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Era el primer día de otoño, imagínense, o
el 13 de septiembre, no importa, es lo mismo. Una noche sin música,
para aumentar la confusión. En algún lugar lejano,
aunque no tanto, ya que se podían oír claramente los
quejidos de los moribundos, se estaba librando una guerra. Ya saben
cómo es esto: la guerra empieza en alguna parte, aquí,
allá o más allá, pero siempre se extiende como
una mancha de tinta sobre un mantel de lino, avanzando, siempre
avanzando, acercándose a tu ciudad, a tu barrio, a la puerta
misma de tu casa; las guerras, antes, ahora, tienen ese rostro tan
familiar: calaveras descarnadas que deciden instalarse en tu sala,
comer tu cena, beber tu vino y acostarse con tu mujer, después
de hacerte a un lado como a un mueble viejo.
De pronto me descubrí caminando sin placer por una calle
oscura de un barrio pobre, periférico, cuidando cada paso
y dándole la razón a los que aseguraban que presenciábamos
las primeras maniobras de un largo y complejo suicidio. Me detuve
en una esquina, junto a una ventana abierta; sin dudar un momento,
sin ningún pudor, observé la habitación en
la que un hombre viejo, sentado en una mecedora, rígido como
una piedra y con la mirada perdida en el vacío gemía
una tonada más antigua que el viento. No comprendo cómo
supe que la tonada, el viejo y la guerra que se libraba muy lejos
de allí estaban enlazados; la configuración, casi
idéntica a otra, producida muchos años atrás,
evocaba el día en que mi abuelo había quedado atrapado
en una red de circunstancias similares, fortuitas y adversas, que
convergieron en su muerte. Desalentado, desvié la mirada.
Para recordar no son necesarios los ojos, me dije. Hubiera querido
arrancármelos y guardarlos en el bolsillo del abrigo, pero
no lo hice. De todos modos, a partir de ese momento los recuerdos
fluyeron en orden, con la precisión de un mecanismo. El primer
movimiento del adversario parecía haberse completado.
¿Por qué había muerto mi abuelo? Es decir,
no pregunto la razón metafísica de la muerte: tal
vez estaba escrito en algún libro o simplemente el azar rozó
con su ala ese lugar en ese instante. ¿Por qué había
muerto en ese momento, en ese lugar? ¿Por qué no intervino
algún agente, una providencial y mágica mano que supiera
retorcer el espacio, desviar la bomba, detenerla en el aire sin
explotar, a pocos centímetros de su cabeza? Lo pensé
entonces y lo pienso ahora, cuando todo lo que debía suceder
ya ha sucedido.
El viejo se mecía en la silla y canturreaba, tal como lo
había hecho mi abuelo, mientras los aviones se desprendían
del cielo sin nubes como gotas de aceite, lentos, en racimos. Dirán
que lo estoy imaginando, que se trata de un truco de la mente, que
no pude haberlo visto. Es cierto, pero oía los truenos, cada
vez más cercanos; podía oler la sangre y tocar el
espacio encallecido con las yemas de los dedos. ¿Para qué
necesitaba los ojos?
Mi abuelo no podía saber cuánto faltaba para que
el infierno se desencadenara. Estaba tranquilo, esperando la hora
del té. Tampoco lo sabía el hombre sentado en la mecedora,
como ausente, que canturreaba su tonada antigua. La guerra está
lejos, pensaba, tal vez, o quizá no pensaba para nada en
la guerra. Prefería dirigir la mente hacia otras calamidades,
más cercanas y nocivas; si le alcanzaría el dinero
para comprar la comida y los remedios, por ejemplo. Temía
que lo echaran a patadas de esa pieza; no pagaba el alquiler desde
hacía tres meses y el monto de su pensión era miserable.
La guerra era invisible, inexistente, nula.
Fue en ese momento que comprendí que mi adversario, fuera
quien fuese, esperaba mi siguiente movimiento.
De acuerdo: el siguiente movimiento, lo haré. El viejo
se mecía y canturreaba. Busqué donde sentarme y hallé
un cajón de manzanas vacío. Comprobé que era
capaz de sostener mi peso y me instalé en la misma posición
que utilizaría un jugador de ajedrez. Apoyé los codos
en los muslos y la cabeza en la palma de las manos tras unir las
muñecas formando el cáliz de una copa, o una vasija.
Supe que cualquier observador vería en mí el remedo
de un cuadro pintado por Bezhan Shvelidze, “Problema de tiempo”,
se llama el cuadro. Eso hace la figura pintada. ¡Cómo
me gusta ese cuadro! Analizar. Reflexionar. La siguiente jugada.
Siempre pensamos en la próxima jugada como si fuera capaz
de solucionar todos los problemas creados por las que la precedieron.
Miré fijamente al viejo del otro lado de la ventana y vi
el 13 de septiembre de 1939, lo vi con absoluta precisión,
con una claridad que no necesitaba de los ojos, como un ajedrecista
avezado ve todas las tramas que entrecruzan las posibles trayectorias
de las piezas.
El 13 de septiembre de 1939 el pueblo de Frampol, Lublin, Polonia,
con una población de tres mil personas, sin ejército
o blancos industriales ni cualquier defensor del ejército
polaco, fue prácticamente aniquilado, borrado por la Luftwaffe
en un bombardeo “de práctica”. El pueblo en el
que vivía mi abuelo fue escogido porque los aviones, volando
a baja velocidad, no podían ser víctimas del fuego
antiaéreo. También porque la plaza central del pueblo
era un punto de orientación ideal para los navegantes de
los bombarderos. Tengo dos fotografías: una anterior y otra
posterior al bombardeo. En la primera se ve el pueblo; en la segunda
un gran machón blanco y algunas líneas oscuras que
convergen sobre el presente como una acumulación de brumoso
maíz inflado y barras de chocolate.
Levanté la vista y observé el cielo azul brillante;
nada de bruma. En ese momento, la inocencia de la noche, la calma
abisal de la atmósfera, clamaban que yo estaba loco, que
había imaginado una guerra y trucado un par de fotos para
sentirme víctima de una grosera injusticia. Doble fraude.
Había imaginado dos guerras y trucado millones de fotos para
sentirme víctima de varias monstruosas injusticias. Cuestión
de magnitudes. Bien. Las agujas corren. Debo jugar o perderé
por tiempo, inexorablemente, tengo un problema análogo al
del jugador de la pintura. Miré al viejo, que seguía
en la misma posición, ajeno a todo. Como un ajedrecista que
se precie de serlo, sabía que cuando el tiempo se agota uno
piensa más en el reloj que en la partida. Pero hay que tomar
una decisión, mover, mover alguna pieza, moverla.
Abandoné la posición contemplativa, con los brazos
apoyados en los muslos y la cabeza entre las manos. Puse todos los
músculos en acción y salté hacia la ventana
abierta como quien se mete en un cuadro de Rubens o Velázquez.
Esos sí que pintaban grandes cuadros.
Al verme irrumpir en su habitación y en su calma, el viejo
me miró con los ojos desorbitados. Yo era, a todos los efectos,
un intruso, un ladrón que se proponía despojarlo de
lo poco que tenía. Por lo tanto, mi primer gesto fue una
advertencia destinada a tranquilizarlo. Puse un dedo sobre los labios
y, con la otra mano, le indiqué que esperara, que permaneciera
en calma, que confiara en mí. Excesiva carga para una simple
mano. No obstante, sirvió. El anciano se relajó en
su mecedora y se dispuso a escuchar mis argumentos. No los hubo,
por supuesto. Lo arranqué de la mecedora y me lo cargué
sobre los hombros. Pesaba menos que un almohadón de plumas.
Atravesé la habitación y confié en que la puerta
no estuviera cerrada con llave; no lo estaba, por fortuna. Salí
a la calle y empecé a correr.
El viejo no protestaba, aunque en la tensión de su cuerpo
percibí el miedo. Temí que se orinara, mojándome
la espalda, pero por alguna razón inexplicable, a medida
que poníamos distancia, se iba tranquilizando. Corrí,
no sé, diez, quince cuadras. Con el aliento entrecortado
me detuve en una esquina y deposité al viejo en el suelo.
—¿Por qué lo hizo? —dijo, con voz temblorosa.
—Escuche —respondí. Puse una mano en la oreja
y lo invité a hacer lo mismo. A lo lejos, se dejaban oír
las explosiones de las primeras bombas.
—¿Truenos? —dijo el viejo mirando hacia lo
alto. El cielo azul brillaba sin matices y las estrellas parecían
colgar como faroles. Hacía siglos que no se veía una
noche como esa—. No pueden ser truenos.
—Bombas —repliqué, lacónico, sin deseos
de explicar nada.
—¿Bombas?
—Bombas —repetí—. Un bombardeo; hay una
guerra, una nueva, o la misma de siempre. —Era difícil
de creer. Bombas. Tardíamente llegó el sonido de los
aviones de la Luftwaffe que, una vez descargada su mercancía,
se elevaban en dirección al norte, dejando atrás el
objetivo demolido. Ondulantes lenguas de fuego y humo subieron hasta
el cielo como entes capaces de absorber la luz, capaces de comerse
los colores, los brillos, los tonos del aire.
—¿Bombardearon mi casa? —El viejo estaba desolado.
—¿Yo qué les hice? Soy una buena persona, un
viejo jubilado.
Le pasé un brazo por el hombro y lo atraje hacia mí.
—No les hizo nada, nada, por supuesto. Nadie les hizo nada,
nunca. Pero a ellos eso no les importa. Vamos, venga conmigo. Quiero
que conozca a una persona.
—¿Quién es usted? ¿Es un ángel,
un demonio?
—Soy una persona. ¿Cree en esas tonterías?
—No. ¿Quién es, entonces?
Sin agregar una sola palabra lo conduje a través de las
calles vacías, extrañamente solitarias. El silencio
se propagaba, continuo, perpetuo, aunque ya debía haber bloqueos
en numerosos lugares para dejar pasar a los equipos de bomberos
que se dirigían a apagar los incendios. Habíamos quedado
en una zona ciega; los autos y camiones se verían obligados
a dar grandes rodeos. Dejamos atrás una serie de pasajes
estrechos, tortuosos y llenos de basura; aquí el pavimento
aparecía mojado y brillante; los semáforos se abrían
y cerraban en las intersecciones, solitarios e inútiles.
Llegamos a mi casa cuando una cúpula de rojo resplandeciente
ya cubría totalmente la ciudad y proyectaba largas sombras,
como en un atardecer de verano.
En la oscuridad de la sala, mi abuelo se mecía en una silla
y canturreaba una tonada más antigua que el viento.
—¡Abuelo! —exclamé; ignoraba la palabra
que debía designarlo en su idioma. ¿Dzeide?
Sí, era ésa.
El hombre iluminó el ambiente con su mirada. Tampoco para
esto hacen falta los ojos, parecía decir. Pero estaba seguro
de que no entendió la palabra.
—¿Quién es? —dijo el viejo que yo había
rescatado.
—Mi abuelo. Murió en Polonia, el 13 de septiembre
de 1939, en el bombardeo de Frampol, Lublin, pero está aquí,
ahora; no sé cómo ocurrió. Por lo visto he
logrado torcer la historia o lograré torcerla. —Hablaba
atropelladamente. El milagro conseguido superaba con exceso mis
propósitos. Mi abuelo nos miraba con ojos desorbitados. Acababa
de advertir que no estaba en su casa, en el shtetl en el que había
nacido y en el que suponía que iba a morir, aunque no de
esa forma.
—¿Cómo le va, abuelo? —dijo el anciano
que yo había rescatado de una muerte segura, de otra guerra;
tendió la mano. Mi abuelo abrió la boca y emitió
unas palabras incomprensibles. Hablaba en yidish, por supuesto,
pero con un acento que yo no podía desentrañar—.
¿Qué dice?
—No sé; yo tampoco entiendo el idioma.
—¿No entiende a su abuelo?
—No entiendo nada. No debería estar aquí.
Murió hace más de sesenta años. —Miré
a ambos viejos y descubrí un sospechoso parecido. La luz
era escasa, pero sentí durante un momento el tenso equilibrio,
aunque seguía sin comprender lo que ocurría. ¿Era
posible que al cambiar la posición de un elemento el efecto
multiplicador hubiera alcanzado los hechos del pasado?
—El pasado no es un lugar cristalizado —dijo el viejo,
contestando a mis pensamientos. Dejó vagar la mirada de un
lado a otro de la habitación y de pronto clavó los
ojos en el vacío de la pantalla de televisión y la
contempló con expresión lúgubre, incrédulo,
enojado, mientras sus uñas arañaban la superficie
de la mesa; el chirrido era insoportable. Mi mente sólo parecía
capaz de pensar en una barraca colmada de cadáveres.
—Shaj —pareció decir entonces mi dzeide.
Su rostro se iluminó aún más intensamente y
miró al otro viejo con atención.
—Yo no creo en los milagros —me excusé—,
pero algún nombre hay que darle a lo que está ocurriendo
acá, con nosotros... —Me interrumpí en ese punto
porque vi que ambos me miraban atónitos.
—Soy un hombre ignorante, pero siempre pensé que
estas cosas podrían pasar —dijo el viejo—. ¿Cuál
podría ser la razón para que las cosas no se definan
de otro modo?
—Shaj *repitió mi abuelo.
—¿Esta palabra sí la entiende? —dijo
el viejo.
—Creo que sí. Es muy parecida en muchos idiomas.
Quiere decir ajedrez.
—¿Querrá jugar una partida? —Los ojos
del viejo también se iluminaron. Yo me moví hacia
un armario en el que guardaba un juego de madera, una buena imitación
de un Staunton y el tablero que me había fabricado un artesano
de Glew. Puse el tablero y la caja sobre la mesa y empecé
a ubicar las piezas. Mis ojos contribuyeron a la orgía de
luz. Eran tan radiantes todos aquellos ojos que hubieran sido innecesarias
las lámparas.
—Adelante —dije cuando las treintidós piezas
ocuparon sus lugares iniciales—. Jueguen.
—¿No tiene un reloj? —dijo el viejo. Mi abuelo
pareció entender y movió la cabeza, apoyando la iniciativa.
Suspiré y saqué del armario el viejo Roa que me había
legado el doctor Campos antes de irse a radicar a Alemania. Le di
cuerda imaginando que seguiría un reclamo porque el reloj
no era electrónico.
—¿Algo más? Tal vez quieran butacas más
cómodas o un fiscal profesional.
—No sea tonto, hombre —dijo el viejo—. ¿No
se da cuenta de lo que nos estamos jugando?
—Una partida de ajedrez —repliqué—. ¿Qué
más? —El viejo sacudió la cabeza e hizo la primera
jugada. Mi abuelo respondió. Luego de cuatro o cinco movimientos
tuve la certeza de que los dos sabían bastante del asunto.
Una variante Najdorf clásica en la defensa Siciliana. Pero
eso era bastante extraño. Najdorf llegó de Polonia
a la Argentina el 24 de agosto de 1939 y de inmediato se sumergió
en la vorágine del Torneo de las Naciones que se disputaba
en ese momento en Buenos Aires. El 13 de septiembre, mientras Frampol
era bombardeada por la Luftwaffe, le estaba ganando su partida a
Ilmar Raud, un alemán, un nazi, o no, vaya uno a saber. La
mínima revancha de Miguel era nada si se la compara con la
destrucción de Frampol. Algunos de los muertos eran sus primos.
Poco tiempo después toda la familia de don Miguel murió
en los campos de Auschwitz o Dachau. Despejé de mi mente
cualquier intrusión ajena al problema. El 13 de septiembre
de 1939 esa variante no existía, ni siquiera para su autor.
La partida entre los dos viejos seguía desarrollándose
dentro de los cánones de la más pura ortodoxia. Por
lo visto ambos jugaban tanto o mejor que yo. En un momento el viejo,
tras hacer una jugada sólida, alzó la vista y me miró
a los ojos. —Hay que consolidar la posición —dijo.
Hay que consolidar la posición, repetí para mí;
no hay que arriesgar, no hay que ser audaz: hay que consolidar la
posición. ¿Significaba eso lo que yo suponía?
La partida se hundió en el tiempo. Mi casa se hundió
en el pasado. La jugada que el viejo debería haber hecho,
volando el centro negro, era la versión a escala del bombardeo
“de práctica” efectuado por la Luftwaffe sobre
Frampol. La jugada que hizo, consolidando la posición, operaba
como un lazo que unía a Frampol con Buenos Aires, 1939 con
el presente. El pueblo en el que vivía mi abuelo fue omitido
porque los aviones, aún volando a baja velocidad, no podían
verlo. De nada sirvió que la plaza central del pueblo fuera
un punto de orientación ideal para las tripulaciones; no
había plaza, no había pueblo. Puedo imaginar la expresión
de incredulidad de los pilotos, pero en realidad no me importa.
Tampoco importaba ya la posición de la partida que disputaban
el viejo que yo había rescatado de una guerra y mi abuelo,
rescatado de otra por fuerzas que no entendía, pero que sin
lugar a dudas operaban con toda efectividad. ¿Preferirían
llamarlo magia? Yo no; soy una persona que no cree en esas tonterías.
No obstante, estaba perfectamente claro que mientras los dos viejos
siguieran jugando al ajedrez el puente entre el presente y el pasado
no se rompería.
Les hice una seña para que siguieran tranquilos. Dos, cien,
un millón de partidas. No tenía el menor apuro. Fui
a la cocina y empecé a preparar el té. Verifiqué
que hubiera limones (los polacos toman el té con mucho limón)
y pensé cómo le gustaría al otro viejo. Lamenté
no tener el samovar que una tía se había empeñado
en regalarme, y yo rechacé por considerarlo un trasto ridículo.
En fin: se hace lo que se puede. Herví el agua y busqué
el té en la alacena. Los viejos seguían jugando concentrados.
No tenía apuro. Por mí, que esa partida durara una
eternidad.
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