Nueva prospectiva para la ciencia ficción del futuro

Giovanni De Matteo
Italia


Giovanni De Matteo

Policoro, Matera, Italia, 1981

Creció en Melfi y Castelnuovo di Conza. Estudió en Roma y Francia, graduándose en Ingeniería Electrónica en 2005. Comenzó a dedicarse a la escritura a partir del 2003 y en 2005 ganó la segunda edición del Premio Robot. Sus cuentos han sido publicados online en Delos SF, Continuum y Next-Station, y en antologías como Lost Highway Motel (Cut-up Edizioni, 2005), Noir no War (Perrone Editore, 2005), Antologia del Fantastico Italiano Underground (Il Foglio Editore, 2006). En abril de 2006 se publicó su primer libro: Revenant – Storie di ritorni e di ritornanti, una antología de cuentos prologada por Vittorio Catani. A continuación ganó la edición 2006 del premio Urania con la novela Sezione Π2 , publicada en la histórica colección de la Mondadori en noviembre 2007. Con el seudónimo “X” fundó y edita la revista NeXT, órgano de prensa del conectivismo, un movimiento nacido en el seno de la ciencia ficción que pretende anunciar una nueva vanguardia. En 2007 ha compilado, con Marco Zolin, la antología-manifesto del movimento: Supernova Express.

Con Umberto Pace gestiona el sitio
Next-Station
Colabora con el webzine Continuum y con el portal Fantascienza.com; su blog personal es
Uno Strano Attrattore



Artículo publicado en Sinergia # 14

Nueva prospectiva para la ciencia ficción
#14

  Fernando Sassone ©2007
www.fs.cafeportenio.com.ar

Uno de los méritos incuestionables de la ciencia ficción es su extraordinaria capacidad de renovación. Su historia es la historia de un siglo, recorre todo el siglo XX: casi se podría decir que es hija y expresión de la centuria que acaba de concluir, que de conflictos sabe bastante. Con su extraordinaria concentración de sucesos, tragedias, descubrimientos y revoluciones, el Novecientos ha sido el siglo del cambio en sí mismo: ha visto el nacimiento de al menos dos teorías científicas revolucionarias (la relatividad y la mecánica cuántica), ha vivido al menos dos grandes revoluciones de resultados discutibles (el triunfo y el derrumbe del comunismo), y ha atravesado al menos tres fases tecnológicas cruciales, de las cuales hoy apreciamos la recaída y padecemos las consecuencias: la carrera al espacio, la llegada de la radio y la televisión, y el estallido de Internet.

La ciencia ficción no ha quedado al margen: género mutante y adaptable, ha sabido regenerarse de sus cenizas, sobreviviendo a las amputaciones impuestas por la realidad. Como resultado de esta continua evolución, cada estación ha tenido su propia ciencia ficción. En repetidas oleadas, el género ha sido invadido por los vientos del cambio: el filón sociológico de los años cincuenta, la New Wave que brotó en los sesenta y prolongándose de los setenta a los ochenta, el cyberpunk. 

Si el género se hubiera limitado a la extrapolación pura y simple, probablemente no hubiera adelantado mucho con respecto al canon impuesto por John W. Campbell. Ciertamente, la elaboración de los datos del presente es parte del código genético de la ciencia ficción, capacitada por vocación e instinto para interpretar las insinuaciones y, por qué no, los peligros evocados por el progreso. Pero una narrativa exclusivamente basada en la anticipación se expone a dos riesgos: la refutación o bien, lo que resulta hasta peor, la superación. 

Aquel 10% de ciencia ficción que no es basura también es, por fortuna, casi cualquier otra cosa: transfiguración y, en los mejores casos, poesía. 

La era de la información en la que vivimos ha producido la primera intersección de lo imaginario con lo cotidiano. La fantasía, por primera vez, se ve golpeada por la realidad cuando piratas informáticos —inspirándose en los cowboys de la consola de Gibson y sus socios— acaban en las páginas de crónica periodística apenas salidos de las de los libros. El acontecimiento, repetido en varias ocasiones, ha desenmascarado la crisis del ciberespacio, metáfora evolucionada por línea directa desde el espacio interior de ballardiana memoria (el celebérrimo inner space surgido en contraposición al outer space, el espacio exterior de la aventura interplanetaria). El impasse se ha revelado más duro de lo previsto: si J. G. Ballard, en el documento programático de la New Wave (“Which Way to Inner Space?”), originalmente publicado en la revista New Worlds en 1962, denunció la falta de ideas de una ciencia ficción proyectada ciegamente hacia el espacio externo, una cierta ciencia ficción de los últimos años ha desenterrado el cadáver del peor space ópera, ha puesto en marcha extravagantes formas de hibridación con los esquemas lanzados por el cyberpunk. Estoy convencido de que no es esta la vía más promisoria para asegurarle un futuro a la ciencia ficción. 

La experimentación fina en sí misma no ha sido nunca una solución a la crisis de ideas. La tentativa aparece tanto más torpe cuanto mayor es la disponibilidad de recursos conceptuales e imaginativos ignorados por quien escribe. En los últimos años, nuevas e importantes teorías científicas han llamado la atención del mundo de la investigación y, al mismo tiempo, parecen ser cada vez más necesarias —y más próximas— nuevas revoluciones tecnológicas que presumiblemente convulsionen nuestra relación con lo cotidiano: si la biotecnología ya es mucho más que una promesa, antes de lo que se espera podrían entrar en nuestras vidas la nanotecnología y los procesadores cuánticos. Pero es quizás en la física pura, un campo en el que no es raro descubrir la invasión de los investigadores metafísicos, que el futuro nos reserva las mayores sorpresas: ilustres científicos (Jacob D. Bekenstein, Juan Maldacena, Leonard Susskind, Gerard ‘t Hooft) están desarrollando la teoría del holomovimento de David Bohm (un concepto que describe la urdimbre de la realidad como “una totalidad indivisa de movimiento corredizo", que encierra una doble referencia a la visión holística de la realidad y a la holografía, interpretados exactamente como un engaño de los sentidos) y están empujando sus intuiciones hacia consecuencias inesperadas, que podrían echar las bases de la muy esperada conciliación de la relatividad einsteniana con las leyes cuánticas. Si la atención de Bohm no ha soslayado tampoco la neurociencia, con la concepción de un modelo holonómico de la mente, fruto de su colaboración con el neuro-psicólogo Karl H. Pribram, el principio holográfico de ‘t Hooft y Susskind amenaza de veras con subvertir el orden adquirido de nuestra percepción del mundo, reduciendo el universo a un espacio bidimensional: la tercera dimensión del espacio y la gravedad misma (hasta hoy día la más misteriosa de las fuerzas fundamentales) no serían otra cosa que una ilusión producida por determinadas interacciones de campo sobre la "superficie fotográfica" de la realidad. 

Estamos ante la máxima forma de abstracción de la realidad, un ámbito en el que ésta es entendida como trascendencia de la materia y la energía a la pura información. Información: he aquí a qué se reduciría la variada complejidad de los procesos y las leyes físicas. Y nuestro universo no sería sino un universo de información, cuyos flujos y cuyas oscilaciones se manifestarían en el mundo de los sentidos en que vivimos inmersos desde el nacimiento. Esta es una idea que la ciencia ficción, con maestros del calibre de Philip K. Dick, Ursula K. LeGuin, J. G. Ballard y muchos otros, han contribuido como nadie a plasmar. 

La atención a temas de relevancia científica debería ser una peculiaridad de la ciencia ficción, y el escritor debería poder adquirir una reactividad inmediata e instintiva capaz de inducirlo a reconocer, como un rastreador, los más prometedores entre las teorías en apariencia marginales y actualmente hasta heréticas. Igualmente sobresaliente debería ser su lucidez crítica ante la tecnología y su evolución, en tanto trascienden el horizonte de los acontecimientos del consumidor común, atento a la próxima generación de celulares o procesadores o motores de combustión. 

Esta liberación de las formas de condicionamiento, imputable a la exposición, más o menos prolongada y fuerte, a los mecanismos de control del mercado mediático, debería poder ser exteriorizada, no sólo sobre los temas sino también sobre el estilo. Las tramas lineales, los personajes estereotipados y la narración plana y elemental, además de menospreciar la nobleza intelectual del lector, también producen el efecto deletéreo de anestesiar su juicio crítico: una vez bajado el umbral del aguante a “suficiente”, bastará un subjuntivo para hacerlo gritar de dolor. Es necesario invertir el proceso antes de que sea demasiado tarde. Hace falta hacer algo, si no se quiere entregar la ciencia ficción a las fuerzas de la disgregación. 

Quizás ha llegado el momento de superar la tradicional dicotomía entre el exterior y el interior, entre el sentido de lo maravilloso y la nostalgia del futuro, entre la imaginación y el empeño. Deseo para esto una síntesis superior, una fusión de las muchas instancias que no conceda un solo resquicio a la evasión, al desempeño, a la emulación: hace falta recomenzar a transitar con salto renovado las rutas del futuro. Si parece necesario pueden ser desempolvados y puestos de nuevo en acción las viejas máquinas del tiempo, la psiónica, los viajes más rápidos que la luz y la teleportación, a condición de que el autor sea consciente de la dificultad innata en la empresa que está intentando, que solicita todo su genio (del genio verdadero, auténtico, más allá de obviamente a una dosis de sana inconsciencia) para que puedan ser exploradas a fondo todas las potencialidades. No habría error más grande y una peor ofensa a la dignidad del género y del lector que verse privados del empleo de viejos módulos, de la investigación de las profundas relaciones que entretejen la urdimbre de la realidad, de las complejas dinámicas de los procesos físicos, políticos y sociales, de las consecuencias escatológicas y de las implicaciones ontológicas inherentes a cada fenómeno que merezca un análisis serio sobre la evolución biológica y cognitiva del hombre. 

Sin duda deberían ser privilegiadas todas las técnicas de expresión (de la cita a la modulación del registro, de la sinestesia a la analogía, de la referencia al cut-up&fold-in) que le solicitan al lector una participación activa en el proceso creativo. Esta elección tiene no sólo una razón ideológica, sino también un riguroso valor artístico. Sería deseable un relanzamiento de la vocación experimental de la ciencia ficción, la vuelta a la exploración de los confines espirituales del hombre, a la creación de nuevas mitologías híbridas y a la inspiración de niveles superiores de conciencia. 

Me gustaría que la ciencia ficción recobrara una mirada consciente sobre nuestro porvenir, qué mañana le espera a nuestra especie, qué futuro a nuestro mundo. De aquí a algunas décadas invenciones extraordinarias turbarán nuestra esfera doméstica: no podemos esperar la inteligencia artificial ya prefigurada en el cyberpunk, la realidad sabrá demostrarse mucho más radical. Cada año que pasa, la tecnología nos ofrece nuevos instrumentos, que debemos manejar con cuidado, mucho más letales y despiadados que aquellos que circulan en este momento. La loca carrera del progreso está en constante aceleración y, por consiguiente, la Singularidad Tecnológica teorizada por Vernor Vinge se hace cada vez más inminente. El Día Después del pasado próximo se desplazará a una dimensión prehistórica: el futuro mismo se imagina mitológico. Creo que el gran momento de la ciencia ficción ha llegado, la ocasión para desplegar toda una gama entera de potencialidades. Será una empresa para nada simple, tanto en lo que concierne al esfuerzo conceptual del autor como por lo que atañe a la paciencia y el esfuerzo comprensivo del lector. Estamos todos sobre el mismo barco: todos igualados ante el porvenir. Y alguien debería decretar el estado de alarma. 

Vivimos tiempos difíciles. Será una buena estrategia encontrarse preparados para la próxima vez que el futuro nos salte a la garganta.
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Título original: Nuove prospettive per la fantascienza del futuro
Traducción de Sergio Gaut vel Hartman