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ESPECIAL UNO POR DIEZ ONCE
Lectores de Sinergia: lo que sigue es una experiencia inédita
en la historia de la literatura. Les ofrecemos, “aparentemente”,
diez cuentos escritos por otros tantos escritores españoles
y argentinos. Sin embargo, la utilización de la expresión “aparentemente” no
es antojadiza o arbitraria. Y no lo es porque los cuentos en realidad
son once y no diez. Existe un cuento “undécimo” empotrado
en los otros diez, embebido por los otros diez, difuminado entre
los pliegues, intersticios y fisuras de los otros diez, producto
de la sinergia que generan los otros diez. Es decir, el undécimo
cuento existe virtualmente y se materializará en la medida
en que ustedes sean capaces de extraer las piezas necesarias para
armarlo. No les podemos dar más pistas. Podríamos,
eso sí, ofrecer una especie de receta: consiga un kilogramo
de conejo en polvo, cien gramos de perejil mineral, unas ramitas
de frustración en estado líquido, una cebolla almizclada... ¿se
entiende? Pero no funcionaría. Podríamos decirles
que tomen de la palabra 88 a la 167 del cuento uno, de la 666 a
la 667 del cuento dos, de la 71 a la 27 del cuento tres y así,
pero es posible que el menor desliz termine formando un cuento
duodécimo o decimotercero, y ese no es nuestro propósito.
No obstante, podemos adelantarles que no tendrán problemas
para lograr el objetivo propuesto, ya que ser lector de Sinergia
tiene sus privilegios. Cualquiera sabe que por el mero hecho de
serlo ya se es capaz de acceder a la comprensión inmediata
y extendida de especulaciones y conjeturas que no están
al alcance de los humanos ordinarios, y ni siquiera de los heptápodos
de Ted Chiang. El cuento undécimo, consecuencia necesaria,
suficiente e inevitable de los diez que lo preceden, está ahí,
frente a sus narices, suponiendo que tengan más de una o,
si lo quieren más simple, delante de sus ojos y su fina
percepción. Que los disfruten. Todos. Y no hagan trampas
leyendo sólo el undécimo cuento porque tomaremos
examen el mes próximo.
LADRONES DE TIEMPO
Martín Cagliani
—¡Nos están afanando el tiempo! —dijo
Ramiro.
—¿Y cómo lo sabés? —preguntó Gonzalo,
en tono condescendiente. Miró a su amigo que estaba sentado con las
piernas cruzadas y tomándose los brazos, del otro lado de su escritorio.
Ramiro y Gonzalo se conocían desde que eran unos críos,
pero a partir del rechazo de su última novela, el escritor
no paraba de inventar historias raras. Mientras que Gonzalo era
un joven triunfador, y su atildada presencia era la viva imagen
del éxito, Ramiro era lo opuesto; tanto los pantalones sin
planchar y la remera marcada por la transpiración, como
el cabello cortado al ras en forma descuidada, no hacían
otra cosa que evocar el fracaso.
—Se aprovechan cuando estamos en otra cosa —continuó Ramiro,
obsesivo—. O sea, cuando estamos esperando en la cola del banco, en el
ascensor, esos momentos en blanco en los que uno piensa en cualquier cosa. ¡Ahí aprovechan!
Y se quedan con nuestro tiempo. Lo van afanando de a poco, pero igual es un
robo, Zalo. Hay que...
—Tranquilizate, Patón. ¿Pensaste un poco en las barbaridades
que estás diciendo? ¿Cómo nos van a robar el tiempo? Y
lo más importante, ¿quién nos roba el tiempo, y si tal
cosa fuera posible, para qué lo querría?
—No sé, no tengo idea, lo estoy averiguando. Pero estuve juntando
pruebas, y ahora te las traigo y vos te cagás de la risa —dijo
Ramiro, visiblemente molesto.
—¿Y qué querés que te diga, Patón? Si me
venís con semejantes huevadas.
—Tengo pruebas, te dije.
—A ver. ¿Cuáles son las pruebas?
Ramiro se irguió en la silla, aspiró una gran bocanada
de aire, descruzó las piernas y las volvió a cruzar.
—La primera vez que me di cuenta, estaba en un ascensor. Iba a la entrevista
esa que me conseguiste. Estaba nervioso, así que miraba el reloj a cada
segundo. En un momento, veo la hora y marca 8.58. Al segundo vuelvo a mirar
y eran las 9.00. Lo recuerdo patente, Zalo, porque iba con el tiempo justo
para llegar puntual. Nunca llego tarde, vos sabés. No podía creer
que en un segundo hubiesen pasado dos minutos...
—¿Y no se te ocurrió que podría andar mal tu reloj? —interrumpió Gonzalo,
y estiró el brazo para servirse agua.
—Anda perfecto —respondió Ramiro, con fastidio—.
A pesar que es un reloj bárbaro, tuve la misma duda que vos, y al toque
de la entrevista fui a un relojero. Se lo quedó hasta el otro día,
y me dijo que no tenía nada. —Gonzalo negó con la cabeza—.
A los dos días, estoy haciendo la cola para entrar al cine y otra vez:
miro el reloj a cada segundo porque no me quiero perder los avances. En un
momento marcaba las 21.12. No pasa un segundo (tengo la costumbre de mirar
el reloj y no prestarle atención así que tengo que mirar de nuevo)
y ahora marca las 21.15. No lo podía creer. Y lo más gracioso
es que la fila había avanzado cinco pasos. O sea que era obvio que me
habían robado tres minutos. Miré a la gente; nadie se había
dado cuenta. Le pregunté a uno y me contestó que no le parecía
que fuera rápido. Ahí empecé a dudar.
—¿De la gente? —preguntó Gonzalo, burlón.
Ramiro se enojó y se fue. Pero una semana después
regresó. Gonzalo estaba en una reunión, por lo que
lo hizo esperar más de una hora.
—Pasá, Patón —le dijo—. ¿Cómo
va todo?
—Lo descubrí, Zalo. Ya sé cómo lo hace, el guacho.
Te vengo a ver para que me ayudes a ponerlo en evidencia; esto se tiene que
saber.
—¿Qué cosa? ¿Seguís con los ladrones de tiempo?
—Sí, se apropia de nuestro tiempo muerto, y no nos damos cuenta.
—¿De quién hablás?
Ramiro se sentó frente al escritorio. Gonzalo lo imitó y
le señaló una jarra con agua, para que se sirviera.
Ramiro tomó un vaso completo sin respiro. Se pasó las
manos por el cabello y habló conteniendo la voz.
—Tengo una teoría, ya la subí a un blog, pero vos me tenés
que ayudar, así la gente se entera; si no lo hacemos puede terminar
en un desastre.
—Patón, tanquilizate y contame bien. No te exaltes.
—Si me tratás como si estuviera loco me voy —dijo Ramiro,
pero Gonzalo lo instó a seguir con las manos—. Es un tipo muy
pintón, se me apareció en sueños, pero es todo máscara,
en realidad es un eté que viene...
—No te vayas por las ramas, acotá, seguí una línea.
Sos escritor, vamos, ¿tu blog también está así desprolijo?
—No, lo armé todo, estuve tres días redactando el manifiesto.
Bueno, el tema es así. El eté aparece y te ofrece artefactos
y situaciones maravillosas a cambio del tiempo. No sé si es verdad o
verso, pero eso no importa, el asunto es qué hacen los etés con
ese tiempo.
—¿Todo en un mismo sueño?
—No, no, en varios. Yo tengo la capacidad de manejar mis sueños,
gracias a los cursos de control mental. No siempre puedo, pero a veces tomo
conciencia y logro pilotearlo. El asunto es que me enteré de que no
soy el único en esa situación; mucha gente lo hace sin darse
cuenta, y ellos se aparecen en sueños y te prometen el oro y el moro.
—¿Pero cómo supiste de la otra gente?
—En los mismos sueños —Gonzalo levantó sus ojos
al techo, pero Ramiro no le hizo caso—. Lo seguí, al eté.
Ahora sé para qué usa el tiempo muerto que nos roba...
—¿Para...?
—Para invadir la Tierra.
—Pero...
—No, sin peros, dejame seguir. Es una especie extraterrestre muy avanzada.
Encontraron una forma de achicar las distancias, reducir los años luz
que nos separan: robándonos el tiempo.
—¿Te das cuenta de que esto es increíble?
—Tengo pruebas —insistió Ramiro.
—Todo eso lo averiguaste en sueños —afirmó, casi
preguntó, Gonzalo.
—Sí, fijate ahí, en mi blog —dijo Ramiro, y señaló la
notebook de Gonzalo—. La dirección es: http://ladrontiempo.blogspot.com/
Gonzalo lo hizo y lo que leyó lo hizo sonreír. Dio
vuelta el monitor para que Ramiro lo viese.
—Yo no puse eso... —dijo Ramiro, temblando. Gonzalo se asustó al
verlo así, pero luego se quedó de una pieza cuando todo a su
alrededor comenzó a transformarse como si se estuviesen salteando escenas
de una película. El tiempo se estaba “adelantando” en forma
ostensible.
De pronto todo quedó en negro, sus percepciones cesaron,
y tras un lapso imposible de determinar se materializaron sobre
una planicie yerma, con un cielo amarillo sobre sus cabezas, un
cielo imposible del que colgaban tres lunas. Fue lo último
que vieron.
EL INVASOR
José Vicente Ortuño
Aquella mañana, cuando Benito se marchaba a trabajar, pasó frente
al baño y notó un penetrante olor a cebolla. Pensó que
tal vez se había olvidado de descargar la cisterna del retrete,
aunque conocía bien el olor de su propia mierda y no olía
precisamente a hortalizas. Entró y comprobó que
no había ningún excremento flotante en el interior
de la taza. Husmeó en los desagües del lavabo y la
bañera, pero el olor no procedía de allí.
La peste aumentaba de intensidad por momentos y volvió a
olfatear el inodoro. El efluvio cebollero esta vez le hizo lagrimear
y, por si acaso, descargó la cisterna. Pero el agua del
retrete, en lugar de caer con su habitual rugido, salió proyectada
hacia arriba como un poderoso geiser, que impactó en el
techo y esparció agua pestilente por todo el baño.
Benito, empujado por el potente surtidor, cayó de espaldas
y se quedó sentado en el suelo, empapado hasta los huesos
y asustado hasta la médula.
Pero no acabaron ahí las sorpresas. Ante sus ojos había
aparecido un ser grotesco de aspecto humanoide. Estaba parado en
el borde del retrete, donde se mantenía en precario equilibrio
sobre las dos pezuñas de cabra que tenía en lugar
de pies. Parecía un esqueleto, enano y cabezón, cubierto
de piel gelatinosa color fucsia. Medía poco más de
un metro, tenía la cabeza ovalada y una boca enorme, semejante
a la de un sapo. Sus ojos, grandes como huevos e inyectados en
sangre, se movían en el extremo de sendos pedúnculos
de aspecto viscoso. En lugar de nariz tenía dos agujeros
de los que manaba moco verde y las orejas parecían dos alcachofas
mustias empotradas en el cráneo. No llevaba ropa por lo
que mostraba un repugnante pene de color azul, bífido y
erizado de púas, colgando fláccido entre sus piernas.
Benito sintió nauseas y vomitó el desayuno. Entonces
aquel ente de pesadilla bajó del inodoro de un salto, se
abalanzó sobre los vómitos y comenzó a lamerlos
con deleite. Acabado lo que para él debía de ser
un suculento ágape, se puso en pie, emitió un vigoroso
eructo y habló con voz gorgoteante:
—Acepto tu ofrenda de sumisión, gusano. ¡Ahora llévame
ante tu líder sin dilación!
Benito se quedó más que perplejo.
—¿Li... líder? —balbuceó—. ¿Qué líder?
—¿Quién va a ser? El líder supremo de tu mundo. ¡Comunícale
que yo, Fhul-Anoh-d’Tal, Señor de las Lóbregas-Simas-Sin-Fondo,
he venido a esclavizar a los habitantes de este miserable mundo! —respondió el
monstruo cruzándose de brazos y elevando los pedúnculos oculares
hasta la altura de la cara de Benito. Éste se sintió mareado
por lo que implicaban esas palabras; o tal vez por el olor a cebolla.
¡Se trataba de una invasión extraterrestre! Muchas veces Benito
había imaginado ser el protagonista del primer contacto con una raza
alienígena, pero nunca pensó que, en lugar de en una nave espacial,
llegarían a través de un váter. ¡De su propio váter!
—Vienes a… invadirnos, ¿eh? —dijo indeciso—.
Pero… por curiosidad... ¿Puedes decirme de qué planeta
vienes?
—¿Qué planeta ni qué carajo? —respondió el
enano haciendo una mueca de desagrado—. Me envía Aquel-Que-No-Se-Debe-Nombrar,
el Emperador Supremo del Oscuro Averno Infinito y Proceloso.
—¿El que no tiene nombre? —preguntó estupefacto.
—¡No, se le conoce por un millón de nombres! —exclamó y
se puso a recitar con voz solemne, gorgoteante y con un ligero acento gaditano—: ¡El
Que Acecha Susurrando En La Oscuridad Del Armario Empotrado! ¡El Que
Jadea Subiendo El Monte Del Destino! ¡El Que Aúlla Cuando Se Pilla
Los Dedos En Una Puerta! ¡El Que Devora Donuts A Dos Carrillos…!
—¡Ah, vale, vale! Ya comprendo —interrumpió Benito
que había leído bastantes relatos de terror—, pero ¿y
tus ejércitos de invasión? ¿No traes Hordas de Demonios
de las Regiones Oscuras, o algo así?
—No las necesito, miserable humano —respondió el espanto
de ojos pedunculados—, Aquel-Que-No-Se-Debe-Nombrar me ha investido con
el Sagrado Poder del Talismán de Yogut-D’By-Fidhus, la Bestia
Negra que guarda el Camino-Que-Gira-A-La-Izquierda y...
—¡De acuerdo, me has convencido! —volvió a interrumpirlo
Benito—. Permíteme que me ponga en comunicación... quiero
decir, que invoque a mi líder.
Tomó con parsimonia la escobilla de limpiar el váter
y, alzándola sobre su cabeza, exclamó con voz cavernosa
y tono solemne:
—¡Oh, Gran Líder Supremo, conocido como “El-Que-Arrastra-Su-Culo-De-Bar-En-Bar” y “El-Que-Camina-Por-La-Oscuridad-Con-Una-Linterna-Sin-Pilas...”
En la boca de batracio del extraño ser apareció una
fea mueca de satisfacción. “Estos miserables seres
van a ser mis esclavos sin mover un dedo”, pensó.
—... en el nombre del “Solomillo-de-Cerdo-que-Brilla-en-la-Noche...” —seguía
clamando Benito mientras hacía girar la escobilla en círculos
cada vez más amplios.
—... y por el Poder que me ha otorgado “El-Que-Viaja-Sin-Equipaje-Porque-Lo-Perdió-En-El-Aeropuerto”, ¡Yo
te invoco! —gritó a pleno pulmón y descargó la
escobilla sobre la cabeza del adefesio viscoso.
—¡Y te vuelvo a invocar! —lo golpeó de nuevo.
Y continuó sacudiéndole escobillazos mientras el
enano repulsivo intentaba evadirse, pero Benito le cerró el
paso hacia la puerta y sólo le quedó una salida:
el váter. Saltó dentro del inodoro, aunque se le
quedó atascada la enorme cabeza. Benito descargó el
agua de la cisterna. El géiser salió proyectado de
nuevo hasta el techo y se llevó con él al viscoso
Señor de las Lóbregas-Simas-Sin-Fondo.
Descargó la cisterna tres veces más, bajó la
tapa, se sentó encima y respiró aliviado.
—¡Pase que las cucarachas correteen por la casa y que los ratones
se me coman los Doritos —exclamó Benito muy cabreado—, pero
lo que no tolero es que salgan seres viscosos del retrete! ¡Faltaría
más! ¡El casero se va a enterar, o me baja el alquiler o lo denuncio
a Sanidad!
Miró su reloj y vio que llegaba tarde al trabajo. Su jefe
le echaría la bronca. Pero lo peor era que el aseo había
quedado hecho un asco y tendría que limpiarlo al regresar. ¡Vaya
mierda de día le esperaba!
Lo dejó todo como estaba, bajó al garaje, ensilló a
su camello Cirilo y se marchó al trabajo.
MIEMBROS DEL CUERPO
Hernán Domínguez Nimo
—No lo puedo creer —dijo el tacuriano, y no en castellano
precisamente. Sus palabras reverberaban en el líquido, como
ecos cercanos y lejanos a la vez—. No lo puedo creer.
Desconectó el seudópodo del observador y lo mantuvo
un instante aislado, sin feedback, disfrutando a ciegas del constante
(y casi inadvertido) deslizar. Era como el cálido vientre
materno, pero sin ninguno de sus ocho millones de hermanos pululando
por ahí.
Ni aún así pudo recuperar la calma.
—No lo puedo creer —repitió.
Cada vez que Mosis deslizaba esa frase, Dutlen la dejaba pasar,
rechinando. Suponía que iba a ser la última. ¿Cuántas
veces podía alguien repetir una frase, esperando respuesta,
cuando nadie se la daba? Dutlen había contado 32453 desde
que habían partido de Tacur. Ahora, anticipándose
al estallido de sus nervios (y a su número de mala suerte,
seguro que Mosis lo sabía), se impuso hacer caso a la convención
social que obligaba a todo tacuriano a continuar una conversación
recién iniciada (y, al que la iniciaba, a repetir la frase
inicial hasta que el interlocutor la oyera con claridad).
—¿Qué es lo que no puedes creer?
Al relajarse, los tentáculos de Mosis alcanzaron, de a poco,
casi el doble de longitud.
—Que nos hayan encomendado esta inútil misión de observación. ¿Para
qué?
—Para observar y comunicar.
Era la respuesta de manual. Dutlen estaba fastidiado y se lo hacía
notar. Pero Mosis, flotando al otro extremo de la nave, no pareció percibirlo.
—¡Pero si ya sabemos todo de este planeta inmundo! ¡Durante
cincuenta años se enviaron misiones de observación! ¡Yo
mismo participé de alguna! ¡Y lo que encontramos fue un planeta
inútil, con tres cuartas partes de agua, sí, pero saturada de
sodio! ¡Y el resto, contaminado por una raza con el mínimo de
inteligencia suficiente como para creerse inteligente! ¡No tiene sentido
conquistarlo siquiera! ¡Hay miles de planetas más ricos para nosotros,
y ya los ocupamos todos! ¿Qué sentido tiene que estemos aquí?
Dutlen estaba listo para repetir la respuesta de manual pero se
contuvo. Permaneció un par de revoluciones en silencio y
conectó un seudópodo al observador inferior.
—Estamos aquí para justificar nuestra existencia —dijo.
Esta vez, Mosis se demoró en responder, mientras giraban
en silencio, acercándose a la Tierra. La nave rotaba para
mantener el medio acuoso en la circunferencia exterior. Los dos
tacurianos (y los extremos que los conectaban a los instrumentos
del centro de rotación de la nave, seco) acompañaban
ese movimiento constante, sin notarlo.
—¿Para justificar nuestra existencia? —repitió Mosis—.
No lo entiendo.
—La existencia del cuerpo militar de observación.
—¿La existencia del cuerpo? —repitió Mosis, esta
vez no por convención sino por simple incredulidad.
—Sí. El cuerpo. Un organismo que tiene más de trece mil
naves y doscientos mil miembros. Instalaciones en treinta y dos planetas de
dos galaxias distintas. Las decisiones del cuerpo son las decisiones del consejo.
Los movimientos del cuerpo son los movimientos de las galaxias. Los planetas
no giran en torno a sus soles: es el cuerpo lo que está en el centro
de todo.
Dutlen dejó que sus palabras hicieran efecto en Mosis. Todo
miembro del cuerpo, acostumbrado a pasar más tiempo en una
nave giratoria que en aguas de su planeta, comprendía la
importancia intrínseca en la noción de centro.
—Imagina lo que sucedería si alguien decidiera que el cuerpo ya
no es necesario. Nosotros mismos, sus miembros, ya no tendríamos razón
de ser.
—Lo entiendo —dijo Mosis, intentando relajar su cuerpo traslúcido,
gelatinoso, que se había puesto rígido—. No puedo imaginar
esa situación sin temer que mi propio cuerpo se disuelva en una solución
final.
—Me gratifica que lo entiendas y lo sufras tanto como yo. Comprenderás
entonces lo que va a suceder —dijo Dutlen y señaló sus
instrumentos.
Mosis prestó atención a la pantalla acuosa por primera
vez en varias revoluciones. La nave se había estacionado
sobre una de las urbes principales del planeta Tierra. La reconoció:
era la sede del organismo internacional.
¿Pero qué había sido del edificio?
Se veía un cráter, del que manaba una larga columna
de humo. Alguna gente y vehículos con luces parpadeantes
comenzaban a rodearlo.
—¿Qué has hecho? —exclamó Mosis, chequeando
al mismo tiempo las cargas fotónicas que sólo se llevaban como
reaseguro, y nunca (¡jamás!) habían sido utilizadas. Como
temía, una de las cargas había sido liberada.
—Ha sido un accidente —dijo Dutlen, aunque la tonalidad violácea
de su piel traslúcida lo desmentía—. Ahora nos quedaremos
el tiempo suficiente para intentar explicar lo sucedido a los terrestres. Claro
que, si ellos nos atacan, podrá leerse como una provocación ineludible.
Una declaración de guerra. Y el cuerpo es el único capaz de enfrentar
una amenaza como ésta.
—¿Declaración? ¿Amenaza? —moduló apenas
Mosis, contemplando la devastación y los patéticos esfuerzos
en la superficie del planeta—. ¡Nosotros los atacamos! ¡Cuando
se entere el consejo del cuerpo, nos expulsarán!
—¿Expulsarnos? —El cuerpo de Dutlen vibró, divertido—.
Nos premiarán.
Extendió un seudópodo y lo conectó directamente
a Mosis, como si le hablara al oído:
—¿Crees que haría algo así sin que me lo ordenaran?
EL TRAFICO DE DROGAS EN TITAN
Marcelo Difranco
Todos los astronautas odiábamos llegar a Nueva Amberes.
El viaje no era demasiado agradable y había que someterse
al chequeo obligatorio, que tomaba muchas horas en condiciones
inhumanas. Aquella vez, cuando me detectaron espinosis, los examinadores
se alegraron: por fin se encontraban con un fenómeno conocido
que habían visto en cinco oportunidades anteriores.
Era una época muy difícil para los científicos.
Todos los días se descubrían nuevos fenómenos,
a medida que los terrestres viajábamos más y más
a través del espacio. Uno de estos fenómenos, el
que yo padecía, se denominaba espinosis múltiple,
y debía su nombre a una fluctuación del espín
de ciertas partículas atómicas en el ADN del ser
humano. El efecto residual de la espinosis era la multiplicación
aleatoria del sujeto en distintas regiones del universo, generalmente
lugares en los que había estado con anterioridad.
No era mucho más lo que se sabía, básicamente
porque nadie tenía ganas, ni tiempo, de continuar investigando.
Era una de las tantas sorpresas diarias; uno de los miles de imprevistos
que mantenían en actividad a un ejército de personas
y máquinas.
Era lógico, entonces, que encontrara a uno de mis dobles
(según los examinadores eran cuatro en total) ahí mismo,
en Titán. Sin embargo, lo supe de la forma más curiosa
e inesperada y en el momento menos oportuno. Estaba supervisando
la descarga de mi nave, momento de máxima atención
ya que no sería la primera vez que robaran parte de la mercadería
para transarla en el mercado negro, cuando el jefe de investigaciones
del puerto de Nueva Amberes, un tal Verón, me hizo llegar
una orden de arresto inmediata a cumplir en la jefatura. Fastidiado,
y pensando que era víctima nuevamente de la burocracia titánica,
una de las peores que conocía, pedí concluir mi tarea,
sin poder evitar la custodia de dos policías, que aprovecharon
para examinar la documentación de mi nave y robar un par
de alfajores, tal vez lo más caro de toda la carga.
"Para los chicos", dijeron.
La oficina del jefe se debatía entre un estilo policial
terrestre, con su cafetera casi inutilizada por el sarro calcáreo
y unas viejas fotos de la academia de investigaciones, y un estilo
neomarciano, tal vez residuo de un destino anterior, evidenciado
por el infaltable póster de la "Cara de Marte" guiñando
un ojo.
La cara decía, en un globo como el de las historietas, "Esperen
a ver mi poronga".
Sin embargo, el ambiente titánico, metálico y gris,
parecía estar apropiándose de todo.
—¿Algún problema, jefe? —pregunté.
—Yo lo llamaría más una solución que un problema —dijo
el jefe, con media sonrisa en el rostro.
—Bien —dije—, cuénteme.
Verón se levantó de su silla y se paró frente
al mapa de Nueva Bélgica.
—¿Sabe lo que costó la terraformación de este pozo
de mierda? Miles de vidas, años de trabajo, familias deshechas, violencia,
sabotajes, en fin... Lo usual. Pero multiplicado por diez. Vaya a saber por
qué. Al fin, se logró hacer habitable un área similar
a la Bélgica terrestre.
Se acercó teatralmente a mí, gesticulando.
—Y un cráneo de la burocracia espacial dijo "¡Nueva
Bélgica!". Un genio, ¿o no? —preguntó, sin
esperar respuesta.
—Sí —dije, contra su voluntad, mirando mi reloj.
—Me llegó un informe del departamento sanitario, que dice que
usted padece un desorden llamado espiriosis o algo así —prosiguió Verón
—Espinosis. Múltiple —corregí.
—Eso. Usted se duplicó, triplicó o lo que sea. Uno de sus
dobles vive acá, en Amberes, y casualmente es una persona muy conocida.
Tristemente célebre, diríamos en la tierra. Un criminal llamado
Hermes Bechthold, asesino, contrabandista y traficante de drogas, que buscamos
hace tiempo. Es más, lo he buscado desde que llegué aquí,
hace cinco años.
—¿Cinco años? Pero si se supone que me enfermé en
este último viaje —dije.
—Correcto —dijo—. Pero la duplicación es espacio temporal.
O sea, su doble tiene la misma edad que usted y ha vivido en Titán desde
siempre. ¿No se lo explicaron?
—No, no me dijeron nada.
—No importa. El asunto es que usted lo conoce como nadie...
—¿Yo? No, está equivocado.
Verón levantó un dedo, haciéndome callar.
—En cierta forma lo conoce. Es usted mismo ¿o no? Piensa con su
cerebro, es como usted. —Juntó ambas manos, disculpándose—.
No me malentienda, pero es idéntico.
—¿Qué es lo que quiere, exactamente? —pregunté.
—Que me ayude.
Me llevaron al Belgium Park Hotel. La habitación era cómoda
y confortable y en el centro había un enorme mapa de Nueva
Bélgica. El teléfono, en una mesa al lado del mapa,
me comunicaría con Verón a cualquier hora del día.
Mi misión: pensar dónde y cómo desembarcaría
yo un cargamento de droga terrestre.
Pensar. Como si fuera tan fácil.
Las primeras horas, luego de varios bocadillos y botellas de champagne,
nada. Me limité a caminar alrededor del plano y observarlo.
El bar cerró tarde y ya nadie quiso subir con más
botellas.
Me senté en el medio de Nueva Bélgica. Creo que dormí un
poco, hasta incorporarme con un sobresalto. Miré nuevamente
el mapa y lentamente empecé a entender.
Así era que actuaba Hermes... Claro, tenía sentido.
Este es el lugar lógico. ¿Cómo no lo había
visto antes?
Me dirigí al teléfono y levanté el auricular.
Pero colgué.
En la nuca. Lo podía sentir. Los ojos de Hermes.
¿Qué hubiera hecho yo? ¿Cómo traería la
droga?, pensé.
Hermes, lo sabía, me apuntaba con su arma detrás
de las cortinas.
—¿La encontraste? —pregunté sin darme vuelta.
—Sí —dijo mi voz, detrás de mí—. Tu
parte está en el lugar habitual.
Sabía que todavía me apuntaba.
—No pensarás que soy un soplón, ¿no es cierto? —dije.
Miré fijamente el teléfono. Me sentía aturdido
y realmente necesitaba dormir.
—¿Qué le decimos a Verón? —preguntó Hermes.
—No importa. Algo se nos va a ocurrir.
EL BUSCADOR BUSCADO
Iván Olmedo
Pasé diecisiete años de mi vida dedicado a la fantástica
tarea de buscar el final del arco iris, un trébol de cinco
hojas, el esqueleto completo de una sirena, el Gato Triste y Azul,
un cuento malo de Ambrose Bierce… siempre tras la pista
de lo imposible. No diré que fuera una completa pérdida
de tiempo. Las pocas veces en que creía estar a punto de
lograr el objetivo eran para mí momentos de extático
placer que recargaban mis energías. No me importaba que,
en el último momento, la pista fuera falsa y las esperanzas
se vieran destruidas. Gastar cantidades vergonzosas de dinero tampoco
me amedrentaba. Hasta que cierta vez, durante mi descanso de los
miércoles (mal día para rastrear quimeras, aunque
soy incapaz de explicar por qué) conocí a Amalia.
Me interesé por su compañía en cuanto comprobé asombrado
que conocía los nombres completos de las tres espadas secretas
de Arturo Pendragón. Fue un flechazo instantáneo.
Además, su nombre era espectacularmente bonito: Amalia,
el paraíso de los amantes.
Comencé a descuidar mis búsquedas para estar más
tiempo con ella. Hablábamos de lo divino y lo humano, de
obras herméticas perdidas. Nos comprometimos a visitar juntos,
algún día, el horrible museo siberiano del doctor
Vassili Gornenko, dentro del cual la vida de los osados visitantes
da un giro completo de trescientos sesenta grados. Durante una
de nuestras noches de insomne compartir de vivencias, me di cuenta
de que estaba utilizando demasiado la palabra completo,
o completa. Hecho que, me temo, reproduzco en este escrito
con desparpajo. Aquella leve señal me hizo sentir de pronto
que algo iba mal. Cuando Amalia se ausentó un instante para
ir al aseo, registré minuciosamente el salón con
la mirada. Cuál no sería mi sorpresa al entrever
dos pares de zapatillas que sobresalían bajo las cortinas
adornadas con motivos de flores de lis amarillas. Proferí un
grito de pánico natural (resulta que siento pánico
ante la combinación de zapatillas y flores de lis) y, al
verse descubiertas, mis dos cuñadas salieron de su escondite.
Yo, que no las había visto en años, me alarmé ante
lo inverosímil de su presencia allí. Con lágrimas
en los ojos me contaron cómo habían partido en mi
busca tras mucho debatir entre ellas y llegar a la conclusión
de que mis exageradamente amplias lecturas de libros esotéricos
y mistéricos me habían nublado el juicio. Intentaba
yo razonar con ellas cuando, no mi juicio, sino mi cabeza, comenzó a
nublarse y asistí impotente a mi desmayo sobre la polvorienta
alfombra de piel de toro normando, que era una de las más
preciadas posesiones de mi reciente novia.
Cuando desperté, completamente paralizado de cintura para
abajo, Amalia confesó haber puesto láudano en mi
té verde. La perdono; ella no podía saber —ni
sus compinches, mis cuñadas, a quienes siempre oculté mi
debilidad— que soy tremendamente alérgico al láudano
y que acababan de causar una tragedia. Ahora dedico mis días,
sentado en esta silla de mimbre, a registrar las muestras gratuitas
de champú, buscando una perla negra en su interior; o los
botes de café expresso, esperando encontrar algún
huevo del mítico gusano Kobayashi, que anida en los cafetales.
Las cajas de cereales, los sobres de sopas instantáneas… no
he renunciado por completo a encontrar alguna de las cosas maravillosas
que, sin duda, existen en éste, mí, ahora, reducido
mundo.
LA CONDENA
Antonio J. Cebrián
Hierba fresca… Árboles mecidos por el viento… Nubes
sobre mi cabeza… el horizonte a lo lejos donde la vista
ya no alcanza... No esperaba volver a ver nunca más todo
esto. Es mucho mejor de lo que podía recordar...
—Condenamos al acusado (reo 22-700) a la pena de muerte
previo martirio en grado severo. Durante un período no inferior
a tres días naturales anteriores a la ejecución se
le infringirá al cuerpo del acusado todo el dolor que la
tecnología actual sea capaz de proporcionar. Durante esos
tres días se equipará su cuerpo con los sistemas
necesarios para mantenerlo con vida y en estado consciente. Una
vez iniciado, el martirio no podrá detenerse por ninguna
causa hasta el instante mismo de la extinción de la persona.
De no producirse así, el acusado (o sus herederos legales)
podrán reclamar la indemnización por daños
y perjuicios que le corresponda en base a derecho…
La luz cálida del Sol acaricia mi rostro y huelo aromas
que había olvidado tras diez años de cautiverio.
Pero no puedo dejarme seducir; he de seguir corriendo. Alejarme
del caos de sirenas y gritos que aún resuenan en la lejanía…
—Veamos… Procedimiento de obligado cumplimiento para
la pena capital… Inmediata… Grado leve… mmm… ¡Aquí está!
Grado severo: se implantará un electrodo en el centro del
dolor del cerebro del acusado y se activará con el voltaje
apropiado para estimular intensamente el tejido nervioso circundante… Este
voltaje irá variando en frecuencia e intensidad para compensar
el inevitable fenómeno de adaptación de las neuronas.
»Normalmente, no se puede mantener este procedimiento más allá de
las ochenta y cinco horas, ya que el tejido nervioso comienza a calcinarse
y las lesiones hacen que disminuya e incluso cese el martirio, incumpliendo
las condiciones de la sentencia. En cualquier caso, dado que la condena máxima
es de tres días, al cumplir setenta y dos horas y un minuto se procederá,
por razones humanitarias, a detonar el explosivo contenido en el electrodo,
consiguiendo así —conforme a derecho— evitar cualquier
indicio de alivio —que en estas condiciones podría resultar extremadamente
placentero— y de esa forma interrumpir el proceso únicamente en
el momento exacto de la extinción de la persona…
Lo he conseguido; he vuelto a ser libre. No sé por
cuanto tiempo, pero me he salido con la mía y ellos han
perdido. La condena previa (por aquellas cosas desagradables
que dicen que hice) indicaba explícitamente que no podía
recuperar la libertad bajo ningún concepto, puesto que
el análisis electropsicológico mostraba que la
libertad era mi más íntimo e intenso deseo. ¡Meteos
ahora el análisis por el culo, hijos de puta!...
—En la prisión “Nuestra Señora de la
Misericordia” no se emplean los grilletes. No son necesarios.
»Todos ustedes se estarán preguntando por qué. Muchos,
incluso se verán gratamente sorprendidos y pensarán: “¿Qué clase
de tontería habrán ideado estos ingenuos idealistas? Sea lo que
sea, me facilitará las cosas para salir de aquí”.
»Otros (los más castigados), por el contrario, se inquietarán
y sentirán temor ante la alternativa al conocido, familiar y previsible
grillete… Felicito a estos últimos por su perspicacia.
Cualquiera podría decir que emplearon toda la inteligencia en la
crueldad y olvidaron dedicar una mínima parte a la seguridad. De otra
forma no se explica el cúmulo de defectos y errores que hicieron posible
mi fuga: el idiota del carcelero que dejó la porra sobre la mesa mientras
trataba de abrir la cerradura atascada de la puerta intermedia…, la
torpeza del segundo guardia, demasiado joven e inexperto (y ahora con menos
dientes)… Y el hecho de que fuera el hermano menor del vigilante que,
en ese momento, controlaba las puertas automáticas desde la cabina blindada… Eso
les pasa por corruptos; por acomodar a la familia saltándose las normas… ¿De
qué les ha servido? Le hice salir y los maté a los tres igualmente…
—Les aseguro que echarán de menos las rozaduras de
las anticuadas cadenas. En esta prisión han dejado de ser
necesarias porque serán sometidos a una intervención
y, a la vez que se les implanta el electrodo (al que con tanta
vehemencia se han hecho acreedores), les será anulada quirúrgicamente
la movilidad del brazo derecho y la pierna izquierda.
»Por si no lo sabían, esa es la razón por la que se conoce
popularmente a esta prisión con el nombre de “Los arrastrados”.
Mejor será que se olviden de mantenerse erguidos, no es posible desplazarse
con una sola pierna cuando la otra cuelga laxa detrás…
No había otro momento. Sólo podía ser
el día de la ejecución, a la salida de la enfermería.
Se supone que el reo está convaleciente y débil… Pero
la voluntad es, a menudo, más fuerte que la carne. Ningún
salario puede equiparar en eficacia a la lucha por la supervivencia
propia…
—Por supuesto que esta intervención es reversible (más
o menos), puesto que la ley obliga a entregar al reo a su condena completo
y en perfectas condiciones físicas. Es lo que nos diferencia a los que
seguimos y acatamos la ley y la justicia de todos ustedes, chusma delictiva
e insensible... Una vez repuesta la movilidad de los miembros en un grado que
se estime aceptable, serán conducidos, ese mismo día, a la sala
de martirio. Allí se les aplicará en estricta observación
de las normas, la pena a la que cada uno de ustedes se ha hecho
merecidamente acreedor…
¡Idiotas! Bajan la guardia sabiendo que no se pueden
escalar las vallas con un solo brazo y abandonan los puestos
para dedicarse a sus propios negocios y trapicheos… Esta
fuga les va a costar cara a más de uno… Puede que
incluso ingresen en la cárcel que ellos mismos custodiaban… ¡Que
os jodan bien, cabrones!
—Y, única y exclusivamente, con motivo de ese deseo
de justicia y humanidad que, probablemente, ninguno de ustedes
merece… Se conserva en esta institución una vieja
(aunque a mi juicio, innecesaria) tradición…
Lejos ya de las sirenas y los perros, tras cruzar varios ríos
y en medio de un inmenso bosque, me puedo detener por fin… El área
de búsqueda se ha ido ampliando sobre una zona agreste
y montañosa y, a la par, las probabilidades de encontrarme
se han ido reduciendo. Necesitarían todo un ejército
para batir la zona. Ahora puedo gritar en voz alta: ¡soy
libreeeeee!…
—Cumplida la última voluntad del reo 22-700 en el
simulador virtual, se procede a la conexión del electrodo...
EL GATO TRISTE Y AZUL
Víctor Miguel Gallardo Barragán
El gato azul está triste. No viajó desde su lejano
planeta para esto, piensa constantemente. Observa con detenimiento
los pensamientos del huésped y capta su indiferencia.
—Soy sólo tu comensal, no quiero hacerte nada malo —se justifica.
El otro se indigna, está francamente irritado, pone todo su empeño
en expulsar al gato azul de su cerebro. El gato sigue estando triste.
—Esto no es simbiosis, ni depredación, ni parasitismo. Soy tu
comensal —repite el gato, pero el otro no atiende a razones. El gato
es agredido por miles de pensamientos y, finalmente, hastiado, devora la cordura
del huésped y un nuevo cuerpo cae, inerte, en mitad del pasillo del
hotel.
El gato azul viaja a un nuevo hogar, el más cercano que
encuentra. Una niña, en la habitación 112, mira absorta
un canal temático de ciencia. El gato salta y se enmaraña
en su pelo, inserta sus uñas en los orificios de las orejas
y de los ojos. La niña, inmutable, se deja hacer con desgana.
El gato no comprende, el gato se entristece ante la lamentable
condición humana.
La niña tose y se rasca la cabeza. El gato cree que ha llegado
el momento de hablar.
—Soy sólo tu comensal, no quiero hacerte nada malo.
La niña se levanta y se mira en el espejo. Sonríe.
—Eres guapo, gato. ¿Serás tú mi marido?
El gato parpadea sin comprender, pero al cabo sonríe: esto
es mejor que nada, y al fin ha encontrado un espécimen que
parece dispuesto a cooperar.
—Tú también eres muy guapa, niña. Pero quiero explicarte
qué voy a hacerte.
—¿Me va a doler? —pregunta la niña. El gato empieza
a alegrarse de su suerte. ¡Esta niña está más que
dispuesta a ser su mansión!
—No, por supuesto que no.
La niña ríe con picardía.
—Antes de hacerlo quiero que te cases conmigo. Mamá dice que eso
es lo correcto.
El gato ya no se alegra tanto.
—Creo que no comprendes lo que quiero decir... —empieza a susurrar,
pero la niña ya está revolviendo en la maleta de sus padres,
la niña ya está sosteniendo un pañuelo blanco de encaje,
la niña ya está ajustando el improvisado velo sobre su cabeza.
—¿Me querrás siempre? ¿Serás mi esposo hasta
que la muerte nos separe? ¿Me darás hijos sanos y fuertes? ¿Me
protegerás del resto de los hombres?
El gato está empezando a dudar de la conveniencia de seguir
sobre la cabeza de la chica. Aún así, es menester
hacer un último esfuerzo.
—Niña, necesito un cuerpo...
—Yo también necesito un cuerpo.
El gato odia que lo interrumpan con sandeces y clava sus uñas,
pero las terminaciones nerviosas de la pequeña humana no
reaccionan. Al contrario, el dolor que no toca a la niña
golpea al gato, que apenas puede evitar el desvanecimiento.
—Niña, yo...
—¿Serás mi esposo hasta que la muerte nos separe? —repite
la niña, la mirada fija en el espejo, las pequeñas manos aferrando
una flor de plástico que ha tomado de un pequeño jarrón
sobre la cómoda. El gato intenta huir de este remedo de matrimonio,
intenta saltar del cuerpo y buscar otra opción, otra potencial mansión
en la que pasar el resto de su vida, pero algo se lo impide. No puede moverse,
el gato azul no puede moverse, y por más que clava sus uñas desesperado
sólo recibe, en contraprestación, un dolor insoportable.
—Quiero que me des muchos hijos. Mamá dice que es lo correcto,
tener muchos hijos.
El gato no escucha, el gato sólo soporta el dolor mientras
intenta huir.
—Y serán muy guapos, azules como tú y de pelo dorado como
yo. Mamá dice que para eso vinimos a este planeta: para procrearnos
y mestizar. Yo creo que nuestros hijos serán unos mestizos muy guapos, ¿no
crees? Me gustaría tener miles de hijos
El gato azul, más triste de lo que ha estado jamás,
piensa que, en efecto, no viajó desde su lejano planeta
para esto. Definitivamente no.
MEDUSAS
Fabio Ferreras
—¿Está vivo? ¿Seguro?
—Creo que sí. Su pecho sube y baja, como si respirara. A menos
que se trate de un improbable reflejo post mortem.
—¿Y qué hay de su nombre? ¿Cómo se llama?
—¿El muerto?
—¿A qué te refieres con “el muerto”? ¿No
quedamos en que aún vive?
—Perdón. Fue un lapsus. El vivo, entonces. No sé cómo
se llama.
—Pues revísale los bolsillos. Debe tener una de esas... ¿cómo
les dicen? ¡Ah, sí! Billeteras. Ahí encontrarás
su identificación.
—Es extraño. No hay bolsillos.
—Imposible. Tiene que haber alguno. ¿Revisaste todas sus ropas?
—Me refiero a que casi no tiene ropas. Sólo ese pantaloncito azul,
el que colgué de la palanca del fagocitador.
—¿Qué rayos es eso?
—¿El fagocitador? ¡Vaya pregunta! Es el canibalor citológico
mixto. Tu pregunta me desconcierta porque hemos estado usando ese aparato durante
los últimos veinte...
—¡No seas animal, hombre! ¿Cómo no voy a reconocer
al fagocitador? Me refiero al pantaloncito azul. ¿Es todo lo que llevaba
encima?
—Así es. Y no tiene bolsillos.
—Maldición. ¿Se trata de alguna especie de calzoncillo
o similar? ¿Y caminaba por la calle sólo con eso? ¿No
llevaba ni un sombrerito al menos?
—Cuando lo chupamos no estaba en la calle. Estaba nadando.
—Nadando. ¿En una piscina?
—No. En el mar. Si te molestaras en echar un vistazo por la escotilla
norte, verías que en este momento estamos sobrevolando una playa. Y
muy concurrida, por cierto.
—Hmm. Es verdad. Debe ser temporada alta. ¿Y dices que estaba
nadando?
—En realidad acababa de meterse en el agua y empezaba a chapotear. La
marea está brava, no habría durado ni dos minutos. El radarómetro
lo estuvo vigilando durante toda la tarde. Se la pasó bebiendo... a
ver, espera que reviso las sinapsis...; cerveza, eso es. Se pasó toda
la tarde enterrado en la arena hasta el cuello, insultando a los turistas y
vaciando una botella de cerveza tras otra. Las ingería por su orificio
de entrada primario, que debe ser éste que tenemos aquí...
—¡Uf! ¡Qué peste! Debe serlo. Y por cierto, no sólo
respira sino que acaba de abrir los ojos. Me está mirando.
—Como decía, se quedó enterrado en la arena bebiendo una
cerveza tras otra hasta que se le terminaron las botellas. Fueron cinco. Casi
un litro cada una, típica unidad volumétrica, por lo que hace
un total de...
—Sí, sí, bla-bla-bla. Las bebió todas. ¿Qué pasó entonces?
—Se desenterró y caminó hacia el agua. Si fuéramos
humanos, diríamos que estaba tan embadurnado de arena que parecía
una milanesa.
—Olvida explicarme qué entienden los humanos por milanesa. ¡Rayos,
terminemos de una vez! No soporto que el espécimen me mire con esa expresión
de wug apaleado. Además parece estar queriendo decir algo. Mueve el
orificio primario.
—No lo mires, que es peor. Se pone más nervioso. El sujeto se
dirigió hacia el agua, esquivando gente y haciendo eses. Esta expresión,
me refiero a “hacer eses”, no tiene nada que ver con el proceso
de expulsión de secreciones fecales. Se trata de una mera semejanza
fonética, así que no me malinterpretes. Ya que estamos, puedo
agregar que las expulsa por un orificio de salida secundario que, si los cálculos
no me fallan, es éste de aquí...
—¡Uf! ¡Eso sí que es una peste! Continúa,
por favor. Estabas describiendo lo de hacer eses.
—Sí. Se trata de una peculiar forma de andar que consiste en unir
dos puntos mediante una trayectoria azarosa y bastante dilatada en el tiempo.
Relacionada directamente con la cantidad de alcohol ingerido.
—Entiendo. El sujeto estaba más borracho que una kuzva. ¿Llegó al
agua?
—Nuestro radarómetro no le sacó la onda de encima. Empezó a
chapotear, arrastrado por la marea, y no tardó en hundirse.
—Ag... ag...
—¿Escuchaste? Sigue queriendo decir algo.
—Te dije que no lo mires. Como decía, para cuando nos detuvimos
sobre él, el sujeto no sólo se estaba ahogando sino que además
estaba siendo atacado por un banco de aguavivas. También conocidas como
medusas.
—Entonces lo chupamos justo a tiempo. Debería darnos las gracias.
—Ag... ag-agua...
—Parece que tiene sed. ¿Le damos un poco, a manera de última
voluntad? ¿O le aplicamos el fagocitador ya mismo?
—Yo diría de aplicárselo y terminar de una vez. Este sistema
tiene varios planetas y aún no visitamos ninguno.
—¿Se lo introduzco por el orificio primario...?
—¡Ag-ag-agua!
—¿... o por el secundario?
—Es lo mismo. La única diferencia será que los órganos
internos saldrán en sentido inverso.
—¡Ag! ¡Agua... aguavivas de mier...! Ug.
—Tenemos un problema. Ya no me mira.
—¿Respira?
—Ese es el segundo problema. Me parece que nos ha abandonado.
—¡Maldición! ¡Siempre nos pasa lo mismo!
—Tienes razón.
—¡Te dije mil veces que el fagocitador no debe quedar a la vista
del sujeto antes de la extracción! ¡Los pone muy nerviosos!
—Tienes razón, sí. Según las sinapsis, su corazón
no resistió. De todas formas, no creo que debamos sentirnos culpables.
Parecía tener una vida muy disipada.
—¿Muerto no nos sirve para nada?
—No. El fagocitador no fagocita.
—¡Al diablo! Entonces nos vamos ya mismo.
—¿A otra parte del planeta?
—¡Nos vamos del sistema! ¡Devuelve al espécimen al
agua y larguémonos de aquí!
—De acuerdo. Uf, pesa, el maldito. Ábreme la escotilla de proa.
—Ya está. Arrójalo al mismo lugar, en el banco de aguavivas
que nombraste. ¿Es el que se ve allí abajo?
—Ese mismo. ¿No son una preciosura?
—¡Ya lo creo! ¡Mira esos filamentos! ¡Mamita!
En unos quinientos millones de años evolucionarán y heredarán
el planeta. Pero por ahora tendrán que limitarse a flotar un rato. Paciencia,
ricuras.
—Ya lo arrojé. Kaput.
SALÓN RECREATIVO
Alberto García-Teresa
Gotea mi sangre por la escalera mecánica. Gotea, y el hilillo
se cuela por las ranuras como un buscador ansioso de engranajes
mientras descendemos. Delante, mi compañero corre frenéticamente
de un lado a otro, con el traje protector robado severamente rasgado
y hecho jirones en varias partes. De hecho, uno de sus dos penes
cuelga y se bambolea como un péndulo en carnavales. Se detiene
en el túnel, frente a un cartel de propaganda de los extraterrestres
que abrazan con fervor al director de la Agrupación de Empresarios
Euroasiáticos. El intercambio de plantillas y de mercados
les ha venido como anillo al dedo a ambos. A su tecnología
solar la industria terrestre responde con cachivaches y estética,
y con una legión de consumidores ávidos de novedades,
espectáculo y ostentación. Mi compañero vacía
una de sus vejigas contra el plástico; yo saco la solicitud
de cambio de destino y la rompo en pedazos.
Nos cruzamos con un grupo de turistas que corren alarmados en dirección
opuesta. Deslizan sus cuerpos rugosos de una manera francamente
divertida, como patinadores sobre hielo. Su agencia de viajes seguro
que sólo les presentó el lado exótico de las
megalópolis humanas: zonas luminosas, grandes construcciones,
visores de imágenes gigantes, edificios automáticos
y personas sonrientes.
Los focos parpadean, y la travesía hiede a ventilador obstruido.
Retumba el estruendo que se está produciendo arriba, pero
aún así los mendigos permanecen derrumbados contra
sus mantas, ajenos al tiempo, en el corredor.
Vemos nuestra salida. Enarbolo la pancarta y me la enredo en la
espalda. Mi compañero se mofa y me dice que parezco un cangrejo
paticorto. Nos besamos. Intento ajustarme los guantes acartonados.
Estamos desorientados. Reventaron el grupo y nos separamos. Estaba
harto de ser cobaya y oveja incluso dentro de la disidencia, y
optamos por huir del enfrentamiento con la policía cuando,
misteriosamente, irrumpieron por la mitad de nuestra marcha y aislaron
a todos en bloques salvo a la cabecera. Las fotos de las torturas
recorrerán mañana todos los visores de imágenes,
y tendremos nuevos mártires con los que reclutar adeptos.
En el fondo, sus líderes y los nuestros desayunan juntos
cada mañana con nuestros tenedores y cucharas.
La confusión y las explosiones descienden por la escalera
con la vaharada de armas eléctricas. Aún así,
sabemos que debemos salir, antes de que comiencen a peinar los
túneles con ondas térmicas. Recojo del suelo unos
fragmentos de acero desgajados y subimos.
Ups. La pifiamos. Nos hallamos entre dos frentes.
Comienzan a abrir fuego. Corro, doblo una esquina y me topo con
otra brigada que destroza literalmente la retaguardia. Intento
escabullirme pero un policía me atrapa. Alza su porra eléctrica
y la aplasta contra mi cabeza. Me salta la lentilla solar e, inmediatamente,
cierro los ojos con fuerza para que no se me arrase el cristalino.
Me revuelvo pero sólo consigo que otros policías
se vuelvan y se ceben conmigo. Me golpean, me golpean, me golpean...
Fundido en negro.
Se me acabó el crédito.
POR CULPA DE LA SINERGIA
Sergio Gaut vel Hartman
Como un largo parpadeo.
¿Cuán largo?
Largo. Todo quedó en negro durante un lapso imposible de
tasar, como si el tiempo hubiera cesado, y cuando el diafragma
por fin dejó pasar la luz supo que seguía sobre la
planicie, el cielo amarillo se iba oscureciendo como un papel que
se quema, y las lunas se consumían como frutas que se pudren.
—Estás en el lugar exacto —dijo una voz aguardentosa, rota
en millones de gotas de ron o vinagre—. Aquí recibirás
tu merecido y la pena que se te aplique será estrictamente la que supiste
ganar observando las reglas.
Buscó a su compañero, buscó una señal
en el cielo, aves, jarrones de la dinastía Ming, basura,
algo, cualquier cosa, por corrupta o inservible que fuera. No había
nada. Giró como un trompo y la voz siguió colgada
del aire como un castigo que se hincha y crece para estallarte
en pleno rostro.
—De acuerdo —dijo para ganar tiempo—. Aceptaré que
padezco un desorden mental sin precedentes, algo a lo que los psicólogos
llamarán exopirosis o endoesclerosis, da lo mismo. Seguramente sigo
allá...
—¿Allá? ¿Dónde? —dijo la voz. Pero
no era la misma voz. Había mutado. Un campanilleo de celestas reemplazaba
el áspero masaje en los bordes mellados por el alcohol.
—Eso digo yo, ¿dónde? ¿Dónde estás,
hijo de una gran puta?
—¿Eh? ¡Un momento! Cuide el lenguaje. Aquí hay niños.
—¿Niños? —La luz cesó de nuevo. No se apagó.
No se ocultó un sol tras el horizonte ni se quemó la lámpara
del farol. Dejó de haber luz, como si nunca hubiera existido. Y la voz
volvió a cambiar, claro.
—Niños, sí. Esto es un parvulario. —No tenía
dudas: la que hablaba era una mujer joven, de menos de treinta años. —No
sé cómo se llama; dígame su nombre por favor.
—¿Para qué? Cuando uno está muerto eso es irrelevante.
—¿Muerto? ¿Quién le dijo que está muerto?
—Deme agua. Toda la que pueda. Y muestre la cara. Esas dos cosas, en
ese orden, me darán la pauta de que no estoy muerto y que
usted es real.
—¿Se da cuenta de que su incertidumbre es la misma que desveló a
miles de pensadores a lo largo de la historia? ¿Quiere el agua o una
respuesta? ¿Quiere saber qué es real o tiene sed?
—En algún momento —respondió sin prestarle atención— estuve
sobre una playa, o en una estepa. Tres lunas colgaban de un cielo amarillo,
y mi amigo... —El recuerdo del amigó lo estremeció. Algo
le decía que lo había matado y se lo había
comido para sobrevivir. Lejanas reminiscencias tamborileaban en
el fondo de su mente con impaciencia, como dedos contra una mesa
de madera.
—No intente huir —dijo la voz—, no trate de salir del cuerpo
que los Guardianes le han asignado. Voy a buscar ayuda. Usted no debía
regresar tan pronto.
¿Hay otra opción, reflexionó, una línea potencial
que me permita franquear el muro y vulnerar la oscuridad? No es oscuridad,
maldita sea. Esto es no luz, esto es no vida; aquí hay algo
que me impide moverme.
—La espero —suspiró, resignado. Pero ella no volvió.
No volvió jamás. Tampoco vinieron los Guardianes. Y el tiempo,
como la oscuridad, se prolongó indefinidamente. Entonces sí,
entonces estuvo seguro de que, al final de cuentas, había sucedido lo
más simple, lo más natural: estaba muerto. Desconectó la
percepción y se dejó llevar por la marea, una corriente suave
que lo mantuvo excluido del dolor, recreando el persistente repiqueteo en el
fondo de su mente. Era como el cálido regreso a una instancia anterior,
anterior incluso a los primeros recuerdos, sin agitación
ni placidez.
—¡Levántese! ¿Qué se cree que es esto? ¡Esto
es una guerra, carajo!
La voz, autoritaria, sobra decirlo, abusiva, contundente, le abrió los
ojos a una realidad diferente a todo lo conocido. Estaba en medio
de un pantano pestilente, cargando un equipo de supervivencia completo
y armado hasta los dientes. ¿Cómo se había
producido semejante cambio? Se dio cuenta de que no tenía
una respuesta satisfactoria a la pregunta, por lo que tomó la
decisión acertada: prestaría atención a los
disparos del enemigo, fuera quien fuese y estuviera donde estuviese.
Si estaban utilizando demasiadas palabras para producir un cuento
decente, razonó con desparpajo, cosa de ellos: él
tenía que ahorrar porque no le iban a durar para siempre. ¿Soy
o no un escritor? Avanzó, pero una minúscula marca
en la piel de la realidad le anunció que todo volvería
a cambiar de un momento a otro y eso, por primera vez, lo hizo
sentir desvalido, una piltrafa incapaz de llegar al final del camino,
aunque ese camino no fuera otra cosa que una metáfora.
La mujer se materializó ante sus ojos; colgaba de la nada
y no sólo se perturbó por lo inaceptable del fenómeno,
sino porque se trataba de su madre muerta.
—¡Mamá! ¿Cómo es posible...?
—No es posible —dijo la madre—. ¿Por qué tendría
que serlo? Todos los misterios tienen una cara oculta que nadie se atreve a
afrontar. La muerte podría no ser el final, o el nacimiento no haber
sucedido, ¿verdad? ¿Quién mejor que yo para decirlo, en
este caso? —La mujer rió y rió hasta desgajarse en millones
de finos pliegues, como las hojas de una Biblia, con sus hojas de filo dorado
y su inconfundible sabor a pan recién horneado.
Cerró los ojos. Nada cambió. Ahora la luz, como antes
la oscuridad, se plantaba frente a él como un sol en miniatura,
irreductible. Bueno, al final, se dijo, esto no será otra
cosa que una pesadilla, vívida, persistente, pero sólo
una pesadilla. ¿No es cierto, lectores, que están
pensando eso?
¡Qué equivocados están, pobres diablos!
El tiempo formó remolinos que se enroscaron en torno al
cuello del condenado como si fuese una cuerda de cáñamo.
Es un fenómeno conocido que desconcierta sólo porque
así lo exige la patética naturaleza humana. Y el
espacio se amoldó a la matriz propuesta por el tiempo, reptó hacia
fuera remedando el refinado andar de las serpientes y devolvió a
mi personaje al punto de partida, demostrando que tanto el espacio
como el tiempo no tienen nada mejor que hacer.
—¿Qué es eso?
Habían regresado a la normalidad. La oficina no parecía
haber experimentado cambio alguno. Entró la secretaria
portando una bandeja, café, azúcar y pasteles.
—¿Esto? Un puñado de cuentos. La Empresa organizó un
concurso.
—¿Qué tiene de particular?
—Ahora cualquiera cree que puede escribir.
—¿Cuántos son?
—Diez. ¿Te gustaría leerlos?
—Sí, dámelos. —Tomó las carpetas y las contó.
Había once.
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