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| Rue
Chair Gerardo Horacio Porcayo Mexico |
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Gerardo Horacio Porcayo Villalobos Cuernavaca, Morelos, México, 1966. Se lo considera el introductor del cyberpunk en la ciencia ficción iberoamericana a partir de la publicación de su novela La primera calle de la soledad (1993). Sus otra obras incluyen Ciudad espejo, ciudad niebla (1997), Las sentencias de la oscuridad —novela por entregas (1997), Silicio en la memoria —cuentos (1997), Los mapas del caos —cuentos (1997), Sombras sin tiempo (1999), Dolorosa (1999) y El cuadro, el cubo y siete pesos. (2002) y El hombre de las dos puertas —cuentos (2002). Licenciado en Lingüística y Literatura Hispánica, actualmente ha retomado sus estudios de maestría en Letras Iberoamericanas. Gerardo Horacio Porcayo Villalobos Mantiene el blog Lobo Sector: lobosector.blogspot.com Cuento publicado en Sinergia: “Rue Chair ” #14 |
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Ready for the contact Violator3 http://www.flickr.com |
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There's a fall from grace El sonido del metro, abajo, creando y llenando vacíos. La música histérica a 360 grados. Las sirenas de los Plymount Prowler bicromáticos y de motor escalado, zigzagueando entre los demás autos, devorando la pista elevada. Tanto rencor y tan poco mundo. Ella, bajo los neones. Su cuerpo estilizado, esculpido por el hambre. El resultado es el mismo, cuando aplicas cirugía. Los ojos delatan la diferencia. Turbios, bajo el aleatorio estorbo de las fallas de suministro al alumbrado público. —Sólo tres créditos —vuelve a insistir. Sus medias rotas no dejan ver la piel. Los tatuajes temporales tampoco unifican la apariencia del tejido. Ella también mira mis piernas y no evalúa en forma similar—. Adelante es más caro... —Quiero ver, antes de decidir. —Te vendría bien un guía —dice, colgándose de mi brazo. Moviendo sus zapatos de suelas combas y delgadas. Sus huellas testimonian el origen piratérico. Levanto los hombros. No es mi negocio. Nuestras sombras mienten menos que en el siglo pasado. Son casi tan espigadas como nuestros cuerpos. En las paredes, las cucarachas agitan las antenas con un nerviosismo libre de paranoias. Buscan, como los transeúntes, el licor verde que se les vuelva sangre. Rue Chair, dice la placa. No es verdad, ni mentira; pero su traducción demeritaría el fulgor de lo ambiguo. Callejón, corredor plagado de mercaderías. El tufo es tan múltiple como la carne. Tan frío y cortante como el metal. Bajo tiendas de lona, los truenos electrónicos de las máquinas VR parecen galvanizar la atmósfera. Bajo cobertizos, se ofrecen peces y batracios de suave y esponjosa boca; cuerpos mutados y lubricantes especializados para la necrozoofilia. Sobre mesas bamboleantes se hacen apuestas, se desarrollan danzas exóticas, algunos hombres muestran la compleja maraña de hongos que recubren sus pies. Las mujeres prefieren exhibirlos en contraste con sus senos, alzan los brazos y a veces dejan que el pus brote y descienda como una caricia, de los sobacos a la cintura, a las piernas... Casi nunca a los pies... siempre hay lenguas dispuestas, dedos que degustarán esa textura antes de decidirse a más. No hay merolicos pregonando ventajas, ofreciendo bajos precios. Cuando vienes a la Rue Chair, es porque conoces sus significados. No traes ropas distintivas, no cargas la máscara de siempre. Sólo caminas y caminas. Puedes, o no, elegir. Es tu opción y los policías que custodian ambas entradas lo saben bien. Los dealers no aparentan, permanecen sentados, sorbiendo láudano. No cargan mercancía ni muestrarios. Incluso han olvidado las trampas. Sus drogas son exactas. Hay más. Artefactos complejos, para el placer del dolor; policromáticos, alineados en vetustos anaqueles. Escaparates donde puedes mostrar tus preferencias. Patíbulos para el pene. Ganchos para hurgar en cada punto de placer. Electrodos de descarga espasmódica. Las cámaras sí son una prohibición. Existen historias que relatan las reprimendas, cuentos que viajan de boca en boca. Jamás un solo indicio gráfico. Rue Chair, es un mito. Una realidad sin sucedáneos. —Soy Adi —dice ella. Su voz es profunda, el tono intenta sobreponer la dulzura a la resequedad de los cigarrillos. Me ofrece uno. Murat. El orden de los caracteres me recuerda la calavera de tibias cruzadas, el plástico envase de un viejo ácido para lavar sanitarios. El humo es menos rasposo que las emanaciones de las alcantarillas. Más bello que su caminar. Sus dientes no tienen caries. Pese al hambre, su estética es eficaz. Sonrisas que sueñas. No en relación con esto. Rue Chair es un rumor que te avasalla desde pequeño. Una leyenda que sólo da indicios cuando dejas de perseguirla y la buscas con la vida. A nuestra izquierda, tras una cortina de cristal, dos mujeres sojuzgan a un hombre. Los atuendos de piel oscura dejan al descubierto senos, pubis y glúteos. El hombre trata de besar más allá, de saborear los secretos, y el látigo agrega otro surco a su carne. No es un simulacro. Nada lo es aquí, pero conozco el orden básico, por eso no me uno al grupo de espectadores. En un show similar, descubrí la primera pista. Obtuve un verdadero indicio. Para alcanzar la Rue Chair, debes provocar una reacción en cadena. No bastan los deseos. Tienes que hacer los primeros movimientos. Con suficiente rigor. Sin exagerados anhelos. —Hay mucho más —dice Adi y me guía, a través de un serpentario. Los ofidios reaccionan; se abalanzan sobre el cristal, muestran sus lenguas bífidas, sus fauces sin colmillos. A mi izquierda, tras tenues cortinas, se escuchan gemidos. El latigueo de los escamosos cuerpos en agonía. No nos detenemos. Las paredes quedan casi ocultas por afiches y grafittis. No es un lote baldío, la tienda fue montada en el interior de una nave industrial y es visible la bermeja cruz. Entre las máquinas de enormes engranajes y grasa negra, resaltan las camillas blancas. Las mutilaciones son pletóricas en su forma. En sus fluidos y aromas. Un hombre ha llegado a un acuerdo. Monta el torso de una mujer, penetra la herida del vientre. El movimiento de los labios femeninos, llagados, denota un bloqueo parcial en los nervios. La sensación la alcanza. También las lágrimas, y gime un placer doloroso. Pero el hombre sólo tiene ojos para el sexo. Para el recto que empieza a expulsar las heces, al ritmo de su embate. —Has oído mucho —me dice Adi y alisa su cabello oscuro. Indica la ruta con un dedo. Para alcanzar la Rue Chair, no hacen falta preguntas. Tú no eliges. Eres elegido. Por tus acciones. Por los sitios que visitas. Por cómo luce tu semblante... Cada ala de esta construcción es un nuevo catálogo. Maniquíes animatrónicos, de piel caliente y perfecto movimiento. De rostro idéntico al de un sin fin de estrellas de cine. De entrañas que saben percibir tu más profundo deseo. Hay vulvas sintéticas que saben alojarte de cuerpo entero. Penes de dilatación casi infinita... Coliseos, bañeras. La Rue Chair no olvida un solo detalle. Un solo sueño. Museos vueltos a la vida. Prestidigitadores hábiles. Jaulas de fieras. Acuarios con toda clase de especies... Miro a una mujer descender al cubo del calamar gigante. Esa clase de abrazos han alcanzado pálidos simulacros en las pantallas de todo el mundo. Ni las reconstrucciones computarizadas consiguen un mínimo de esta realidad. Adi vuelve a tomarme del brazo. Su sonrisa es más grande cuando evita un umbral. Me niego a avanzar. —Está bien —dice, y volvemos sobre nuestros pasos. Las puertas son de madera. La decoración reproduce la moda Tholhurst. Hombres con amanerado gesto, manipulan los cubiertos. Las fuentes de comida son amplias. Exóticas. Ornitorrincos, pingüinos, peces globo. —No eres de estos —asegura Adi. Un mesero ya abre con aspavientos de urgencia la puerta lateral. En esta callejuela miro a los chicos, arponeando sus pieles, inundando sus fosas nasales. Uno me sonríe, al colocar el último dermo en su entrecejo. El dealer gruñe, hace una breve señal a mi acompañante. Atravesamos un último bloque habitacional. El olor lo dice todo. Los cuerpos rígidos, cerúleos, son mordidos, montados por hombres y mujeres. Nadie nos presta atención. La Rue Chair vuelve a abrirse a mi vista. Quedan escasos atractivos para terminar su recorrido. Al centro, una joven de unos catorce años empieza a subir una torre que se yergue hasta alcanzar los cien metros. En su tobillo ya va asegurada la elástica cuerda. Me sorprende este hecho. Hay cosas en que los chicos siempre nos sabrán superar. Esa facilidad para atraer. Ese imán más eficaz para la Rue Chair. Algo he oído, sobre el truco que aquí se desarrollará, tras su lanzamiento al vacío. Prefiero seguir. Una tienda estilo árabe deja entrever danzas, el brillo de los curvos puñales. No la custodiada salida a las calles, a la ciudad. Sirve, a su vez, de escudo para censurar lo que frente a mí se presenta. El hombre se mantiene atado al postigo. Su mirada, su mueca, parecen hablar de revelaciones o epifanías. Cuatro mujeres orientales, sin una sola prenda, besan sus carnes con la tersura finísima de sus navajas. Saben donde y cuando hacerlo. —Lo chino tampoco te va —dice Adi, alborotándose el cabello. —Creo que esperaré un poco más. Adi vuelve a sonreír, me conduce a la puerta. El policía me mira sin mirarme. Dos Plymount Prowler, más allá, ruedan con lentitud, buscando alejar a quienes los condujo el azar. Percibo el retirarse de la sudorosa mano de mi brazo. —Quizá jamás la vuelvas a encontrar... —me dice. Me detengo, antes de cruzar la línea final. La frontera vigilada. —Piensas en cosas demasiado artificiales. Demasiado falsas... Eso no es lo que quieres —insiste. No son sus palabras, lo que me hace regresar. Es lo que veo en sus ojos. Devuelvo la personal invitación a la bolsa de mi chamarra. Hasta ese mínimo indicio hubiera perdido... Me vuelve a tomar del brazo. Ahora buscamos tras los puestos de la otra acera. El edificio es húmedo, huele a podrido. El camastro luce destartalado. Se queja, cuando ella termina de desvestirse y se sienta en la orilla. —Tú sabes lo que eres... —dice y sus manos tienen dificultad para acariciar el metal de mis piernas, no para hacerme sentir ese borde de carne que aún me queda. Se arroja al colchón, boca abajo. Sus nalgas son exiguas, casi abiertas. Distingo su ano, la textura de su sexo. Dejo caer mis ropas. Entro en ella. Y sé que tenía razón. En su inmovilidad, en su rancio sudor, en sus nulos intentos de fingir lo que no siente, percibo la paz. La verdadera conclusión de mi historia. El orgasmo es limpio. Sin asombros. Pero sé que no hay mercancía, eventos en la Rue Chair que no escondan su sorpresa final. Eso se dice en las calles, en los bares apropiados. Puede tratarse de venenos mortales, contagios pandémicos, mecánicas o electrónicas trampas. Puede ser casi cualquier cosa... Adi sonríe. Me abraza y alcanzo a escuchar un paso, tras de mí... Luego, siento. El metal frío contra la carne de mi cráneo. Su mordida es circular y despierta una calma oscura. Un alivio. Conozco el calibre. Sus efectos. La apariencia. —¿Y qué buscas tú? —pregunto, sin apartar mis ojos de los suyos. Los invitados de lento desenlace se vuelven especie. Ya no abandonan la Rue Chair. Se transforman en mercancía. Los que salen sin atreverse a probar nada, lo hacen para muy rara vez volver, para conformarse con baratas imitaciones, no siempre efectivas... Ellos son el Coro. La Voz. Los que hablan de lo que aquí sucede. La Rue Chair sólo permanece un día en el mismo lugar. La Rue Chair es la despedida para quienes sienten lo que yo. Es la última probada al placer, antes de caminar la otra calle. La que se sitúa fuera de la vida. —Busco el azar, la ruleta rusa... —responde Adi y no trata de besarme. No sonríe—. Sólo elijo a gente como tú. Sin enfermedades. Sin colorido en su vida. Quizás nos vayamos juntos... quizás esta vez me toque compartir tu mismo plomo... quizás... Distingo un fragmento del arma en el cristalino de Adi, el resto se diluye en sus pupilas de gris metal. Después, escucho el lento crujir del muelle en el gatillo, mientras es vencido... Quien juega a la muerte |
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