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¿Qué
se puede hacer,
salvo ver
películas?


Saurio
Argentina

Saurio

Buenos Aires, 1965.

Es escritor, ilustrador, historietista, músico y humorista, y en lo laboral es comunicólogo, redactor publicitario, diseñador gráfico, webmaster, traductor y periodista cultural. Es uno de los directores (el otro es Leonardo Longhi) de la revista electrónica La idea fija. Sus relatos han sido publicados en las antologías Al sur del tiempo, Aurora y Desde el Taller y en diversas revistas electrónicas e impresas, como Axxón, NM, Cuásar, Alfa Eridiani, Con V de Vian, The Uchronicles, Biblioteca Imaginaria, Casi Nada, Wo Sut, 74 metros y La Idea Fija. En 2005 ganó el Segundo Concurso Internacional de Cuentos para Niños organizado por Imaginaria y EducaRed.

Cuento publicado en Sinergia:

“¿Qué se puede hacer, salvo ver películas?”
#14
 
Seeing Red
Jennifer
xxbrokenxxxartxx.deviantart.com

Parapétense y caven las trincheras. Eso fue lo primero que dije. Literalmente. No recuerdo haber dicho ninguna otra cosa antes de eso. Fue lo primero que dije.

¿Lo primero con respecto a qué? Es una buena pregunta. “Primero” es una palabra que requiere otros términos posteriores para tener sentido. Bueno, fue lo primero con respecto a todo, hablando en términos absolutos. No hay un antes previo, es el punto de partida de todo lo que yo dije. Sí, sí, ya sé, cuesta creer que “Parapétense y caven las trincheras” haya sido lo absolutamente primero que yo haya dicho. Es lógico dudar de mi palabra, ya que una frase así implica obviamente un uso previo del lenguaje que contradice la afirmación de que fue lo primero que dije en términos absolutos. No, no es como el viejo chiste, no es que nunca antes le faltó sal a la sopa, realmente no recuerdo haber dicho nada antes, pese a que recuerdo haber hecho cosas antes. Incluso recuerdo haber pensado antes. Todos los muertos tienen ojos kirlian. Eso fue lo primero que pensé. También, literalmente. También, absolutamente. Otra vez lo mismo. No recuerdo haber pensado otra cosa antes, pese a que en mi memoria está el registro de actos previos. Curiosamente, no recuerdo qué fue lo primero que hice, en términos absolutos.

¿Qué significan estas frases, si es que significan algo? Obviamente la primera es una orden de parapetarse y cavar las trincheras, por lo que uno puede suponer que fue dicha en un contexto bélico. Esto es relativamente cierto, ya que lo dije en 1871, en París, y en 1916, en el Somme, pero también lo dije en 1962, durante un picnic de primavera en Tigre y en 1368, borracho en la taberna de “Chufreteiro” Casandulfes. También es probable que lo haya dicho en 2215, cuando adquiría el 74% de las acciones de la Unimonic Corp. en Cydonia, pero no estoy del todo seguro. Sí, sí, ya sé que suena extraño que algo dicho al menos cinco veces y en diferentes siglos pueda ser lo primero en algo. La vez de 1368 debería ser la primera, pero no lo es. No lo es más que las otras cuatro, o que las otras tres, ya que la de 2215 es dudosa. Todas son la primera vez, en términos absolutos.

Sí, es raro, ya sé. A mí también me cuesta creerlo, pero sin embargo es así. Después tal vez veremos por qué es así. Tal vez no. Tengan paciencia y quizás sean recompensados. Quizás no. Es un riesgo que deben correr.

Ahora me interesa saber qué significa “Parapétense y caven las trincheras”, más allá de lo evidente. O “Todos los muertos tienen ojos kirlian”. Esa es más fácil, pese a que parezca lo contrario. Significa que los muertos perciben la realidad como si estuvieran viendo a través de cámaras Kirlian. Una frase estúpida, sin lugar a dudas. La kirliangrafía no es más que un efecto fotográfico sin mayor relevancia que, digamos, una solarización u otra intervención de laboratorio antes o después del revelado. Sin embargo, los charlatanes pseudocientíficos han convencido al mundo de que permite capturar el alma o el aura o lo que sea. Por eso es atractiva la cursilería semipoética noir de “Todos los muertos tienen ojos kirlian”. No sé por qué pensé eso pero lo pensé. Y fue lo primero que pensé. No recuerdo las circunstancias ni la fecha en que lo hice, como tampoco recuerdo si luego pensé “Todos los muertos tienen oídos ouija”, sólo recuerdo que fue lo primero que pensé. Literalmente.

¿Se parapetó alguien? ¿Cavaron las trincheras? No lo sé. Probablemente en las ocasiones que lo dije en un contexto bélico alguien obedeció mi orden, aunque durante la Comuna de París no creo que se hayan cavado trincheras. Más bien se habrán levantado barricadas. ¿Habré dicho “Parapétense y levanten barricadas”? Puede ser, ahora me viene la duda. Como también me viene la duda acerca del orden de las acciones. O de la acción de las órdenes, je je je. Más sensato sería cavar las trincheras o levantar las barricadas y luego parapetarse. No sé. Acabo de descubrir que ignoro casi absolutamente todo lo relacionado con lo militar y lo bélico. Esto no invalida el hecho de que yo lo haya dicho en el contexto de dos enfrentamientos armados, uno en 1916 y el otro en 1871. Curioso, absurdo, ilógico, pero es así como lo recuerdo.

La memoria es una cosa extraña, dicho sea de paso. Uno no puede tener la absoluta certeza de que lo que recuerda sea lo que objetivamente ocurrió o una construcción narrativa que hace la mente a partir de elementos fácticos, percepción subjetiva y fantasía. Lo mismo podría decirse de la realidad. ¿Cuán real es lo real? ¿Cuánto de ficción tiene? ¿Es la realidad algo objetivo o es un constructo cultural? Sí, sí, ya sé, estoy sonando como un filósofo posmoderno de pacotilla, es verdad. Y es adrede. Tenía ganas de decirlo, para ver hasta dónde me seguían antes de que empezaran a dudar de mis palabras. De aquellas y de estas, porque quizás estoy poniendo a prueba su credulidad ahora y no antes. Probablemente la realidad sea un constructo después de todo, más allá de que se hayan apropiado de la idea unos esnobs intelectuales. O probablemente la realidad sea algo independiente del observador. O, más probablemente, sea un poco objetiva y un poco subjetiva. Quizás el universo exista porque muchos millones de siglos después del Big Bang hayan aparecido unos seres que observaron el universo y detectaron la radiación de fondo residual que dejó esta explosión, haciéndola real. Sí, puede ser. Pero no importa. No me importa, y eso es lo que importa. Ahora me interesa focalizarme en otras cosas que están viniendo a mi memoria.

Ahora recuerdo un cobertizo, una tapera, con las tablas de las paredes agujereadas por balas. Estoy armado y dispuesto a vender cara mi vida. Esto sucede en 1978 en los pantanos de Louisiana y en 1897 en el desierto patagónico. En 1978 me rodea el FBI y en 1897 el ejército. No recuerdo si muero. Probablemente sí, probablemente no. Depende. A veces mis recuerdos terminan conmigo saliendo de mi refugio y disparando, a veces continúan con una huída. En ambos casos, mi huída termina en alguna parte del sur de México, probablemente entre Chiapas y Tapachulas. También acá estoy en una precaria construcción de maderas y me rodean los Federales. Estoy armado y dispuesto a vender cara mi vida. No sé por qué no recuerdo esto como una tercera versión de los hechos. O una cuarta, porque esto ocurre en 1986 y en 1912. Quizás sea porque estar rodeado en México es consecuencia de haber estado rodeado previamente en Louisiana y en la Patagonia. Suena lógico. Al menos la mayoría de las veces, cuando la encerrona de 1986 es consecuencia de la de 1978 y la de 1912 es consecuencia de la de 1897. Cuando la de 1986 es consecuencia de la de 1897 y la de 1912 de la de 1978 no suena tan lógico. Sin embargo, la cadena causal es esa, y ante algo tan sólido la lógica debe rendirse.

Otro recuerdo, también de 1978 y casi con seguridad del mismo día de la encerrona del FBI, me pone conduciendo un camión de doble acoplado desde Batouri hasta Garoua. Esto es en Camerún, por si no lo saben. En este recuerdo no pasa nada. Al menos “nada” comparado con estar rodeado por tropas fuertemente armadas. Suceden más o menos las mismas cosas que le suceden a cualquier otro camionero del mundo, problemas con el tráfico, paradas en el camino, el sueño blanco, esas cosas. No muero. De hecho, sigo trabajando de camionero dieciocho años más. En 1993, llegando a Akonolinga, pienso “Todos los muertos tienen ojos kirlian” y ahí me doy cuenta de que es absolutamente lo primero que pensé. Y aquí me doy cuenta de que ahora recuerdo las circunstancias y la fecha en que lo pensé. ¡Cosa curiosa la memoria! Cuando uno quiere recordar algo no puede y cuando uno se olvida de recordar, ahí le aparece, clarito clarito. O no. Depende. Lo que sigo sin tener idea es por qué pienso “Todos los muertos tienen ojos kirlian” y cómo puede ser mi primer pensamiento en términos absolutos una frase tan compleja. Es de suponer que un viejo camionero camerunés debería haber pensado algo antes, aún cuando sus pensamientos hayan sido triviales e intrascendentes. Y sin embargo, no, en términos absolutos es lo primero que pienso. Ahora, si hablamos en términos relativos a la secuencialidad cronológica de mi existencia como camionero camerunés, eso es otra cosa. Ahí está el meollo de la cuestión. Pero antes quiero contarles otro recuerdo.

Soy un maestro sufí que atraviesa el desierto junto a un grupo de discípulos. Podría ser también un sabio taoísta, un monje zen, un chamán achumawi, un asceta gnóstico o un santón hindú. Esto quiere decir que lo soy. Por eso no importan la fecha en que esto ocurre ni el nombre del desierto (o del páramo, bosque, o estepa) que estoy cruzando con mis discípulos. Pero mantengámonos en lo del maestro sufí. Cruzamos el desierto, nuestro trayecto lleva días, nuestros víveres escasean. Tras una duna enorme encontramos un oasis. Pero no se trata de un oasis convencional: además de agua aquí hay manantiales de vino, hidromiel, cerveza, chicha y limonada, y en sus árboles cuelgan frutas maravillosas, capaces de saciar el hambre por meses. Sin embargo les ordeno a mis discípulos no detenerse y entre protestas seguimos avanzando. Varias horas más tarde desde un monasterio-prostíbulo salen unas hetairas a recibirnos. Mis discípulos amagan correr hacia ellas pero yo los detengo y les ordeno seguir nuestro camino. Pasa el tiempo y nos cruzamos con arcones de tesoros que asoman bajo la arena, refulgiendo de joyas, dinares y piedras preciosas. Nuevamente mis discípulos intentan acercarse y yo les insto a continuar el viaje. Más tarde somos interceptados por cientos de fieros bandidos. Reconozco al jefe de ellos, es el temido Haroun ibn Chavoush al-Yarak Kafa, de quien se cuentan las más horribles historias. Al parecer hemos descubierto accidentalmente su guarida. Los bandidos están dispuestos a matarnos. Caigo sobre mis rodillas e imploro clemencia. Le digo a Haroun ibn Chavoush al-Yarak Kafa que si perdona nuestras vidas lo conduciremos a un sitio repleto de tesoros incalculables. Aparentemente mis palabras son convincentes.

Regresamos maniatados, escoltados por los fieros bandidos. Al ver los tesoros éstos se emocionan y llenan sus alforjas de joyas y monedas. Nos desatan, nos dan agua y comida y nos obligan a cargar los cofres hasta su guarida. Cuando ya todas las riquezas están en su poder se disponen a matarnos. Nuevamente imploro por nuestras vidas y les prometo llevarlos a un lugar lleno de bellas prostitutas dispuestas a llevarlos a niveles de placer inimaginables. Me creen y nos dirigimos hacia el monasterio-prostíbulo.

Los fieros bandidos sacian sus apetitos lúbricos y muchos quedan exhaustos. Algunos de ellos nos culpan de que los hemos llevado con esas disolutas mujeres para quitarles sus fuerzas e intentan matarnos. Ruego una vez más por nuestras vidas, alejando toda sombra de dudas sobre la honestidad de nuestras intenciones, y les prometo llevarlos a un oasis maravilloso, donde podrán comer y beber hasta hartarse. Haroun ibn Chavoush al-Yarak Kafa cree en mis palabras y hacia el oasis nos dirigimos, bandidos, prostitutas y ascetas. Allí los crueles delincuentes se atracan con manjares y bebidas alcohólicas, en un pantagruélico e inagotable banquete, hasta quedar tendidos inconscientes, en diversos estados de ebriedad y empacho. Es en este momento que les ordeno a mis discípulos y a las prostitutas que degüellen a los maleantes. Con las cabezas cercenadas nos dirigimos a la ciudad más cercana, donde el califa nos recompensa generosamente por haber derrotado al más cruel y despiadado malhechor que ha vivido en el país. Somos agasajados como héroes y se nos ofrecen importantes posiciones en la corte.

Ninguna enseñanza se extrae de esta historia, por más que su estructura nos fuerza a encontrarla. Es algo instintivo, culturalmente instintivo, lo que nos lleva a querer creer que toda historia tiene una moraleja y que luego de haberla leído o escuchado algo nuevo habremos aprendido. No es cierto. Simplemente, queremos ponerle sentido y narratividad a todo, queremos creer que lo que nos sucede, nos sucede por algo, que los hechos son algo más que hechos.

Por ejemplo, yo digo “Parapétense y caven las trincheras”, sé que es lo primero que digo y que esta posición de orden es en términos absolutos, que es lo primero con respecto a todo. Eso debería bastarme y, sin embargo, quiero saber más. ¿Por qué lo dije? ¿Significa algo? ¿Tiene sentido? ¿O son sólo palabras más o menos afines que están ordenadas en forma bastante similar a lo que prescribe la gramática castellana? Sin lugar a dudas, evoca más de lo que cada una de las cinco palabras aisladas sugiere. Uno lee “Parapétense y caven las trincheras” y se imagina un contexto previo y uno posterior. Las particularidades de este contexto dependerán de cada individuo en particular, pero todo el que la escucha o la lee se imagina una batalla, un momento heroico, quizás de resistencia. No un picnic en Tigre. Ni el capitalismo en Marte. Quizás sí la borrachera de un rústico individuo de fines de la Edad Media, al fin y al cabo puede tratarse de un soldado ahogando sus recuerdos de los horrores de la guerra en alcohol.

O “Todos los muertos tienen ojos kirlian”. ¡Guau! Suena... trascendente… poético… No algo que diría un viejo camionero de Camerún. O un pescador malayo del siglo IV, si vamos al caso. Es algo que sonaría bien en los labios de un detective metafísico, probablemente dotado de poderes extrasensoriales, quien empieza investigando un trivial robo de electrodomésticos en una pequeña fábrica de su barrio y termina metiéndose en una trama que involucra, entre otras cosas, a los huesos de un boxeador negro, drogadicto y homosexual quien alguna vez fuera un gran campeón pero que luego cayó en desgracia y finalmente murió sólo para que su cadáver fuera robado por tres borrachos que lo pasearon por todos los bares del puerto, cobrando una módica suma por verlo. Esa es una buena historia, que merecería ser contada junto a la historia de un pícaro del siglo XIII que intenta robarle una reliquia sagrada a un alquimista y se encuentra envuelto en un viaje que trasciende el tiempo y el espacio. Son interesantes estas historias, estos recuerdos míos que acuden a mi memoria en esta negrura en la que me encuentro. No, no “negrura”. Eso implicaría, aunque más no sea por su negación, la existencia de una percepción visual, y yo ahora no percibo nada. No sé si se pueden imaginar la más absoluta privación sensorial, pero si pueden entonces tendrán una idea de mi estado actual. “Actual” es una palabra que requiere de otros términos temporales para tener sentido. ¿Actual con respecto a qué? Es simple, con respecto al acto de leer este texto. Mi situación es actual ahora mismo, cuando leen esta oración. Sí, suena confuso, pero es así. ¿Cuándo es “ahora”? ¿Y falta mucho para “ahora”? Por ejemplo, uno mira ahora una estrella, cualquier estrella, no importa el nombre, no importa si existe, una estrella a 100.000 años luz de distancia. El “ahora” del observador no es el “ahora” de la estrella observada, que es un “ahora” de 100.000 años de antigüedad. Quizás el “ahora” de la estrella real coincida con el del observador, suponiendo que la estrella aún exista luego de 100.000 años y no haya explotado como suelen hacer las estrellas después de un tiempo. Curiosamente, para el fotón que partió 100.000 años antes del “ahora” del fotón el tiempo no pasó y siempre es “ahora”. Y el “ahora” del observador al comienzo de esta torpe explicación no es el mismo “ahora” de ese mismo observador ahora. Sí, sí, ya sé, es farragoso, aburrido, no entienden nada. Yo tampoco. No se preocupen. Pero debía decirlo.

¿Cómo llegué a este estado de privación sensorial absoluta? ¿Importa acaso? ¿Quieren que les diga que fue un experimento con una máquina del tiempo que salió mal y que yo quedé atrapado fuera del continuo espaciotemporal en una burbuja extradimensional? Pues se los digo. Les estoy mintiendo, pero se los digo: estaba probando una máquina del tiempo de mi invención, una de las piezas falló, perdí el control de mi nave, se salió de su curso tetradimensional y fui a parar a un universo en potencia, a un estado de pre-Big Bang. ¿Contentos?

Y pese a que es mentira, algo de cierto tiene. Si entrecomillara varias de las palabras de la explicación anterior, como sugiriendo que son metáforas o metonimias (es difícil saber la diferencia en este caso) de cosas inexpresables en un lenguaje de seres inmersos en el espacio-tiempo, tal vez estaría diciendo la verdad de cómo llegué a este estado. Quizás no del todo. “Llegar” implica que uno se encuentra en un punto de destino al que arribó desde otro punto de partida, y tal vez yo no llegué aquí, tal vez yo ya estaba aquí y salí hacia otra “parte”, entrecomillada, porque no sólo es un lugar sino también un tiempo. Quizás acá sólo es un lugar de paso. No lo sé, en este punto mis recuerdos son confusos. Bah, en otros puntos también. Mi memoria es una nube de pequeños fragmentos de existencia, unas moléculas que van y vienen con movimiento browniano y se presentan en mi conciencia, haciéndose reales a medida que las percibo.

Por eso es que. No, no “por eso es que”. Lo que voy a decir no es consecuencia de lo anterior. O, mejor dicho, sí, es consecuencia de lo anterior pero lo anterior también es consecuencia de lo que voy a decir. Como el dibujo del yin y el yang, bah. A engendra B y B engendra A. Y A tiene algo de B y B algo de A. Por eso no es “por eso es que” la más acertada elección de palabras, pese a que sea cierta en parte. Como sea, continúo: no se trata de recuerdos de diferentes reencarnaciones los que acuden a mi mente. Al menos no de reencarnaciones en el sentido común del término, con una persona muriendo y su alma mudándose a otra persona que nace en una época posterior. La reencarnación no existe, no como la gente imagina que es. Simplemente porque implicaría que la existencia tiene un sentido, aunque más no sea un sentido de reaprovechamiento de recursos utilizados durante un lapso breve, insignificante comparado frente a la eternidad de las almas. No existen tales cosas, las almas, y, por lo tanto, no tiene ningún sentido reciclarlas. Y mucho menos si consideramos el aspecto kármico. ¡Ja! ¡Cómo si a alguien le importara el comportamiento de unos seres efímeros e imperfectos al punto de establecer un sistema de premios y castigos según cuánto haya obedecido o no un arbitrario e incoherente sistema de reglas de conducta! ¡Ni hablar entonces de la idea de recompensarlos o condenarlos por toda la Eternidad en sitios diseñados específicamente para eso! ¿A quién se le ocurre semejante imbecilidad? Sólo a seres que necesitan de una ilusión de secuencialidad narrativa en la que las cosas ocurren por algo, en la que toda causa tiene su efecto, en la que existe un sentido. Y en la que existen las almas.

Lamentablemente, esas cosas, las almas, no existen. Existen las conciencias, eso sí, pero la mayoría de ellas no duran ni una vida. Y algunas, como yo, aguantan un poco más, aunque no siempre en la misma vida. He aquí el punto central, la explicación a todas las paradojas que han ido apareciendo a lo largo de este texto. Es por eso que “Parapétense y caven las trincheras” puede ser perfectamente la primerísima cosa que dije, pese a que sea una frase que requiera un dominio previo del lenguaje y pese a que recuerdo haberla dicho por primerísima vez en al menos cinco ocasiones. Ahora lo entiendo. También me resulta claro por qué un evento cronológicamente previo puede ser consecuencia de uno posterior, o que recuerde dos eventos independientes sucediendo en diferentes lugares pero en el mismísimo momento. Uno, yo, va y viene, siendo un rato esta persona, de esta época, de este lugar en este universo, y luego siendo esta otra persona, de esta otra época, de este otro lugar en este otro universo, y así sucesivamente, dejándole el persona-época-lugar-universo a otros como uno, o a uno mismo pero a un uno mismo de otro ahora, quizás posterior, quizás previo, quizás simultáneo. Uno nunca sabe. Como uno nunca sabe qué es esta ¿nada? en la que me encuentro ¿ahora? No sabe, no contesta y no le importa.

Sólo recuerda.

¿Qué otra cosa se puede hacer?