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| Nueva prospectiva
para la ciencia ficción del futuro Giovanni De Matteo Italia |
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| Fernando Sassone ©2007 www.fs.cafeportenio.com.ar |
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Uno
de los méritos incuestionables de la ciencia ficción es su extraordinaria
capacidad de renovación. Su historia es la historia de un siglo, recorre
todo el siglo XX: casi se podría decir que es hija y expresión de la centuria
que acaba de concluir, que de conflictos sabe bastante. Con su extraordinaria
concentración de sucesos, tragedias, descubrimientos y revoluciones, el
Novecientos ha sido el siglo del cambio en sí mismo: ha visto el nacimiento
de al menos dos teorías científicas revolucionarias (la relatividad y
la mecánica cuántica), ha vivido al menos dos grandes revoluciones de
resultados discutibles (el triunfo y el derrumbe del comunismo), y ha
atravesado al menos tres fases tecnológicas cruciales, de las cuales hoy
apreciamos la recaída y padecemos las consecuencias: la carrera al espacio,
la llegada de la radio y la televisión, y el estallido de Internet.
La ciencia ficción no ha quedado al margen: género mutante y adaptable, ha sabido regenerarse de sus cenizas, sobreviviendo a las amputaciones impuestas por la realidad. Como resultado de esta continua evolución, cada estación ha tenido su propia ciencia ficción. En repetidas oleadas, el género ha sido invadido por los vientos del cambio: el filón sociológico de los años cincuenta, la New Wave que brotó en los sesenta y prolongándose de los setenta a los ochenta, el cyberpunk. Si el género se hubiera limitado a la extrapolación pura y simple, probablemente no hubiera adelantado mucho con respecto al canon impuesto por John W. Campbell. Ciertamente, la elaboración de los datos del presente es parte del código genético de la ciencia ficción, capacitada por vocación e instinto para interpretar las insinuaciones y, por qué no, los peligros evocados por el progreso. Pero una narrativa exclusivamente basada en la anticipación se expone a dos riesgos: la refutación o bien, lo que resulta hasta peor, la superación. Aquel 10% de ciencia ficción
que no es basura también es, por fortuna, casi cualquier otra cosa: transfiguración
y, en los mejores casos, poesía.
La era de la información
en la que vivimos ha producido la primera intersección de lo imaginario
con lo cotidiano. La fantasía, por primera vez, se ve golpeada por la
realidad cuando piratas informáticos —inspirándose en los cowboys de la
consola de Gibson y sus socios— acaban en las páginas de crónica periodística
apenas salidos de las de los libros. El acontecimiento, repetido en varias
ocasiones, ha desenmascarado la crisis del ciberespacio, metáfora evolucionada
por línea directa desde el espacio interior de ballardiana memoria (el
celebérrimo inner space surgido en contraposición al outer space,
el espacio exterior de la aventura interplanetaria). El impasse se
ha revelado más duro de lo previsto: si J. G. Ballard, en el documento
programático de la New Wave (“Which Way to Inner Space?”), originalmente
publicado en la revista New Worlds en 1962, denunció la falta de
ideas de una ciencia ficción proyectada ciegamente hacia el espacio externo,
una cierta ciencia ficción de los últimos años ha desenterrado el cadáver
del peor space ópera, ha puesto en marcha extravagantes formas
de hibridación con los esquemas lanzados por el cyberpunk. Estoy
convencido de que no es esta la vía más promisoria para asegurarle un
futuro a la ciencia ficción.
La experimentación fina
en sí misma no ha sido nunca una solución a la crisis de ideas. La tentativa
aparece tanto más torpe cuanto mayor es la disponibilidad de recursos
conceptuales e imaginativos ignorados por quien escribe. En los últimos
años, nuevas e importantes teorías científicas han llamado la atención
del mundo de la investigación y, al mismo tiempo, parecen ser cada vez
más necesarias —y más próximas— nuevas revoluciones tecnológicas que presumiblemente
convulsionen nuestra relación con lo cotidiano: si la biotecnología ya
es mucho más que una promesa, antes de lo que se espera podrían entrar
en nuestras vidas la nanotecnología y los procesadores cuánticos. Pero
es quizás en la física pura, un campo en el que no es raro descubrir la
invasión de los investigadores metafísicos, que el futuro nos reserva
las mayores sorpresas: ilustres científicos (Jacob D. Bekenstein, Juan
Maldacena, Leonard Susskind, Gerard ‘t Hooft) están desarrollando la teoría
del holomovimento de David Bohm (un concepto que describe la urdimbre
de la realidad como “una totalidad indivisa de movimiento corredizo",
que encierra una doble referencia a la visión holística de la realidad
y a la holografía, interpretados exactamente como un engaño de los sentidos)
y están empujando sus intuiciones hacia consecuencias inesperadas, que
podrían echar las bases de la muy esperada conciliación de la relatividad
einsteniana con las leyes cuánticas. Si la atención de Bohm no ha soslayado
tampoco la neurociencia, con la concepción de un modelo holonómico de
la mente, fruto de su colaboración con el neuro-psicólogo Karl H. Pribram,
el principio holográfico de ‘t Hooft y Susskind amenaza de veras con subvertir
el orden adquirido de nuestra percepción del mundo, reduciendo el universo
a un espacio bidimensional: la tercera dimensión del espacio y la gravedad
misma (hasta hoy día la más misteriosa de las fuerzas fundamentales) no
serían otra cosa que una ilusión producida por determinadas interacciones
de campo sobre la "superficie fotográfica" de la realidad.
Estamos ante la máxima
forma de abstracción de la realidad, un ámbito en el que ésta es entendida
como trascendencia de la materia y la energía a la pura información. Información:
he aquí a qué se reduciría la variada complejidad de los procesos y las
leyes físicas. Y nuestro universo no sería sino un universo de información,
cuyos flujos y cuyas oscilaciones se manifestarían en el mundo de los
sentidos en que vivimos inmersos desde el nacimiento. Esta es una idea
que la ciencia ficción, con maestros del calibre de Philip K. Dick, Ursula
K. LeGuin, J. G. Ballard y muchos otros, han contribuido como nadie a
plasmar.
La atención a temas de
relevancia científica debería ser una peculiaridad de la ciencia ficción,
y el escritor debería poder adquirir una reactividad inmediata e instintiva
capaz de inducirlo a reconocer, como un rastreador, los más prometedores
entre las teorías en apariencia marginales y actualmente hasta heréticas.
Igualmente sobresaliente debería ser su lucidez crítica ante la tecnología
y su evolución, en tanto trascienden el horizonte de los acontecimientos
del consumidor común, atento a la próxima generación de celulares o procesadores
o motores de combustión.
Esta liberación de las
formas de condicionamiento, imputable a la exposición, más o menos prolongada
y fuerte, a los mecanismos de control del mercado mediático, debería poder
ser exteriorizada, no sólo sobre los temas sino también sobre el estilo.
Las tramas lineales, los personajes estereotipados y la narración plana
y elemental, además de menospreciar la nobleza intelectual del lector,
también producen el efecto deletéreo de anestesiar su juicio crítico:
una vez bajado el umbral del aguante a “suficiente”, bastará un subjuntivo
para hacerlo gritar de dolor. Es necesario invertir el proceso antes de
que sea demasiado tarde. Hace falta hacer algo, si no se quiere entregar
la ciencia ficción a las fuerzas de la disgregación.
Quizás ha llegado el momento
de superar la tradicional dicotomía entre el exterior y el interior, entre
el sentido de lo maravilloso y la nostalgia del futuro, entre la imaginación
y el empeño. Deseo para esto una síntesis superior, una fusión de las
muchas instancias que no conceda un solo resquicio a la evasión, al desempeño,
a la emulación: hace falta recomenzar a transitar con salto renovado las
rutas del futuro. Si parece necesario pueden ser desempolvados y puestos
de nuevo en acción las viejas máquinas del tiempo, la psiónica, los viajes
más rápidos que la luz y la teleportación, a condición de que el autor
sea consciente de la dificultad innata en la empresa que está intentando,
que solicita todo su genio (del genio verdadero, auténtico, más allá de
obviamente a una dosis de sana inconsciencia) para que puedan ser exploradas
a fondo todas las potencialidades. No habría error más grande y una peor
ofensa a la dignidad del género y del lector que verse privados del empleo
de viejos módulos, de la investigación de las profundas relaciones que
entretejen la urdimbre de la realidad, de las complejas dinámicas de los
procesos físicos, políticos y sociales, de las consecuencias escatológicas
y de las implicaciones ontológicas inherentes a cada fenómeno que merezca
un análisis serio sobre la evolución biológica y cognitiva del hombre.
Sin duda deberían ser privilegiadas
todas las técnicas de expresión (de la cita a la modulación del registro,
de la sinestesia a la analogía, de la referencia al cut-up&fold-in)
que le solicitan al lector una participación activa en el proceso creativo.
Esta elección tiene no sólo una razón ideológica, sino también un riguroso
valor artístico. Sería deseable un relanzamiento de la vocación experimental
de la ciencia ficción, la vuelta a la exploración de los confines espirituales
del hombre, a la creación de nuevas mitologías híbridas y a la inspiración
de niveles superiores de conciencia.
Me gustaría que la ciencia
ficción recobrara una mirada consciente sobre nuestro porvenir, qué mañana
le espera a nuestra especie, qué futuro a nuestro mundo. De aquí a algunas
décadas invenciones extraordinarias turbarán nuestra esfera doméstica:
no podemos esperar la inteligencia artificial ya prefigurada en el cyberpunk,
la realidad sabrá demostrarse mucho más radical. Cada año que pasa, la
tecnología nos ofrece nuevos instrumentos, que debemos manejar con cuidado,
mucho más letales y despiadados que aquellos que circulan en este momento.
La loca carrera del progreso está en constante aceleración y, por consiguiente,
la Singularidad Tecnológica teorizada por Vernor Vinge se hace cada vez
más inminente. El Día Después del pasado próximo se desplazará a una dimensión
prehistórica: el futuro mismo se imagina mitológico. Creo que el gran
momento de la ciencia ficción ha llegado, la ocasión para desplegar toda
una gama entera de potencialidades. Será una empresa para nada simple,
tanto en lo que concierne al esfuerzo conceptual del autor como por lo
que atañe a la paciencia y el esfuerzo comprensivo del lector. Estamos
todos sobre el mismo barco: todos igualados ante el porvenir. Y alguien
debería decretar el estado de alarma.
Vivimos tiempos difíciles.
Será una buena estrategia encontrarse preparados para la próxima vez que
el futuro nos salte a la garganta.
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