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El cielo presagiaba tormenta y podía olerse
la humedad en el ambiente. Cerca de la curva salí de la carretera
y detuve el vehículo. La vista era impresionante. Nunca había
contemplado una imagen como aquella, ni siquiera en televisión.
Como si de una toma aérea se tratara, hasta donde alcanzaba
la vista se extendía una llanura inmensa y allí, en
medio de la nada, se alzaba “Ciudad Término”,
conocida como “La Ciudad de los Muertos”. La composición
en forma de círculos concéntricos dirigía la
atención hacia la estructura central, una gran torre circular
coronada por un enorme cuenco del que emanaba una columna de humo,
como imitando una gran antorcha ritual. Miles de diminutas ventanas
horadaban la pared curva trazando algo parecido a una inscripción.
Continué el lento descenso por la serpenteante
carretera. Era extraño; no recordaba haber visto ninguna
imagen de la ciudad en la que aparecieran montañas en su
proximidad, aunque la verdad era que nunca había prestado
demasiada atención a todo aquello. No hasta que murió
mamá.
Toda mi concepción del mundo había
cambiado. La seguridad en mí mismo y lo que me rodeaba se
había desvanecido. Ahora todo parecía tan frágil;
todas esas grandes cosas construidas durante años con infinito
esfuerzo podían desmoronarse en un instante..., en un “descolgar
el teléfono”. Mi vida se sumió en una sensación
de “provisionalidad permanente” e, inconscientemente,
la idea de “Ciudad Término” fue ganando peso
entre mis pensamientos hasta convertirse en una obsesión.
Antes despreciaba todo aquello. Era un artificio
comercial urdido por varias multinacionales tecnológicas
para explotar económicamente los sentimientos de la gente.
Originalmente, el proyecto surgió de alguien con una visión
idealista hacía más de una década. La idea
era registrar los parámetros de comportamiento, la actividad
intelectual y, en la medida de lo posible, los recuerdos de una
persona en un potente sistema informático que podía,
en base a ellos, emular a esa persona; pensar y opinar como lo haría
ella misma. En un principio se pretendía emular a grandes
personajes, científicos o eminencias de cualquier campo del
saber con el fin de poder contar con ellos aún después
de muertos, solicitando su opinión o incluso su ayuda respecto
a grandes descubrimientos o nuevas cuestiones que se plantearan
especialmente en el campo de la ciencia.
Sería un privilegio poder conversar con
Stephen Hawking sobre los tres niveles del universo cuántico
y los Tésimos de Biggs, o charlar con Misha Gromov acerca
de las dos soluciones a la Hipótesis de Poincaré que
aportó Delaval.
Pero los responsables económicos del
proyecto tuvieron una visión más pragmática
del asunto y comprendieron que esa necesidad de comunicarse con
los que se habían ido era una característica común
a toda la humanidad y, por lo tanto, traducible en una cuota de
mercado del cien por cien. De forma que comenzaron a almacenar información
de toda la gente en general, y en particular de aquellos más
susceptibles de dejar este mundo en breve. En torno al edificio
principal fueron creciendo pequeños anexos destinados a almacenar
la ingente cantidad de información que se iba acumulando,
creándose una estructura de capas concéntricas que
cada vez crecía más y con mayor rapidez. Así
surgió —para desgracia de todos los mediums del planeta—
“Ciudad Término”, conocida popularmente como
“La Ciudad de los Muertos”; un lugar donde la gente
podía comunicarse con sus muertos mediante una representación
holográfica de la persona. Podían verles, hablar y
conocer su opinión sobre cualquier asunto como si se tratara
de la persona en vida, o al menos eso se pretendía hacer
creer. Los familiares pagaban una “pensión” de
mantenimiento para que los datos no fueran borrados y unas cuotas
por visita. Los ingresos eran descomunales hasta el punto de suscitar
enfrentamientos de carácter político y conflictos
diplomáticos entre diversos países que no querían
quedar excluidos del negocio mientras sus ciudadanos entregaban
enormes sumas a los dueños del proyecto.
“Ciudad Término” había
tenido desde el inicio multitud de detractores, entre ellos, diversas
iglesias y dirigentes religiosos. Se habían organizado movimientos
multitudinarios en su contra pero, con carácter permanente,
existía un “goteo” a su favor de gente que cambiaba
de opinión. En particular, todo aquél que tenía
la ocasión de asistir a una entrevista con un fallecido registrado
en vida cambiaba de filas o se debilitaba drásticamente en
su postura. A estos se sumaban los que perdían familiares
o personas cercanas, de forma que la oposición al proyecto
se caracterizaba por una desaparición y renovación
permanente que mantenía su número constante y no suponía
un verdadero problema para los administradores de la ciudad.
La forma en que se las arreglaban para conseguir
información de todo el mundo era un misterio. Oficialmente
se hablaba de dos niveles o calidades: para las personas que habían
hecho voluntariamente un “registro personal” en vida,
se garantizaba una emulación perfecta, tanto a nivel físico
como intelectual. Para aquellos que no lo habían hecho, normalmente
se había recogido información a partir del uso del
videoteléfono, de posibles visitas del afectado a la ciudad
y, en general, cualquier registro de imagen o sonido que pudiera
haberse producido en cualquier contexto. En estos casos se garantizaba
una perfecta emulación física y una emulación
intelectual parcial dependiendo de la cantidad de información
recabada. Para muchas personas, la emulación física
era más que suficiente.
Lo que no acababa de comprender era cómo
se las habían arreglado para recopilar información
acerca de mamá. Ella que era alérgica a cualquier
tipo de tecnología. Incapaz de usar el videoteléfono
ni ningún artefacto parecido. Iba, por lo tanto, predispuesto
a la decepción. A encontrar poco más que una imagen
tridimensional en movimiento, que apenas sería capaz de mantener
una conversación estandarizada sobre asuntos genéricos
e impersonales.
Había alcanzado ya la zona de aparcamientos.
Dejé el coche —pagando la cantidad estipulada—
y me dirigí hacia la entrada más próxima. Un
pequeño tren en el interior de un tubo acristalado (en el
mejor estilo de la ciencia ficción de los setenta) nos condujo
a mí y a un par de personas más hacia el edificio
central. Nadie abrió la boca. Permanecimos en silencio, la
mirada huidiza, con una especie de sensación de sofoco o
vergüenza por estar allí.
El inmenso vestíbulo al que accedimos
estaba sumido en la penumbra y había sido ambientado premeditadamente
como una catedral, con luminosas cristaleras en lo alto y numerosas
velas encendidas sobre grandes candelabros de hierro. En el ambiente,
un tenue olor a incienso y a otras hierbas aromáticas, y
de forma casi imperceptible, entre el eco de las pisadas y los susurros,
una especie de música de órgano ininteligible. Los
responsables habían querido jugar la baza de la religión,
como si el visitante flanqueara las puertas del cielo para hacer
su visita y contara con el beneplácito de la iglesia y del
propio Dios. El resultado era una sensación de paz y recogimiento
que contrastaba de manera rocambolesca con las azafatas de largas
piernas y aspecto televisivo que deambulaban por la estancia.
Una de ellas se acercó a mí y,
tras dedicarme una sonrisa perfecta, me preguntó mi nombre.
—Víctor Dresde.
Lo introdujo en una hoja digital y me indicó amablemente
que la siguiera. Estuve tentado de tocarla para ver si era un holograma
pero, que yo supiera, no era posible representar un holograma tan
realista sin interponer algún tipo de pantalla delante del
observador, de manera que dejé las manos quietas por lo que
pudiera pasar.
Caminé tras sus pasos sin poder apartar la vista de la
diminuta falda brillante que formaba pequeñas arrugas diagonales
desde una nalga a la otra en una y otra dirección a cada
paso suyo. Hipnotizado por semejante espectáculo a punto
estuve de chocar con ella cuando se detuvo.
—El señor Sakamishi le recibirá
ahora —dijo sonriente. Y se marchó.
La pequeña puerta estaba entreabierta,
de modo que llamé y la empujé con precaución.
—Adelante —dijo alguien desde
el interior.
Penetré en el despacho. Era diminuto,
casi opresivo. Una antigua lámpara de plato excesivamente
baja iluminaba una vieja mesa de madera repleta de torres de papeles.
En el ambiente se agitaban y diluían espesas nubes de humo
de tabaco.
Entre las torres de papel se asomó un
rostro anciano con rasgos orientales.
—Siéntese señor Dresde.
No le entretendré mucho tiempo. Es la primera vez que viene
a “Ciudad Término”, ¿verdad? —preguntó
lenta y trabajosamente.
—Así es —respondí.
—Bien. En ese caso quiero ponerle
al corriente de algunas normas que tenemos aquí y que deben
ser respetadas en beneficio de nuestros huéspedes y visitantes.
—Le escucho.
—Bien. Como usted sabrá,
la mayor parte de nuestros huéspedes mantienen todos los
recuerdos de cuando estaban en vida. Sin embargo, por razones obvias,
hemos eliminado todo lo referente al momento de su muerte y acontecimientos
previos que pudieran estar relacionados con ella. Por supuesto,
nadie recuerda estar internado en un tipo de institución
como ésta, de manera que, siguiendo nuestra política
de interferir lo mínimo posible añadiendo recuerdos...
extraños o falsos, lo que se hace creer al huésped
es que este sitio es un lugar de reunión donde se encontrarán
con la persona esperada.
—Quiere decir que no debo preguntar
cosas como: “¿qué tal estás aquí?”
o “¿te dan bien de comer?” y todo eso, ¿verdad?
—pregunté.
—Veo que entiende lo que trato de
explicarle. En realidad, la norma es no hablar de la institución,
del viaje hasta ella, ni de las razones del encuentro en este lugar.
—¿Y qué se supone
que hay que hacer en el caso de que el huésped hable sobre
ello? La verdad es que ese tipo de cosas es lo primero que se suele
decir para entablar conversación.
—No se preocupe por eso. Si usted
no lo menciona el huésped no lo hará. Han sido...
“predispuestos” para ello —afirmó el anciano
mirándome fijamente.
—Entiendo.
—La segunda norma es, evidentemente,
no hablar acerca de su muerte ni de circunstancias relacionadas
con ella.
—Bien. Quiere decir que cuando me
encuentre con mi madre sólo podremos hablar del pasado. “¿Recuerdas
cuando...?”. Un poco forzado, ¿no?
—No. No lo crea. Es una buena terapia.
Además, contribuye a despejar... dudas y recelos de muchas
personas sobre la autenticidad de los huéspedes —respondió
con un cierto brillo retador en la mirada.
—Déjeme preguntarle algo
sobre la autenticidad —dije—. ¿Cómo es
posible que dispongan de información suficiente acerca de
mi madre cuando ella no usa... quiero decir... no usaba ningún
tipo de tecnología?
—La tecnología está
por todas partes, señor Dresde. Nadie puede escapar a ella.
Se asombraría de ver lo que nuestros técnicos son
capaces de hacer con la más mínima información
registrada: fotografías, teléfono convencional y videoteléfono,
cámaras de centros comerciales.... Aunque supongo que comprenderá
que no puedo develarle nuestro sistema de funcionamiento interno
y nuestras fuentes de información, especialmente cuando existen
varios proyectos de la competencia intentando entrar en funcionamiento.
—Le entiendo. Aunque usted también
comprenderá que mi postura sea bastante escéptica
respecto a lo que voy a encontrar ahí.
—No es usted el único. Aunque
le garantizo que cuando salga habrá cambiado de opinión
—respondió con una ligera sonrisa prepotente.
Devolví la sonrisa en una especie de
“desafío de convicciones”.
—¿Alguna otra norma? —dije.
—Por mi parte hemos terminado. La
azafata le indicará el camino. Feliz estancia en “Ciudad
Término”.
Cuando ya me levantaba me asaltó una
última duda.
—¿Realizan esta entrevista con todos y cada uno de
los visitantes?
—Sí.
—Pero deben de ser miles a diario,
¿no?
—Son muchos, desde luego, pero tenga
en cuenta que la mayoría repiten visita y la entrevista sólo
se hace la primera vez. Además, para nosotros esto es mucho
más sencillo de lo que usted cree.
Me despedí y salí de la estancia
sin estar muy seguro del significado de aquella última afirmación.
Otra azafata esperaba en la puerta. A través
del gran vestíbulo me condujo hacia un mostrador que hacía
las veces de altar.
—¿Soporte físico,
huella o iris? —dijo, pillándome desprevenido.
Era el momento del pago.
—Eh... esto... Huella.
Coloqué tres de los dedos de la mano
derecha sobre el soporte y la diminuta pantalla indicó mis
datos personales y la cantidad a pagar, mezclados con una retahíla
de condiciones respecto al importe íntegro de la primera
hora más la tarifación en fracciones de quince minutos
y un extra por conservar en el huésped los recuerdos de la
entrevista. En total, un ojo de la cara.
—¿Está de acuerdo
con las condiciones? —preguntó la chica.
No había hecho aquel viaje para volverme
atrás en el último segundo.
—Sí.
Y presioné con los tres dedos aceptando
así el cargo.
Tras recorrer varios pasillos entramos en un
amplio ascensor. Intenté quitar tensión a la situación
con algo de simpatía.
—Mucho trabajo por aquí,
¿verdad?
—Sí —respondió
ella—. Pero es un trabajo agradable.
Sonreí algo perplejo y después
me percaté de la presencia de las diminutas cámaras
de seguridad. Las chicas debían estar sometidas a un control
y una presión enormes.
—Bueno, supongo que es mejor que
trabajar en una funeraria —dije, intentando hacer una especie
de chiste.
La chica me miró con cara de sorpresa
y por primera vez la sonrisa desapareció de su rostro, aunque
de inmediato asintió y volvió a sonreír.
“Más vale que cierre la boca”
—pensé.
Estábamos ascendiendo por el interior
de la torre central y, a juzgar por el tiempo que tardamos, debíamos
estar en un piso muy alto.
A la salida del ascensor, la vista por los ventanales
era impresionante, digna de cualquier película efectista.
El Sol, en el cenit, abrasaba una llanura casi infinita, en la que
serpenteaban caprichosas figuras de tonos ocres y anaranjados que
se fundían con la profusa gama de verdes parduzcos que los
islotes de matorral, salpicados de encinas y alcornoques, derramaban
sin orden aparente a lo largo del paisaje. La muchacha me condujo
hasta una pequeña habitación que se encontraba dividida
en dos por una pared de vidrio. Era la pantalla de proyección
holográfica, tras la cual aparecería la imagen del
huésped como si ocupara la otra mitad de la sala.
—Ahí tiene las instrucciones
por si quiere solicitar que les sirvan la comida, y las tarifas
según el menú.
—¿¡La comida del muerto
también tiene tarifa!? —pregunté bruscamente,
avergonzándome después.
La chica se limitó a sonreír y
desearme una feliz estancia en la ciudad antes de salir y cerrar
la puerta.
Pasaron unos minutos y nada sucedía.
Parecía que de un momento a otro sonaría un redoble
de timbal y una voz televisiva proclamaría: “Con todos
ustedes... La señora Dresde”. Pero la sala continuó
vacía y en silencio.
Cuando, de repente, la puerta de enfrente se
abrió, di un respingo en la silla, sobresaltado. La anciana
que entró en la sala me resultó extraordinariamente
familiar. Sin embargo, había algo ligeramente extraño
en ella. La habían representado más vieja y el vestido
que llevaba no se lo había visto antes. Desde luego cuidaban
hasta el último detalle.
De pronto me di cuenta de que la situación
era ligeramente embarazosa. No podía darle un beso ni un
abrazo, que hubiera sido lo normal, y no podía hablar de
prácticamente nada reciente. ¿Qué se suponía
que iba a decirle?
“¿Y qué importancia
tiene? Sólo es un programa de ordenador” —me
dije.
Sin embargo, cuando se acercó y pude
ver su cara, sus ojos, sus arrugas tan familiares y tan... tiernas;
se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Qué tal te encuentras,
mamá? Te veo estupenda.
—Ay, hijo. Tú tan zalamero
como siempre. Si no fuera por este cristal te daría un cachete
por no darle un abrazo a tu madre. Deja que te vea... sigues hecho
un figurín. Seguro que has estado buscándote complicaciones
con todas las muchachas de tus alrededores.
—Ya no tengo edad para esas cosas,
mamá. He sentado cabeza y creo que lo de Alicia va en serio
—respondí.
—Bueno, deja que me siente. Mis
pies ya no están para bailes.
Nos sentamos y estuvimos conversando. Mis dudas
respecto a lo que iba a encontrar se disiparon y la fascinación
previa por la calidad de la emulación dio paso al olvido
total de nuestra situación, hasta el punto de llegar a creer,
durante la mayor parte de la entrevista, que en verdad estaba hablando
con mi madre. Ese era el mecanismo por el que atrapaban a los clientes;
la mezcla de una simulación excepcionalmente realista con
la necesidad psicológica del visitante de creer en todo ello.
El mundo exterior parecía tan lejano.
La vida cotidiana, un sueño. El tiempo parecía haberse
detenido allí dentro y la muerte haber sido erradicada. Era
una sensación maravillosa... reconfortante... Uno podría
estar horas charlando allí, en aquella pequeña habitación
milagrosa.
Pero mamá no era persona propensa a andarse
por las ramas. Se puso de pie y me hizo un gesto para que me acercara.
Así lo hice.
Después de mirar a uno y otro lado, se
acercó hasta pegarse al cristal y susurró:
—Dime una cosa, ¿has tenido que viajar mucho para venir
hasta aquí? Nosotros hemos tardado una eternidad.
Como dijo el anciano, el señor “shaku...
tama... yuku... mishi” (o algo así), le habían
hecho creer que había viajado hasta aquí para encontrarse
conmigo. También me advirtió que no debía hablar
sobre el viaje con los huéspedes y afirmó que si yo
no mencionaba el tema, mi madre no lo haría, pero mamá
era especialista en abrir la boca cuando no debía.
—Mamá —sonreí
cariñosamente—. Sabes que no debemos hablar de estas
cosas.
—¿Por qué? ¿No
te dejan que hables de lo que quieras?
—No es eso, mamá...
—Dime, hijo ¿Cómo
te tratan?
—¿Qué... qué
quieres decir?
La luz roja sobre la puerta del lado de mi madre
estaba parpadeando.
—Dime —prosiguió ella
cada vez más agitada—. ¿Estás bien aquí?
¿Te dan bien de comer?
Dos individuos con bata blanca entraron en la sala de
mi madre y la cogieron por los brazos.
—¿Has tardado mucho en llegar? ¿Dónde
te tienen? —prosiguió ella.
Los hombres de blanco se llevaron a mi madre
casi a rastras mientras ella gritaba cada vez más.
—Dime Víctor, ¿por qué me abandonaste?
¡Me quedé sola! ¡Estuve enferma! Y no tenía
a nadie que me ayudara... —sollozaba mientras la sacaban por
la puerta—. ¿Por qué no te dejan volver a casa?
—gritó antes de que otros dos hombres que acababan
de entrar cerraran la puerta.
Se acercaron al cristal y me miraron atentamente
desde varios ángulos.
—¿Crees que habrá
afectado al banco original?
—No lo creo —respondió
el otro—. Bastará con que borremos esta última
entrevista.
Entonces el más alto sacó un pequeño mando
a distancia del bolsillo, lo apuntó hacia mí y desconectó
el holograma.
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