no lo hacemos puede terminar en un desastre.

—Patón, tanquilizate y contame bien. No te exaltes.

—Si me tratás como si estuviera loco me voy —dijo Ramiro, pero Gonzalo lo instó a seguir con las manos—. Es un tipo muy pintón, se me apareció en sueños, pero es todo máscara, en realidad es un eté que viene...

—No te vayas por las ramas, acotá, seguí una línea. Sos escritor, vamos, ¿tu blog también está así desprolijo?

—No, lo armé todo, estuve tres días redactando el manifiesto. Bueno, el tema es así. El eté aparece y te ofrece artefactos y situaciones maravillosas a cambio del tiempo. No sé si es verdad o verso, pero eso no importa, el asunto es qué hacen los etés con ese tiempo.

—¿Todo en un mismo sueño?

—No, no, en varios. Yo tengo la capacidad de manejar mis sueños, gracias a los cursos de control mental. No siempre puedo, pero a veces tomo conciencia y logro pilotearlo. El asunto es que me enteré de que no soy el único en esa situación; mucha gente lo hace sin darse cuenta, y ellos se aparecen en sueños y te prometen el oro y el moro.

—¿Pero cómo supiste de la otra gente?

—En los mismos sueños —Gonzalo levantó sus ojos al techo, pero Ramiro no le hizo caso—. Lo seguí, al eté. Ahora sé para qué usa el tiempo muerto que nos roba...

—¿Para...?

—Para invadir la Tierra.

—Pero...

—No, sin peros, dejame seguir. Es una especie extraterrestre muy avanzada. Encontraron una forma de achicar las distancias, reducir los años luz que nos separan: robándonos el tiempo.

—¿Te das cuenta de que esto es increíble?

—Tengo pruebas —insistió Ramiro.

—Todo eso lo averiguaste en sueños —afirmó, casi preguntó, Gonzalo.

—Sí, fijate ahí, en mi blog —dijo Ramiro, y señaló la notebook de Gonzalo—. La dirección es: http://ladrontiempo.blogspot.com/
Gonzalo lo hizo y lo que leyó lo hizo sonreír. Dio vuelta el monitor para que Ramiro lo viese.

—Yo no puse eso... —dijo Ramiro, temblando. Gonzalo se asustó al verlo así, pero luego se quedó de una pieza cuando todo a su alrededor comenzó a transformarse como si se estuviesen salteando escenas de una película. El tiempo se estaba “adelantando” en forma ostensible.

De pronto todo quedó en negro, sus percepciones cesaron, y tras un lapso imposible de determinar se materializaron sobre una planicie yerma, con un cielo amarillo sobre sus cabezas, un cielo imposible del que colgaban tres lunas. Fue lo último que vieron.

 

EL INVASOR
José Vicente Ortuño

Aquella mañana, cuando Benito se marchaba a trabajar, pasó frente al baño y notó un penetrante olor a cebolla. Pensó que tal vez se había olvidado de descargar la cisterna del retrete, aunque conocía bien el olor de su propia mierda y no olía precisamente a hortalizas. Entró y comprobó que no había ningún excremento flotante en el interior de la taza. Husmeó en los desagües del lavabo y la bañera, pero el olor no procedía de allí. La peste aumentaba de intensidad por momentos y volvió a olfatear el inodoro. El efluvio cebollero esta vez le hizo lagrimear y, por si acaso, descargó la cisterna. Pero el agua del retrete, en lugar de caer con su habitual rugido, salió proyectada hacia arriba como un poderoso geiser, que impactó en el techo y esparció agua pestilente por todo el baño. Benito, empujado por el potente surtidor, cayó de espaldas y se quedó sentado en el suelo, empapado hasta los huesos y asustado hasta la médula.

Pero no acabaron ahí las sorpresas. Ante sus ojos había aparecido un ser grotesco de aspecto humanoide. Estaba parado en el borde del retrete, donde se mantenía en precario equilibrio sobre las dos pezuñas de cabra que tenía en lugar de pies. Parecía un esqueleto, enano y cabezón, cubierto de piel gelatinosa color fucsia. Medía poco más de un metro, tenía la cabeza ovalada y una boca enorme, semejante a la de un sapo. Sus ojos, grandes como huevos e inyectados en sangre, se movían en el extremo de sendos pedúnculos de aspecto viscoso. En lugar de nariz tenía dos agujeros de los que manaba moco verde y las orejas parecían dos alcachofas mustias empotradas en el cráneo. No llevaba ropa por lo que mostraba un repugnante pene de color azul, bífido y erizado de púas, colgando fláccido entre sus piernas.

Benito sintió nauseas y vomitó el desayuno. Entonces aquel ente de pesadilla bajó del inodoro de un salto, se abalanzó sobre los vómitos y comenzó a lamerlos con deleite. Acabado lo que para él debía de ser un suculento ágape, se puso en pie, emitió un vigoroso eructo y habló con voz gorgoteante:

—Acepto tu ofrenda de sumisión, gusano. ¡Ahora llévame ante tu líder sin dilación!
Benito se quedó más que perplejo.

—¿Li... líder? —balbuceó—. ¿Qué líder?

—¿Quién va a ser? El líder supremo de tu mundo. ¡Comunícale que yo, Fhul-Anoh-d’Tal, Señor de las Lóbregas-Simas-Sin-Fondo, he venido a esclavizar a los habitantes de este miserable mundo! —respondió el monstruo cruzándose de brazos y elevando los pedúnculos oculares hasta la altura de la cara de Benito. Éste se sintió mareado por lo que implicaban esas palabras; o tal vez por el olor a cebolla.

¡Se trataba de una invasión extraterrestre! Muchas veces Benito había imaginado ser el protagonista del primer contacto con una raza alienígena, pero nunca pensó que, en lugar de en una nave espacial, llegarían a través de un váter. ¡De su propio váter!
—Vienes a… invadirnos, ¿eh? —dijo indeciso—. Pero… por curiosidad... ¿Puedes decirme de qué planeta vienes?

—¿Qué planeta ni qué carajo? —respondió el enano haciendo una mueca de desagrado—. Me envía Aquel-Que-No-Se-Debe-Nombrar, el Emperador Supremo del Oscuro Averno Infinito y Proceloso.

—¿El que no tiene nombre? —preguntó estupefacto.

—¡No, se le conoce por un millón de nombres! —exclamó y se puso a recitar con voz solemne, gorgoteante y con un ligero acento gaditano—: ¡El Que Acecha Susurrando En La Oscuridad Del Armario Empotrado! ¡El Que Jadea Subiendo El Monte Del Destino! ¡El Que Aúlla Cuando Se Pilla Los Dedos En Una Puerta! ¡El Que Devora Donuts A Dos Carrillos…!

—¡Ah, vale, vale! Ya comprendo —interrumpió Benito que había leído bastantes relatos de terror—, pero ¿y tus ejércitos de invasión? ¿No traes Hordas de Demonios de las Regiones Oscuras, o algo así?
—No las necesito, miserable humano —respondió el espanto de ojos pedunculados—, Aquel-Que-No-Se-Debe-Nombrar me ha investido con el Sagrado Poder del Talismán de Yogut-D’By-Fidhus, la Bestia Negra que guarda el Camino-Que-Gira-A-La-Izquierda y...

—¡De acuerdo, me has convencido! —volvió a interrumpirlo Benito—. Permíteme que me ponga en comunicación... quiero decir, que invoque a mi líder.

Tomó con parsimonia la escobilla de limpiar el váter y, alzándola sobre su cabeza, exclamó con voz cavernosa y tono solemne:

—¡Oh, Gran Líder Supremo, conocido como “El-Que-Arrastra-Su-Culo-De-Bar-En-Bar” y “El-Que-Camina-Por-La-Oscuridad-Con-Una-Linterna-Sin-Pilas...”

En la boca de batracio del extraño ser apareció una fea mueca de satisfacción. “Estos miserables seres van a ser mis esclavos sin mover un dedo”, pensó.

—... en el nombre del “Solomillo-de-Cerdo-que-Brilla-en-la-Noche...” —seguía clamando Benito mientras hacía girar la escobilla en círculos cada vez más amplios.

—... y por el Poder que me ha otorgado “El-Que-Viaja-Sin-Equipaje-Porque-Lo-Perdió-En-El-Aeropuerto”, ¡Yo te invoco! —gritó a pleno pulmón y descargó la escobilla sobre la cabeza del adefesio viscoso.

—¡Y te vuelvo a invocar! —lo golpeó de nuevo.

Y continuó sacudiéndole escobillazos mientras el enano repulsivo intentaba evadirse, pero Benito le cerró el paso hacia la puerta y sólo le quedó una salida: el váter. Saltó dentro del inodoro, aunque se le quedó atascada la enorme cabeza. Benito descargó el agua de la cisterna. El géiser salió proyectado de nuevo hasta el techo y se llevó con él al viscoso Señor de las Lóbregas-Simas-Sin-Fondo.

Descargó la cisterna tres veces más, bajó la tapa, se sentó encima y respiró aliviado.

—¡Pase que las cucarachas correteen por la casa y que los ratones se me coman los Doritos —exclamó Benito muy cabreado—, pero lo que no tolero es que salgan seres viscosos del retrete! ¡Faltaría más! ¡El casero se va a enterar, o me baja el alquiler o lo denuncio a Sanidad!

Miró su reloj y vio que llegaba tarde al trabajo. Su jefe le echaría la bronca. Pero lo peor era que el aseo había quedado hecho un asco y tendría que limpiarlo al regresar. ¡Vaya mierda de día le esperaba!
Lo dejó todo como estaba, bajó al garaje, ensilló a su camello Cirilo y se marchó al trabajo.

 

MIEMBROS DEL CUERPO
Hernán Domínguez Nimo

—No lo puedo creer —dijo el tacuriano, y no en castellano precisamente. Sus palabras reverberaban en el líquido, como ecos cercanos y lejanos a la vez—. No lo puedo creer.
Desconectó el seudópodo del observador y lo mantuvo un instante aislado, sin feedback, disfrutando a ciegas del constante (y casi inadvertido) deslizar. Era como el cálido vientre materno, pero sin ninguno de sus ocho millones de hermanos pululando por ahí.

Ni aún así pudo recuperar la calma.

—No lo puedo creer —repitió.

Cada vez que Mosis deslizaba esa frase, Dutlen la dejaba pasar, rechinando. Suponía que iba a ser la última. ¿Cuántas veces podía alguien repetir una frase, esperando respuesta, cuando nadie se la daba? Dutlen había contado 32453 desde que habían partido de Tacur. Ahora, anticipándose al estallido de sus nervios (y a su número de mala suerte, seguro que Mosis lo sabía), se impuso hacer caso a la convención social que obligaba a todo tacuriano a continuar una conversación recién iniciada (y, al que la iniciaba, a repetir la frase inicial hasta que el interlocutor la oyera con claridad).
—¿Qué es lo que no puedes creer?

Al relajarse, los tentáculos de Mosis alcanzaron, de a poco, casi el doble de longitud.

—Que nos hayan encomendado esta inútil misión de observación. ¿Para qué?

—Para observar y comunicar.

Era la respuesta de manual. Dutlen estaba fastidiado y se lo hacía notar. Pero Mosis, flotando al otro extremo de la nave, no pareció percibirlo.

—¡Pero si ya sabemos todo de este planeta inmundo! ¡Durante cincuenta años se enviaron misiones de observación! ¡Yo mismo participé de alguna! ¡Y lo que encontramos fue un planeta inútil, con tres cuartas partes de agua, sí, pero saturada de sodio! ¡Y el resto, contaminado por una raza con el mínimo de inteligencia suficiente como para creerse inteligente! ¡No tiene sentido conquistarlo siquiera! ¡Hay miles de planetas más ricos para nosotros, y ya los ocupamos todos! ¿Qué sentido tiene que estemos aquí?

Dutlen estaba listo para repetir la respuesta de manual pero se contuvo. Permaneció un par de revoluciones en silencio y conectó un seudópodo al observador inferior.

—Estamos aquí para justificar nuestra existencia —dijo.

Esta vez, Mosis se demoró en responder, mientras giraban en silencio, acercándose a la Tierra. La nave rotaba para mantener el medio acuoso en la circunferencia exterior. Los dos tacurianos (y los extremos que los conectaban a los instrumentos del centro de rotación de la nave, seco) acompañaban ese movimiento constante, sin notarlo.

—¿Para justificar nuestra existencia? —repitió Mosis—. No lo entiendo.

—La existencia del cuerpo militar de observación.

—¿La existencia del cuerpo? —repitió Mosis, esta vez no por convención sino por simple incredulidad.

—Sí. El cuerpo. Un organismo que tiene más de trece mil naves y doscientos mil miembros. Instalaciones en treinta y dos planetas de dos galaxias distintas. Las decisiones del cuerpo son las decisiones del consejo. Los movimientos del cuerpo son los movimientos de las galaxias. Los planetas no giran en torno a sus soles: es el cuerpo lo que está en el centro de todo.

Dutlen dejó que sus palabras hicieran efecto en Mosis. Todo miembro del cuerpo, acostumbrado a pasar más tiempo en una nave giratoria que en aguas de su planeta, comprendía la importancia intrínseca en la noción de centro.

—Imagina lo que sucedería si alguien decidiera que el cuerpo ya no es necesario. Nosotros mismos, sus miembros, ya no tendríamos razón de ser.

—Lo entiendo —dijo Mosis, intentando relajar su cuerpo traslúcido, gelatinoso, que se había puesto rígido—. No puedo imaginar esa situación sin temer que mi propio cuerpo se disuelva en una solución final.

—Me gratifica que lo entiendas y lo sufras tanto como yo. Comprenderás entonces lo que va a suceder —dijo Dutlen y señaló sus instrumentos.

Mosis prestó atención a la pantalla acuosa por primera vez en varias revoluciones. La nave se había estacionado sobre una de las urbes principales del planeta Tierra. La reconoció: era la sede del organismo internacional.

¿Pero qué había sido del edificio?

Se veía un cráter, del que manaba una larga columna de humo. Alguna gente y vehículos con luces parpadeantes comenzaban a rodearlo.

—¿Qué has hecho? —exclamó Mosis, chequeando al mismo tiempo las cargas fotónicas que sólo se llevaban como reaseguro, y nunca (¡jamás!) habían sido utilizadas. Como temía, una de las cargas había sido liberada.

—Ha sido un accidente —dijo Dutlen, aunque la tonalidad violácea de su piel traslúcida lo desmentía—. Ahora nos quedaremos el tiempo suficiente para intentar explicar lo sucedido a los terrestres. Claro que, si ellos nos atacan, podrá leerse como una provocación ineludible. Una declaración de guerra. Y el cuerpo es el único capaz de enfrentar una amenaza como ésta.

—¿Declaración? ¿Amenaza? —moduló apenas Mosis, contemplando la devastación y los patéticos esfuerzos en la superficie del planeta—. ¡Nosotros los atacamos! ¡Cuando se entere el consejo del cuerpo, nos expulsarán!

—¿Expulsarnos? —El cuerpo de Dutlen vibró, divertido—. Nos premiarán.

Extendió un seudópodo y lo conectó directamente a Mosis, como si le hablara al oído:
—¿Crees que haría algo así sin que me lo ordenaran?

 

EL TRAFICO DE DROGAS EN TITAN
Marcelo Difranco

Todos los astronautas odiábamos llegar a Nueva Amberes. El viaje no era demasiado agradable y había que someterse al chequeo obligatorio, que tomaba muchas horas en condiciones inhumanas. Aquella vez, cuando me detectaron espinosis, los examinadores se alegraron: por fin se encontraban con un fenómeno conocido que habían visto en cinco oportunidades anteriores.

Era una época muy difícil para los científicos. Todos los días se descubrían nuevos fenómenos, a medida que los terrestres viajábamos más y más a través del espacio. Uno de estos fenómenos, el que yo padecía, se denominaba espinosis múltiple, y debía su nombre a una fluctuación del espín de ciertas partículas atómicas en el ADN del ser humano. El efecto residual de la espinosis era la multiplicación aleatoria del sujeto en distintas regiones del universo, generalmente lugares en los que había estado con anterioridad.

No era mucho más lo que se sabía, básicamente porque nadie tenía ganas, ni tiempo, de continuar investigando. Era una de las tantas sorpresas diarias; uno de los miles de imprevistos que mantenían en actividad a un ejército de personas y máquinas.

Era lógico, entonces, que encontrara a uno de mis dobles (según los examinadores eran cuatro en total) ahí mismo, en Titán. Sin embargo, lo supe de la forma más curiosa e inesperada y en el momento menos oportuno. Estaba supervisando la descarga de mi nave, momento de máxima atención ya que no sería la primera vez que robaran parte de la mercadería para transarla en el mercado negro, cuando el jefe de investigaciones del puerto de Nueva Amberes, un tal Verón, me hizo llegar una orden de arresto inmediata a cumplir en la jefatura. Fastidiado, y pensando que era víctima nuevamente de la burocracia titánica, una de las peores que conocía, pedí concluir mi tarea, sin poder evitar la custodia de dos policías, que aprovecharon para examinar la documentación de mi nave y robar un par de alfajores, tal vez lo más caro de toda la carga.

"Para los chicos", dijeron.

La oficina del jefe se debatía entre un estilo policial terrestre, con su cafetera casi inutilizada por el sarro calcáreo y unas viejas fotos de la academia de investigaciones, y un estilo neomarciano, tal vez residuo de un destino anterior, evidenciado por el infaltable póster de la "Cara de Marte" guiñando un ojo.

La cara decía, en un globo como el de las historietas, "Esperen a ver mi poronga".

Sin embargo, el ambiente titánico, metálico y gris, parecía estar apropiándose de todo.
—¿Algún problema, jefe? —pregunté.

—Yo lo llamaría más una solución que un problema —dijo el jefe, con media sonrisa en el rostro.

—Bien —dije—, cuénteme.

Verón se levantó de su silla y se paró frente al mapa de Nueva Bélgica.

—¿Sabe lo que costó la terraformación de este pozo de mierda? Miles de vidas, años de trabajo, familias deshechas, violencia, sabotajes, en fin... Lo usual. Pero multiplicado por diez. Vaya a saber por qué. Al fin, se logró hacer habitable un área similar a la Bélgica terrestre.

Se acercó teatralmente a mí, gesticulando.

—Y un cráneo de la burocracia espacial dijo "¡Nueva Bélgica!". Un genio, ¿o no? —preguntó, sin esperar respuesta.

—Sí —dije, contra su voluntad, mirando mi reloj.

—Me llegó un informe del departamento sanitario, que dice que usted padece un desorden llamado espiriosis o algo así —prosiguió Verón

—Espinosis. Múltiple —corregí.

—Eso. Usted se duplicó, triplicó o lo que sea. Uno de sus dobles vive acá, en Amberes, y casualmente es una persona muy conocida. Tristemente célebre, diríamos en la tierra. Un criminal llamado Hermes Bechthold, asesino, contrabandista y traficante de drogas, que buscamos hace tiempo. Es más, lo he buscado desde que llegué aquí, hace cinco años.

—¿Cinco años? Pero si se supone que me enfermé en este último viaje —dije.

—Correcto —dijo—. Pero la duplicación es espacio temporal. O sea, su doble tiene la misma edad que usted y ha vivido en Titán desde siempre. ¿No se lo explicaron?

—No, no me dijeron nada.

—No importa. El asunto es que usted lo conoce como nadie...

—¿Yo? No, está equivocado.

Verón levantó un dedo, haciéndome callar.

—En cierta forma lo conoce. Es usted mismo ¿o no? Piensa con su cerebro, es como usted. —Juntó ambas manos, disculpándose—. No me malentienda, pero es idéntico.

—¿Qué es lo que quiere, exactamente? —pregunté.

—Que me ayude.

Me llevaron al Belgium Park Hotel. La habitación era cómoda y confortable y en el centro había un enorme mapa de Nueva Bélgica. El teléfono, en una mesa al lado del mapa, me comunicaría con Verón a cualquier hora del día.

Mi misión: pensar dónde y cómo desembarcaría yo un cargamento de droga terrestre.
Pensar. Como si fuera tan fácil.

Las primeras horas, luego de varios bocadillos y botellas de champagne, nada. Me limité a caminar alrededor del plano y observarlo.

El bar cerró tarde y ya nadie quiso subir con más botellas.

Me senté en el medio de Nueva Bélgica. Creo que dormí un poco, hasta incorporarme con un sobresalto. Miré nuevamente el mapa y lentamente empecé a entender.

Así era que actuaba Hermes... Claro, tenía sentido. Este es el lugar lógico. ¿Cómo no lo había visto antes?

Me dirigí al teléfono y levanté el auricular. Pero colgué.

En la nuca. Lo podía sentir. Los ojos de Hermes.

¿Qué hubiera hecho yo? ¿Cómo traería la droga?, pensé.

Hermes, lo sabía, me apuntaba con su arma detrás de las cortinas.

—¿La encontraste? —pregunté sin darme vuelta.

—Sí —dijo mi voz, detrás de mí—. Tu parte está en el lugar habitual.

Sabía que todavía me apuntaba.

—No pensarás que soy un soplón, ¿no es cierto? —dije.

Miré fijamente el teléfono. Me sentía aturdido y realmente necesitaba dormir.

—¿Qué le decimos a Verón? —preguntó Hermes.

—No importa. Algo se nos va a ocurrir.

 

EL BUSCADOR BUSCADO
Iván Olmedo

Pasé diecisiete años de mi vida dedicado a la fantástica tarea de buscar el final del arco iris, un trébol de cinco hojas, el esqueleto completo de una sirena, el Gato Triste y Azul, un cuento malo de Ambrose Bierce… siempre tras la pista de lo imposible. No diré que fuera una completa pérdida de tiempo. Las pocas veces en que creía estar a punto de lograr el objetivo eran para mí momentos de extático placer que recargaban mis energías. No me importaba que, en el último momento, la pista fuera falsa y las esperanzas se vieran destruidas. Gastar cantidades vergonzosas de dinero tampoco me amedrentaba. Hasta que cierta vez, durante mi descanso de los miércoles (mal día para rastrear quimeras, aunque soy incapaz de explicar por qué) conocí a Amalia. Me interesé por su compañía en cuanto comprobé asombrado que conocía los nombres completos de las tres espadas secretas de Arturo Pendragón. Fue un flechazo instantáneo. Además, su nombre era espectacularmente bonito: Amalia, el paraíso de los amantes.

Comencé a descuidar mis búsquedas para estar más tiempo con ella. Hablábamos de lo divino y lo humano, de obras herméticas perdidas. Nos comprometimos a visitar juntos, algún día, el horrible museo siberiano del doctor Vassili Gornenko, dentro del cual la vida de los osados visitantes da un giro completo de trescientos sesenta grados. Durante una de nuestras noches de insomne compartir de vivencias, me di cuenta de que estaba utilizando demasiado la palabra completo, o completa. Hecho que, me temo, reproduzco en este escrito con desparpajo. Aquella leve señal me hizo sentir de pronto que algo iba mal. Cuando Amalia se ausentó un instante para ir al aseo, registré minuciosamente el salón con la mirada. Cuál no sería mi sorpresa al entrever dos pares de zapatillas que sobresalían bajo las cortinas adornadas con motivos de flores de lis amarillas. Proferí un grito de pánico natural (resulta que siento pánico ante la combinación de zapatillas y flores de lis) y, al verse descubiertas, mis dos cuñadas salieron de su escondite. Yo, que no las había visto en años, me alarmé ante lo inverosímil de su presencia allí. Con lágrimas en los ojos me contaron cómo habían partido en mi busca tras mucho debatir entre ellas y llegar a la conclusión de que mis exageradamente amplias lecturas de libros esotéricos y mistéricos me habían nublado el juicio. Intentaba yo razonar con ellas cuando, no mi juicio, sino mi cabeza, comenzó a nublarse y asistí impotente a mi desmayo sobre la polvorienta alfombra de piel de toro normando, que era una de las más preciadas posesiones de mi reciente novia.

Cuando desperté, completamente paralizado de cintura para abajo, Amalia confesó haber puesto láudano en mi té verde. La perdono; ella no podía saber —ni sus compinches, mis cuñadas, a quienes siempre oculté mi debilidad— que soy tremendamente alérgico al láudano y que acababan de causar una tragedia. Ahora dedico mis días, sentado en esta silla de mimbre, a registrar las muestras gratuitas de champú, buscando una perla negra en su interior; o los botes de café expresso, esperando encontrar algún huevo del mítico gusano Kobayashi, que anida en los cafetales. Las cajas de cereales, los sobres de sopas instantáneas… no he renunciado por completo a encontrar alguna de las cosas maravillosas que, sin duda, existen en éste, mí, ahora, reducido mundo.

 

LA CONDENA
Antonio J. Cebrián

Hierba fresca… Árboles mecidos por el viento… Nubes sobre mi cabeza… el horizonte a lo lejos donde la vista ya no alcanza... No esperaba volver a ver nunca más todo esto. Es mucho mejor de lo que podía recordar...

—Condenamos al acusado (reo 22-700) a la pena de muerte previo martirio en grado severo. Durante un período no inferior a tres días naturales anteriores a la ejecución se le infringirá al cuerpo del acusado todo el dolor que la tecnología actual sea capaz de proporcionar. Durante esos tres días se equipará su cuerpo con los sistemas necesarios para mantenerlo con vida y en estado consciente. Una vez iniciado, el martirio no podrá detenerse por ninguna causa hasta el instante mismo de la extinción de la persona. De no producirse así, el acusado (o sus herederos legales) podrán reclamar la indemnización por daños y perjuicios que le corresponda en base a derecho…

La luz cálida del Sol acaricia mi rostro y huelo aromas que había olvidado tras diez años de cautiverio. Pero no puedo dejarme seducir; he de seguir corriendo. Alejarme del caos de sirenas y gritos que aún resuenan en la lejanía…

—Veamos… Procedimiento de obligado cumplimiento para la pena capital… Inmediata… Grado leve… mmm… ¡Aquí está! Grado severo: se implantará un electrodo en el centro del dolor del cerebro del acusado y se activará con el voltaje apropiado para estimular intensamente el tejido nervioso circundante… Este voltaje irá variando en frecuencia e intensidad para compensar el inevitable fenómeno de adaptación de las neuronas.

»Normalmente, no se puede mantener este procedimiento más allá de las ochenta y cinco horas, ya que el tejido nervioso comienza a calcinarse y las lesiones hacen que disminuya e incluso cese el martirio, incumpliendo las condiciones de la sentencia. En cualquier caso, dado que la condena máxima es de tres días, al cumplir setenta y dos horas y un minuto se procederá, por razones humanitarias, a detonar el explosivo contenido en el electrodo, consiguiendo así —conforme a derecho— evitar cualquier indicio de alivio —que en estas condiciones podría resultar extremadamente placentero— y de esa forma interrumpir el proceso únicamente en el momento exacto de la extinción de la persona…

Lo he conseguido; he vuelto a ser libre. No sé por cuanto tiempo, pero me he salido con la mía y ellos han perdido. La condena previa (por aquellas cosas desagradables que dicen que hice) indicaba explícitamente que no podía recuperar la libertad bajo ningún concepto, puesto que el análisis electropsicológico mostraba que la libertad era mi más íntimo e intenso deseo. ¡Meteos ahora el análisis por el culo, hijos de puta!...

—En la prisión “Nuestra Señora de la Misericordia” no se emplean los grilletes. No son necesarios.

»Todos ustedes se estarán preguntando por qué. Muchos, incluso se verán gratamente sorprendidos y pensarán: “¿Qué clase de tontería habrán ideado estos ingenuos idealistas? Sea lo que sea, me facilitará las cosas para salir de aquí”.
»Otros (los más castigados), por el contrario, se inquietarán y sentirán temor ante la alternativa al conocido, familiar y previsible grillete… Felicito a estos últimos por su perspicacia.

Cualquiera podría decir que emplearon toda la inteligencia en la crueldad y olvidaron dedicar una mínima parte a la seguridad. De otra forma no se explica el cúmulo de defectos y errores que hicieron posible mi fuga: el idiota del carcelero que dejó la porra sobre la mesa mientras trataba de abrir la cerradura atascada de la puerta intermedia…, la torpeza del segundo guardia, demasiado joven e inexperto (y ahora con menos dientes)… Y el hecho de que fuera el hermano menor del vigilante que, en ese momento, controlaba las puertas automáticas desde la cabina blindada… Eso les pasa por corruptos; por acomodar a la familia saltándose las normas… ¿De qué les ha servido? Le hice salir y los maté a los tres igualmente…

—Les aseguro que echarán de menos las rozaduras de las anticuadas cadenas. En esta prisión han dejado de ser necesarias porque serán sometidos a una intervención y, a la vez que se les implanta el electrodo (al que con tanta vehemencia se han hecho acreedores), les será anulada quirúrgicamente la movilidad del brazo derecho y la pierna izquierda.

»Por si no lo sabían, esa es la razón por la que se conoce popularmente a esta prisión con el nombre de “Los arrastrados”. Mejor será que se olviden de mantenerse erguidos, no es posible desplazarse con una sola pierna cuando la otra cuelga laxa detrás…

No había otro momento. Sólo podía ser el día de la ejecución, a la salida de la enfermería. Se supone que el reo está convaleciente y débil… Pero la voluntad es, a menudo, más fuerte que la carne. Ningún salario puede equiparar en eficacia a la lucha por la supervivencia propia…

—Por supuesto que esta intervención es reversible (más o menos), puesto que la ley obliga a entregar al reo a su condena completo y en perfectas condiciones físicas. Es lo que nos diferencia a los que seguimos y acatamos la ley y la justicia de todos ustedes, chusma delictiva e insensible... Una vez repuesta la movilidad de los miembros en un grado que se estime aceptable, serán conducidos, ese mismo día, a la sala de martirio. Allí se les aplicará en estricta observación de las normas, la pena a la que cada uno de ustedes se ha hecho merecidamente acreedor…

¡Idiotas! Bajan la guardia sabiendo que no se pueden escalar las vallas con un solo brazo y abandonan los puestos para dedicarse a sus propios negocios y trapicheos… Esta fuga les va a costar cara a más de uno… Puede que incluso ingresen en la cárcel que ellos mismos custodiaban… ¡Que os jodan bien, cabrones!

—Y, única y exclusivamente, con motivo de ese deseo de justicia y humanidad que, probablemente, ninguno de ustedes merece… Se conserva en esta institución una vieja (aunque a mi juicio, innecesaria) tradición…

Lejos ya de las sirenas y los perros, tras cruzar varios ríos y en medio de un inmenso bosque, me puedo detener por fin… El área de búsqueda se ha ido ampliando sobre una zona agreste y montañosa y, a la par, las probabilidades de encontrarme se han ido reduciendo. Necesitarían todo un ejército para batir la zona. Ahora puedo gritar en voz alta: ¡soy libreeeeee!…

—Cumplida la última voluntad del reo 22-700 en el simulador virtual, se procede a la conexión del electrodo...

 

EL GATO TRISTE Y AZUL
Víctor Miguel Gallardo Barragán

El gato azul está triste. No viajó desde su lejano planeta para esto, piensa constantemente. Observa con detenimiento los pensamientos del huésped y capta su indiferencia.

—Soy sólo tu comensal, no quiero hacerte nada malo —se justifica. El otro se indigna, está francamente irritado, pone todo su empeño en expulsar al gato azul de su cerebro. El gato sigue estando triste.

—Esto no es simbiosis, ni depredación, ni parasitismo. Soy tu comensal —repite el gato, pero el otro no atiende a razones. El gato es agredido por miles de pensamientos y, finalmente, hastiado, devora la cordura del huésped y un nuevo cuerpo cae, inerte, en mitad del pasillo del hotel.

El gato azul viaja a un nuevo hogar, el más cercano que encuentra. Una niña, en la habitación 112, mira absorta un canal temático de ciencia. El gato salta y se enmaraña en su pelo, inserta sus uñas en los orificios de las orejas y de los ojos. La niña, inmutable, se deja hacer con desgana. El gato no comprende, el gato se entristece ante la lamentable condición humana.
La niña tose y se rasca la cabeza. El gato cree que ha llegado el momento de hablar.

—Soy sólo tu comensal, no quiero hacerte nada malo.

La niña se levanta y se mira en el espejo. Sonríe.

—Eres guapo, gato. ¿Serás tú mi marido?

El gato parpadea sin comprender, pero al cabo sonríe: esto es mejor que nada, y al fin ha encontrado un espécimen que parece dispuesto a cooperar.

—Tú también eres muy guapa, niña. Pero quiero explicarte qué voy a hacerte.

—¿Me va a doler? —pregunta la niña. El gato empieza a alegrarse de su suerte. ¡Esta niña está más que dispuesta a ser su mansión!

—No, por supuesto que no.

La niña ríe con picardía.

—Antes de hacerlo quiero que te cases conmigo. Mamá dice que eso es lo correcto.

El gato ya no se alegra tanto.

—Creo que no comprendes lo que quiero decir... —empieza a susurrar, pero la niña ya está revolviendo en la maleta de sus padres, la niña ya está sosteniendo un pañuelo blanco de encaje, la niña ya está ajustando el improvisado velo sobre su cabeza.

—¿Me querrás siempre? ¿Serás mi esposo hasta que la muerte nos separe? ¿Me darás hijos sanos y fuertes? ¿Me protegerás del resto de los hombres?

El gato está empezando a dudar de la conveniencia de seguir sobre la cabeza de la chica. Aún así, es menester hacer un último esfuerzo.

—Niña, necesito un cuerpo...

—Yo también necesito un cuerpo.

El gato odia que lo interrumpan con sandeces y clava sus uñas, pero las terminaciones nerviosas de la pequeña humana no reaccionan. Al contrario, el dolor que no toca a la niña golpea al gato, que apenas puede evitar el desvanecimiento.

—Niña, yo...

—¿Serás mi esposo hasta que la muerte nos separe? —repite la niña, la mirada fija en el espejo, las pequeñas manos aferrando una flor de plástico que ha tomado de un pequeño jarrón sobre la cómoda. El gato intenta huir de este remedo de matrimonio, intenta saltar del cuerpo y buscar otra opción, otra potencial mansión en la que pasar el resto de su vida, pero algo se lo impide. No puede moverse, el gato azul no puede moverse, y por más que clava sus uñas desesperado sólo recibe, en contraprestación, un dolor insoportable.

—Quiero que me des muchos hijos. Mamá dice que es lo correcto, tener muchos hijos.
El gato no escucha, el gato sólo soporta el dolor mientras intenta huir.

—Y serán muy guapos, azules como tú y de pelo dorado como yo. Mamá dice que para eso vinimos a este planeta: para procrearnos y mestizar. Yo creo que nuestros hijos serán unos mestizos muy guapos, ¿no crees? Me gustaría tener miles de hijos

El gato azul, más triste de lo que ha estado jamás, piensa que, en efecto, no viajó desde su lejano planeta para esto. Definitivamente no.     

 

MEDUSAS
Fabio Ferreras

—¿Está vivo? ¿Seguro?

—Creo que sí. Su pecho sube y baja, como si respirara. A menos que se trate de un improbable reflejo post mortem.

—¿Y qué hay de su nombre? ¿Cómo se llama?

—¿El muerto?

—¿A qué te refieres con “el muerto”? ¿No quedamos en que aún vive?

—Perdón. Fue un lapsus. El vivo, entonces. No sé cómo se llama.

—Pues revísale los bolsillos. Debe tener una de esas... ¿cómo les dicen? ¡Ah, sí! Billeteras. Ahí encontrarás su identificación.

—Es extraño. No hay bolsillos.

—Imposible. Tiene que haber alguno. ¿Revisaste todas sus ropas?

—Me refiero a que casi no tiene ropas. Sólo ese pantaloncito azul, el que colgué de la palanca del fagocitador.

—¿Qué rayos es eso?

—¿El fagocitador? ¡Vaya pregunta! Es el canibalor citológico mixto. Tu pregunta me desconcierta porque hemos estado usando ese aparato durante los últimos veinte...

—¡No seas animal, hombre! ¿Cómo no voy a reconocer al fagocitador? Me refiero al pantaloncito azul. ¿Es todo lo que llevaba encima?

—Así es. Y no tiene bolsillos.

—Maldición. ¿Se trata de alguna especie de calzoncillo o similar? ¿Y caminaba por la calle sólo con eso? ¿No llevaba ni un sombrerito al menos?

—Cuando lo chupamos no estaba en la calle. Estaba nadando.

—Nadando. ¿En una piscina?

—No. En el mar. Si te molestaras en echar un vistazo por la escotilla norte, verías que en este momento estamos sobrevolando una playa. Y muy concurrida, por cierto.

—Hmm. Es verdad. Debe ser temporada alta. ¿Y dices que estaba nadando?

—En realidad acababa de meterse en el agua y empezaba a chapotear. La marea está brava, no habría durado ni dos minutos. El radarómetro lo estuvo vigilando durante toda la tarde. Se la pasó bebiendo... a ver, espera que reviso las sinapsis...; cerveza, eso es. Se pasó toda la tarde enterrado en la arena hasta el cuello, insultando a los turistas y vaciando una botella de cerveza tras otra. Las ingería por su orificio de entrada primario, que debe ser éste que tenemos aquí...

—¡Uf! ¡Qué peste! Debe serlo. Y por cierto, no sólo respira sino que acaba de abrir los ojos. Me está mirando.

—Como decía, se quedó enterrado en la arena bebiendo una cerveza tras otra hasta que se le terminaron las botellas. Fueron cinco. Casi un litro cada una, típica unidad volumétrica, por lo que hace un total de...

—Sí, sí, bla-bla-bla. Las bebió todas. ¿Qué pasó entonces?

—Se desenterró y caminó hacia el agua. Si fuéramos humanos, diríamos que estaba tan embadurnado de arena que parecía una milanesa.

—Olvida explicarme qué entienden los humanos por milanesa. ¡Rayos, terminemos de una vez! No soporto que el espécimen me mire con esa expresión de wug apaleado. Además parece estar queriendo decir algo. Mueve el orificio primario.

—No lo mires, que es peor. Se pone más nervioso. El sujeto se dirigió hacia el agua, esquivando gente y haciendo eses. Esta expresión, me refiero a “hacer eses”, no tiene nada que ver con el proceso de expulsión de secreciones fecales. Se trata de una mera semejanza fonética, así que no me malinterpretes. Ya que estamos, puedo agregar que las expulsa por un orificio de salida secundario que, si los cálculos no me fallan, es éste de aquí...

—¡Uf! ¡Eso sí que es una peste! Continúa, por favor. Estabas describiendo lo de hacer eses.

—Sí. Se trata de una peculiar forma de andar que consiste en unir dos puntos mediante una trayectoria azarosa y bastante dilatada en el tiempo. Relacionada directamente con la cantidad de alcohol ingerido.

—Entiendo. El sujeto estaba más borracho que una kuzva. ¿Llegó al agua?

—Nuestro radarómetro no le sacó la onda de encima. Empezó a chapotear, arrastrado por la marea, y no tardó en hundirse.

—Ag... ag...

—¿Escuchaste? Sigue queriendo decir algo.

—Te dije que no lo mires. Como decía, para cuando nos detuvimos sobre él, el sujeto no sólo se estaba ahogando sino que además estaba siendo atacado por un banco de aguavivas. También conocidas como medusas.

—Entonces lo chupamos justo a tiempo. Debería darnos las gracias.

—Ag... ag-agua...

—Parece que tiene sed. ¿Le damos un poco, a manera de última voluntad? ¿O le aplicamos el fagocitador ya mismo?

—Yo diría de aplicárselo y terminar de una vez. Este sistema tiene varios planetas y aún no visitamos ninguno.

—¿Se lo introduzco por el orificio primario...?

—¡Ag-ag-agua!

—¿... o por el secundario?

—Es lo mismo. La única diferencia será que los órganos internos saldrán en sentido inverso.

—¡Ag! ¡Agua... aguavivas de mier...! Ug.

—Tenemos un problema. Ya no me mira.

—¿Respira?

—Ese es el segundo problema. Me parece que nos ha abandonado.

—¡Maldición! ¡Siempre nos pasa lo mismo!

—Tienes razón.

—¡Te dije mil veces que el fagocitador no debe quedar a la vista del sujeto antes de la extracción! ¡Los pone muy nerviosos!

—Tienes razón, sí. Según las sinapsis, su corazón no resistió. De todas formas, no creo que debamos sentirnos culpables. Parecía tener una vida muy disipada.

—¿Muerto no nos sirve para nada?

—No. El fagocitador no fagocita.

—¡Al diablo! Entonces nos vamos ya mismo.

—¿A otra parte del planeta?

—¡Nos vamos del sistema! ¡Devuelve al espécimen al agua y larguémonos de aquí!

—De acuerdo. Uf, pesa, el maldito. Ábreme la escotilla de proa.

—Ya está. Arrójalo al mismo lugar, en el banco de aguavivas que nombraste. ¿Es el que se ve allí abajo?

—Ese mismo. ¿No son una preciosura?

—¡Ya lo creo! ¡Mira esos filamentos! ¡Mamita! En unos quinientos millones de años evolucionarán y heredarán el planeta. Pero por ahora tendrán que limitarse a flotar un rato. Paciencia, ricuras.

—Ya lo arrojé. Kaput.

 

SALÓN RECREATIVO
Alberto García-Teresa

Gotea mi sangre por la escalera mecánica. Gotea, y el hilillo se cuela por las ranuras como un buscador ansioso de engranajes mientras descendemos. Delante, mi compañero corre frenéticamente de un lado a otro, con el traje protector robado severamente rasgado y hecho jirones en varias partes. De hecho, uno de sus dos penes cuelga y se bambolea como un péndulo en carnavales. Se detiene en el túnel, frente a un cartel de propaganda de los extraterrestres que abrazan con fervor al director de la Agrupación de Empresarios Euroasiáticos. El intercambio de plantillas y de mercados les ha venido como anillo al dedo a ambos. A su tecnología solar la industria terrestre responde con cachivaches y estética, y con una legión de consumidores ávidos de novedades, espectáculo y ostentación. Mi compañero vacía una de sus vejigas contra el plástico; yo saco la solicitud de cambio de destino y la rompo en pedazos.

Nos cruzamos con un grupo de turistas que corren alarmados en dirección opuesta. Deslizan sus cuerpos rugosos de una manera francamente divertida, como patinadores sobre hielo. Su agencia de viajes seguro que sólo les presentó el lado exótico de las megalópolis humanas: zonas luminosas, grandes construcciones, visores de imágenes gigantes, edificios automáticos y personas sonrientes.

Los focos parpadean, y la travesía hiede a ventilador obstruido. Retumba el estruendo que se está produciendo arriba, pero aún así los mendigos permanecen derrumbados contra sus mantas, ajenos al tiempo, en el corredor.

Vemos nuestra salida. Enarbolo la pancarta y me la enredo en la espalda. Mi compañero se mofa y me dice que parezco un cangrejo paticorto. Nos besamos. Intento ajustarme los guantes acartonados.

Estamos desorientados. Reventaron el grupo y nos separamos. Estaba harto de ser cobaya y oveja incluso dentro de la disidencia, y optamos por huir del enfrentamiento con la policía cuando, misteriosamente, irrumpieron por la mitad de nuestra marcha y aislaron a todos en bloques salvo a la cabecera. Las fotos de las torturas recorrerán mañana todos los visores de imágenes, y tendremos nuevos mártires con los que reclutar adeptos. En el fondo, sus líderes y los nuestros desayunan juntos cada mañana con nuestros tenedores y cucharas.

La confusión y las explosiones descienden por la escalera con la vaharada de armas eléctricas. Aún así, sabemos que debemos salir, antes de que comiencen a peinar los túneles con ondas térmicas. Recojo del suelo unos fragmentos de acero desgajados y subimos.

Ups. La pifiamos. Nos hallamos entre dos frentes.

Comienzan a abrir fuego. Corro, doblo una esquina y me topo con otra brigada que destroza literalmente la retaguardia. Intento escabullirme pero un policía me atrapa. Alza su porra eléctrica y la aplasta contra mi cabeza. Me salta la lentilla solar e, inmediatamente, cierro los ojos con fuerza para que no se me arrase el cristalino. Me revuelvo pero sólo consigo que otros policías se vuelvan y se ceben conmigo. Me golpean, me golpean, me golpean...

Fundido en negro.

Se me acabó el crédito.

 

POR CULPA DE LA SINERGIA
Sergio Gaut vel Hartman

Como un largo parpadeo.

¿Cuán largo?

Largo. Todo quedó en negro durante un lapso imposible de tasar, como si el tiempo hubiera cesado, y cuando el diafragma por fin dejó pasar la luz supo que seguía sobre la planicie, el cielo amarillo se iba oscureciendo como un papel que se quema, y las lunas se consumían como frutas que se pudren.

—Estás en el lugar exacto —dijo una voz aguardentosa, rota en millones de gotas de ron o vinagre—. Aquí recibirás tu merecido y la pena que se te aplique será estrictamente la que supiste ganar observando las reglas.

Buscó a su compañero, buscó una señal en el cielo, aves, jarrones de la dinastía Ming, basura, algo, cualquier cosa, por corrupta o inservible que fuera. No había nada. Giró como un trompo y la voz siguió colgada del aire como un castigo que se hincha y crece para estallarte en pleno rostro.

—De acuerdo —dijo para ganar tiempo—. Aceptaré que padezco un desorden mental sin precedentes, algo a lo que los psicólogos llamarán exopirosis o endoesclerosis, da lo mismo. Seguramente sigo allá...

—¿Allá? ¿Dónde? —dijo la voz. Pero no era la misma voz. Había mutado. Un campanilleo de celestas reemplazaba el áspero masaje en los bordes mellados por el alcohol.

—Eso digo yo, ¿dónde? ¿Dónde estás, hijo de una gran puta?

—¿Eh? ¡Un momento! Cuide el lenguaje. Aquí hay niños.

—¿Niños? —La luz cesó de nuevo. No se apagó. No se ocultó un sol tras el horizonte ni se quemó la lámpara del farol. Dejó de haber luz, como si nunca hubiera existido. Y la voz volvió a cambiar, claro.

—Niños, sí. Esto es un parvulario. —No tenía dudas: la que hablaba era una mujer joven, de menos de treinta años. —No sé cómo se llama; dígame su nombre por favor.

—¿Para qué? Cuando uno está muerto eso es irrelevante.

—¿Muerto? ¿Quién le dijo que está muerto?

—Deme agua. Toda la que pueda. Y muestre la cara. Esas dos cosas, en ese orden, me darán la pauta de que no estoy muerto y que usted es real.

—¿Se da cuenta de que su incertidumbre es la misma que desveló a miles de pensadores a lo largo de la historia? ¿Quiere el agua o una respuesta? ¿Quiere saber qué es real o tiene sed?

—En algún momento —respondió sin prestarle atención— estuve sobre una playa, o en una estepa. Tres lunas colgaban de un cielo amarillo, y mi amigo... —El recuerdo del amigó lo estremeció. Algo le decía que lo había matado y se lo había comido para sobrevivir. Lejanas reminiscencias tamborileaban en el fondo de su mente con impaciencia, como dedos contra una mesa de madera.

—No intente huir —dijo la voz—, no trate de salir del cuerpo que los Guardianes le han asignado. Voy a buscar ayuda. Usted no debía regresar tan pronto.

¿Hay otra opción, reflexionó, una línea potencial que me permita franquear el muro y vulnerar la oscuridad? No es oscuridad, maldita sea. Esto es no luz, esto es no vida; aquí hay algo que me impide moverme.

—La espero —suspiró, resignado. Pero ella no volvió. No volvió jamás. Tampoco vinieron los Guardianes. Y el tiempo, como la oscuridad, se prolongó indefinidamente. Entonces sí, entonces estuvo seguro de que, al final de cuentas, había sucedido lo más simple, lo más natural: estaba muerto. Desconectó la percepción y se dejó llevar por la marea, una corriente suave que lo mantuvo excluido del dolor, recreando el persistente repiqueteo en el fondo de su mente. Era como el cálido regreso a una instancia anterior, anterior incluso a los primeros recuerdos, sin agitación ni placidez.
—¡Levántese! ¿Qué se cree que es esto? ¡Esto es una guerra, carajo!

La voz, autoritaria, sobra decirlo, abusiva, contundente, le abrió los ojos a una realidad diferente a todo lo conocido. Estaba en medio de un pantano pestilente, cargando un equipo de supervivencia completo y armado hasta los dientes. ¿Cómo se había producido semejante cambio? Se dio cuenta de que no tenía una respuesta satisfactoria a la pregunta, por lo que tomó la decisión acertada: prestaría atención a los disparos del enemigo, fuera quien fuese y estuviera donde estuviese. Si estaban utilizando demasiadas palabras para producir un cuento decente, razonó con desparpajo, cosa de ellos: él tenía que ahorrar porque no le iban a durar para siempre. ¿Soy o no un escritor? Avanzó, pero una minúscula marca en la piel de la realidad le anunció que todo volvería a cambiar de un momento a otro y eso, por primera vez, lo hizo sentir desvalido, una piltrafa incapaz de llegar al final del camino, aunque ese camino no fuera otra cosa que una metáfora.

La mujer se materializó ante sus ojos; colgaba de la nada y no sólo se perturbó por lo inaceptable del fenómeno, sino porque se trataba de su madre muerta.
—¡Mamá! ¿Cómo es posible...?

—No es posible —dijo la madre—. ¿Por qué tendría que serlo? Todos los misterios tienen una cara oculta que nadie se atreve a afrontar. La muerte podría no ser el final, o el nacimiento no haber sucedido, ¿verdad? ¿Quién mejor que yo para decirlo, en este caso? —La mujer rió y rió hasta desgajarse en millones de finos pliegues, como las hojas de una Biblia, con sus hojas de filo dorado y su inconfundible sabor a pan recién horneado.

Cerró los ojos. Nada cambió. Ahora la luz, como antes la oscuridad, se plantaba frente a él como un sol en miniatura, irreductible. Bueno, al final, se dijo, esto no será otra cosa que una pesadilla, vívida, persistente, pero sólo una pesadilla. ¿No es cierto, lectores, que están pensando eso?

¡Qué equivocados están, pobres diablos!

El tiempo formó remolinos que se enroscaron en torno al cuello del condenado como si fuese una cuerda de cáñamo. Es un fenómeno conocido que desconcierta sólo porque así lo exige la patética naturaleza humana. Y el espacio se amoldó a la matriz propuesta por el tiempo, reptó hacia fuera remedando el refinado andar de las serpientes y devolvió a mi personaje al punto de partida, demostrando que tanto el espacio como el tiempo no tienen nada mejor que hacer.

—¿Qué es eso?

Habían regresado a la normalidad. La oficina no parecía haber experimentado cambio alguno. Entró la secretaria portando una bandeja, café, azúcar y pasteles.

—¿Esto? Un puñado de cuentos. La Empresa organizó un concurso.

—¿Qué tiene de particular?

—Ahora cualquiera cree que puede escribir.

—¿Cuántos son?

—Diez. ¿Te gustaría leerlos?

—Sí, dámelos. —Tomó las carpetas y las contó. Había once.