La ciudad de los muertos

Antonio J. Cebrián
España

 
 
Esfera de infkuencia
James Koehnline
http://www.koehnline.com

 

El cielo presagiaba tormenta y podía olerse la humedad en el ambiente. Cerca de la curva salí de la carretera y detuve el vehículo. La vista era impresionante. Nunca había contemplado una imagen como aquella, ni siquiera en televisión. Como si de una toma aérea se tratara, hasta donde alcanzaba la vista se extendía una llanura inmensa y allí, en medio de la nada, se alzaba “Ciudad Término”, conocida como “La Ciudad de los Muertos”. La composición en forma de círculos concéntricos dirigía la atención hacia la estructura central, una gran torre circular coronada por un enorme cuenco del que emanaba una columna de humo, como imitando una gran antorcha ritual. Miles de diminutas ventanas horadaban la pared curva trazando algo parecido a una inscripción.

Continué el lento descenso por la serpenteante carretera. Era extraño; no recordaba haber visto ninguna imagen de la ciudad en la que aparecieran montañas en su proximidad, aunque la verdad era que nunca había prestado demasiada atención a todo aquello. No hasta que murió mamá.

Toda mi concepción del mundo había cambiado. La seguridad en mí mismo y lo que me rodeaba se había desvanecido. Ahora todo parecía tan frágil; todas esas grandes cosas construidas durante años con infinito esfuerzo podían desmoronarse en un instante..., en un “descolgar el teléfono”. Mi vida se sumió en una sensación de “provisionalidad permanente” e, inconscientemente, la idea de “Ciudad Término” fue ganando peso entre mis pensamientos hasta convertirse en una obsesión.

Antes despreciaba todo aquello. Era un artificio comercial urdido por varias multinacionales tecnológicas para explotar económicamente los sentimientos de la gente. Originalmente, el proyecto surgió de alguien con una visión idealista hacía más de una década. La idea era registrar los parámetros de comportamiento, la actividad intelectual y, en la medida de lo posible, los recuerdos de una persona en un potente sistema informático que podía, en base a ellos, emular a esa persona; pensar y opinar como lo haría ella misma. En un principio se pretendía emular a grandes personajes, científicos o eminencias de cualquier campo del saber con el fin de poder contar con ellos aún después de muertos, solicitando su opinión o incluso su ayuda respecto a grandes descubrimientos o nuevas cuestiones que se plantearan especialmente en el campo de la ciencia.

Sería un privilegio poder conversar con Stephen Hawking sobre los tres niveles del universo cuántico y los Tésimos de Biggs, o charlar con Misha Gromov acerca de las dos soluciones a la Hipótesis de Poincaré que aportó Delaval.

Pero los responsables económicos del proyecto tuvieron una visión más pragmática del asunto y comprendieron que esa necesidad de comunicarse con los que se habían ido era una característica común a toda la humanidad y, por lo tanto, traducible en una cuota de mercado del cien por cien. De forma que comenzaron a almacenar información de toda la gente en general, y en particular de aquellos más susceptibles de dejar este mundo en breve. En torno al edificio principal fueron creciendo pequeños anexos destinados a almacenar la ingente cantidad de información que se iba acumulando, creándose una estructura de capas concéntricas que cada vez crecía más y con mayor rapidez. Así surgió —para desgracia de todos los mediums del planeta— “Ciudad Término”, conocida popularmente como “La Ciudad de los Muertos”; un lugar donde la gente podía comunicarse con sus muertos mediante una representación holográfica de la persona. Podían verles, hablar y conocer su opinión sobre cualquier asunto como si se tratara de la persona en vida, o al menos eso se pretendía hacer creer. Los familiares pagaban una “pensión” de mantenimiento para que los datos no fueran borrados y unas cuotas por visita. Los ingresos eran descomunales hasta el punto de suscitar enfrentamientos de carácter político y conflictos diplomáticos entre diversos países que no querían quedar excluidos del negocio mientras sus ciudadanos entregaban enormes sumas a los dueños del proyecto.

“Ciudad Término” había tenido desde el inicio multitud de detractores, entre ellos, diversas iglesias y dirigentes religiosos. Se habían organizado movimientos multitudinarios en su contra pero, con carácter permanente, existía un “goteo” a su favor de gente que cambiaba de opinión. En particular, todo aquél que tenía la ocasión de asistir a una entrevista con un fallecido registrado en vida cambiaba de filas o se debilitaba drásticamente en su postura. A estos se sumaban los que perdían familiares o personas cercanas, de forma que la oposición al proyecto se caracterizaba por una desaparición y renovación permanente que mantenía su número constante y no suponía un verdadero problema para los administradores de la ciudad.

La forma en que se las arreglaban para conseguir información de todo el mundo era un misterio. Oficialmente se hablaba de dos niveles o calidades: para las personas que habían hecho voluntariamente un “registro personal” en vida, se garantizaba una emulación perfecta, tanto a nivel físico como intelectual. Para aquellos que no lo habían hecho, normalmente se había recogido información a partir del uso del videoteléfono, de posibles visitas del afectado a la ciudad y, en general, cualquier registro de imagen o sonido que pudiera haberse producido en cualquier contexto. En estos casos se garantizaba una perfecta emulación física y una emulación intelectual parcial dependiendo de la cantidad de información recabada. Para muchas personas, la emulación física era más que suficiente.

Lo que no acababa de comprender era cómo se las habían arreglado para recopilar información acerca de mamá. Ella que era alérgica a cualquier tipo de tecnología. Incapaz de usar el videoteléfono ni ningún artefacto parecido. Iba, por lo tanto, predispuesto a la decepción. A encontrar poco más que una imagen tridimensional en movimiento, que apenas sería capaz de mantener una conversación estandarizada sobre asuntos genéricos e impersonales.

Había alcanzado ya la zona de aparcamientos. Dejé el coche —pagando la cantidad estipulada— y me dirigí hacia la entrada más próxima. Un pequeño tren en el interior de un tubo acristalado (en el mejor estilo de la ciencia ficción de los setenta) nos condujo a mí y a un par de personas más hacia el edificio central. Nadie abrió la boca. Permanecimos en silencio, la mirada huidiza, con una especie de sensación de sofoco o vergüenza por estar allí.

El inmenso vestíbulo al que accedimos estaba sumido en la penumbra y había sido ambientado premeditadamente como una catedral, con luminosas cristaleras en lo alto y numerosas velas encendidas sobre grandes candelabros de hierro. En el ambiente, un tenue olor a incienso y a otras hierbas aromáticas, y de forma casi imperceptible, entre el eco de las pisadas y los susurros, una especie de música de órgano ininteligible. Los responsables habían querido jugar la baza de la religión, como si el visitante flanqueara las puertas del cielo para hacer su visita y contara con el beneplácito de la iglesia y del propio Dios. El resultado era una sensación de paz y recogimiento que contrastaba de manera rocambolesca con las azafatas de largas piernas y aspecto televisivo que deambulaban por la estancia.

Una de ellas se acercó a mí y, tras dedicarme una sonrisa perfecta, me preguntó mi nombre.

—Víctor Dresde.

Lo introdujo en una hoja digital y me indicó amablemente que la siguiera. Estuve tentado de tocarla para ver si era un holograma pero, que yo supiera, no era posible representar un holograma tan realista sin interponer algún tipo de pantalla delante del observador, de manera que dejé las manos quietas por lo que pudiera pasar.

Caminé tras sus pasos sin poder apartar la vista de la diminuta falda brillante que formaba pequeñas arrugas diagonales desde una nalga a la otra en una y otra dirección a cada paso suyo. Hipnotizado por semejante espectáculo a punto estuve de chocar con ella cuando se detuvo.

—El señor Sakamishi le recibirá ahora —dijo sonriente. Y se marchó.

La pequeña puerta estaba entreabierta, de modo que llamé y la empujé con precaución.

—Adelante —dijo alguien desde el interior.

Penetré en el despacho. Era diminuto, casi opresivo. Una antigua lámpara de plato excesivamente baja iluminaba una vieja mesa de madera repleta de torres de papeles. En el ambiente se agitaban y diluían espesas nubes de humo de tabaco.

Entre las torres de papel se asomó un rostro anciano con rasgos orientales.

—Siéntese señor Dresde. No le entretendré mucho tiempo. Es la primera vez que viene a “Ciudad Término”, ¿verdad? —preguntó lenta y trabajosamente.

—Así es —respondí.

—Bien. En ese caso quiero ponerle al corriente de algunas normas que tenemos aquí y que deben ser respetadas en beneficio de nuestros huéspedes y visitantes.

—Le escucho.

—Bien. Como usted sabrá, la mayor parte de nuestros huéspedes mantienen todos los recuerdos de cuando estaban en vida. Sin embargo, por razones obvias, hemos eliminado todo lo referente al momento de su muerte y acontecimientos previos que pudieran estar relacionados con ella. Por supuesto, nadie recuerda estar internado en un tipo de institución como ésta, de manera que, siguiendo nuestra política de interferir lo mínimo posible añadiendo recuerdos... extraños o falsos, lo que se hace creer al huésped es que este sitio es un lugar de reunión donde se encontrarán con la persona esperada.

—Quiere decir que no debo preguntar cosas como: “¿qué tal estás aquí?” o “¿te dan bien de comer?” y todo eso, ¿verdad? —pregunté.

—Veo que entiende lo que trato de explicarle. En realidad, la norma es no hablar de la institución, del viaje hasta ella, ni de las razones del encuentro en este lugar.

—¿Y qué se supone que hay que hacer en el caso de que el huésped hable sobre ello? La verdad es que ese tipo de cosas es lo primero que se suele decir para entablar conversación.

—No se preocupe por eso. Si usted no lo menciona el huésped no lo hará. Han sido... “predispuestos” para ello —afirmó el anciano mirándome fijamente.

—Entiendo.

—La segunda norma es, evidentemente, no hablar acerca de su muerte ni de circunstancias relacionadas con ella.

—Bien. Quiere decir que cuando me encuentre con mi madre sólo podremos hablar del pasado. “¿Recuerdas cuando...?”. Un poco forzado, ¿no?

—No. No lo crea. Es una buena terapia. Además, contribuye a despejar... dudas y recelos de muchas personas sobre la autenticidad de los huéspedes —respondió con un cierto brillo retador en la mirada.

—Déjeme preguntarle algo sobre la autenticidad —dije—. ¿Cómo es posible que dispongan de información suficiente acerca de mi madre cuando ella no usa... quiero decir... no usaba ningún tipo de tecnología?

—La tecnología está por todas partes, señor Dresde. Nadie puede escapar a ella. Se asombraría de ver lo que nuestros técnicos son capaces de hacer con la más mínima información registrada: fotografías, teléfono convencional y videoteléfono, cámaras de centros comerciales.... Aunque supongo que comprenderá que no puedo develarle nuestro sistema de funcionamiento interno y nuestras fuentes de información, especialmente cuando existen varios proyectos de la competencia intentando entrar en funcionamiento.

—Le entiendo. Aunque usted también comprenderá que mi postura sea bastante escéptica respecto a lo que voy a encontrar ahí.

—No es usted el único. Aunque le garantizo que cuando salga habrá cambiado de opinión —respondió con una ligera sonrisa prepotente.

Devolví la sonrisa en una especie de “desafío de convicciones”.

—¿Alguna otra norma? —dije.

—Por mi parte hemos terminado. La azafata le indicará el camino. Feliz estancia en “Ciudad Término”.

Cuando ya me levantaba me asaltó una última duda.
—¿Realizan esta entrevista con todos y cada uno de los visitantes?

—Sí.

—Pero deben de ser miles a diario, ¿no?

—Son muchos, desde luego, pero tenga en cuenta que la mayoría repiten visita y la entrevista sólo se hace la primera vez. Además, para nosotros esto es mucho más sencillo de lo que usted cree.

Me despedí y salí de la estancia sin estar muy seguro del significado de aquella última afirmación.

Otra azafata esperaba en la puerta. A través del gran vestíbulo me condujo hacia un mostrador que hacía las veces de altar.

—¿Soporte físico, huella o iris? —dijo, pillándome desprevenido.

Era el momento del pago.

—Eh... esto... Huella.

Coloqué tres de los dedos de la mano derecha sobre el soporte y la diminuta pantalla indicó mis datos personales y la cantidad a pagar, mezclados con una retahíla de condiciones respecto al importe íntegro de la primera hora más la tarifación en fracciones de quince minutos y un extra por conservar en el huésped los recuerdos de la entrevista. En total, un ojo de la cara.

—¿Está de acuerdo con las condiciones? —preguntó la chica.

No había hecho aquel viaje para volverme atrás en el último segundo.

—Sí.

Y presioné con los tres dedos aceptando así el cargo.

Tras recorrer varios pasillos entramos en un amplio ascensor. Intenté quitar tensión a la situación con algo de simpatía.

—Mucho trabajo por aquí, ¿verdad?

—Sí —respondió ella—. Pero es un trabajo agradable.

Sonreí algo perplejo y después me percaté de la presencia de las diminutas cámaras de seguridad. Las chicas debían estar sometidas a un control y una presión enormes.

—Bueno, supongo que es mejor que trabajar en una funeraria —dije, intentando hacer una especie de chiste.

La chica me miró con cara de sorpresa y por primera vez la sonrisa desapareció de su rostro, aunque de inmediato asintió y volvió a sonreír.

“Más vale que cierre la boca” —pensé.

Estábamos ascendiendo por el interior de la torre central y, a juzgar por el tiempo que tardamos, debíamos estar en un piso muy alto.

A la salida del ascensor, la vista por los ventanales era impresionante, digna de cualquier película efectista. El Sol, en el cenit, abrasaba una llanura casi infinita, en la que serpenteaban caprichosas figuras de tonos ocres y anaranjados que se fundían con la profusa gama de verdes parduzcos que los islotes de matorral, salpicados de encinas y alcornoques, derramaban sin orden aparente a lo largo del paisaje. La muchacha me condujo hasta una pequeña habitación que se encontraba dividida en dos por una pared de vidrio. Era la pantalla de proyección holográfica, tras la cual aparecería la imagen del huésped como si ocupara la otra mitad de la sala.

—Ahí tiene las instrucciones por si quiere solicitar que les sirvan la comida, y las tarifas según el menú.

—¿¡La comida del muerto también tiene tarifa!? —pregunté bruscamente, avergonzándome después.

La chica se limitó a sonreír y desearme una feliz estancia en la ciudad antes de salir y cerrar la puerta.

Pasaron unos minutos y nada sucedía. Parecía que de un momento a otro sonaría un redoble de timbal y una voz televisiva proclamaría: “Con todos ustedes... La señora Dresde”. Pero la sala continuó vacía y en silencio.

Cuando, de repente, la puerta de enfrente se abrió, di un respingo en la silla, sobresaltado. La anciana que entró en la sala me resultó extraordinariamente familiar. Sin embargo, había algo ligeramente extraño en ella. La habían representado más vieja y el vestido que llevaba no se lo había visto antes. Desde luego cuidaban hasta el último detalle.

De pronto me di cuenta de que la situación era ligeramente embarazosa. No podía darle un beso ni un abrazo, que hubiera sido lo normal, y no podía hablar de prácticamente nada reciente. ¿Qué se suponía que iba a decirle?

“¿Y qué importancia tiene? Sólo es un programa de ordenador” —me dije.

Sin embargo, cuando se acercó y pude ver su cara, sus ojos, sus arrugas tan familiares y tan... tiernas; se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Qué tal te encuentras, mamá? Te veo estupenda.

—Ay, hijo. Tú tan zalamero como siempre. Si no fuera por este cristal te daría un cachete por no darle un abrazo a tu madre. Deja que te vea... sigues hecho un figurín. Seguro que has estado buscándote complicaciones con todas las muchachas de tus alrededores.

—Ya no tengo edad para esas cosas, mamá. He sentado cabeza y creo que lo de Alicia va en serio —respondí.

—Bueno, deja que me siente. Mis pies ya no están para bailes.

Nos sentamos y estuvimos conversando. Mis dudas respecto a lo que iba a encontrar se disiparon y la fascinación previa por la calidad de la emulación dio paso al olvido total de nuestra situación, hasta el punto de llegar a creer, durante la mayor parte de la entrevista, que en verdad estaba hablando con mi madre. Ese era el mecanismo por el que atrapaban a los clientes; la mezcla de una simulación excepcionalmente realista con la necesidad psicológica del visitante de creer en todo ello.

El mundo exterior parecía tan lejano. La vida cotidiana, un sueño. El tiempo parecía haberse detenido allí dentro y la muerte haber sido erradicada. Era una sensación maravillosa... reconfortante... Uno podría estar horas charlando allí, en aquella pequeña habitación milagrosa.

Pero mamá no era persona propensa a andarse por las ramas. Se puso de pie y me hizo un gesto para que me acercara.

Así lo hice.

Después de mirar a uno y otro lado, se acercó hasta pegarse al cristal y susurró:
—Dime una cosa, ¿has tenido que viajar mucho para venir hasta aquí? Nosotros hemos tardado una eternidad.

Como dijo el anciano, el señor “shaku... tama... yuku... mishi” (o algo así), le habían hecho creer que había viajado hasta aquí para encontrarse conmigo. También me advirtió que no debía hablar sobre el viaje con los huéspedes y afirmó que si yo no mencionaba el tema, mi madre no lo haría, pero mamá era especialista en abrir la boca cuando no debía.

—Mamá —sonreí cariñosamente—. Sabes que no debemos hablar de estas cosas.

—¿Por qué? ¿No te dejan que hables de lo que quieras?

—No es eso, mamá...

—Dime, hijo ¿Cómo te tratan?

—¿Qué... qué quieres decir?

La luz roja sobre la puerta del lado de mi madre estaba parpadeando.

—Dime —prosiguió ella cada vez más agitada—. ¿Estás bien aquí? ¿Te dan bien de comer?

Dos individuos con bata blanca entraron en la sala de mi madre y la cogieron por los brazos.
—¿Has tardado mucho en llegar? ¿Dónde te tienen? —prosiguió ella.

Los hombres de blanco se llevaron a mi madre casi a rastras mientras ella gritaba cada vez más.

—Dime Víctor, ¿por qué me abandonaste? ¡Me quedé sola! ¡Estuve enferma! Y no tenía a nadie que me ayudara... —sollozaba mientras la sacaban por la puerta—. ¿Por qué no te dejan volver a casa? —gritó antes de que otros dos hombres que acababan de entrar cerraran la puerta.

Se acercaron al cristal y me miraron atentamente desde varios ángulos.

—¿Crees que habrá afectado al banco original?

—No lo creo —respondió el otro—. Bastará con que borremos esta última entrevista.
Entonces el más alto sacó un pequeño mando a distancia del bolsillo, lo apuntó hacia mí y desconectó el holograma.

 

 

 










Antonio J. Cebrián


Albacete, España, 1964.

Ingeniero Informático, pianista y compositor. Compagina su trabajo como Profesor de Teclado en la EMMA con su pasión por la literatura fantástica.

Ha logrado el primer premio del concurso Vórtice de CF y de radioteatro CF de Radio Ahijuna. Fue finalista de los premios Domingo Santos 2003 y 2006, Pablo Rido 2004 y 2007, Andrómeda de ficción especulativa 2005 y 2006, Coyllur 2005 y 2006, El Melocotón Mecánico y Axxón 2006.

Ha publicado en Visiones 2004, Fabricantes de sueños 2006, Axxón y Bem on line.

Página web personal: www.condeboris.tk

 

Cuentos publicados en Sinergia:

“La ciudad de los muertos”
#13