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| El
influjo de la luna José Vicente Ortuño España |
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La superficie polvorienta de la Luna pasaba veloz bajo las seis grandes ruedas del Licaón, el vehículo de exploración de la Agencia Espacial Europea. Guiado por el piloto automático evitaba los obstáculos que iba encontrando en su camino. Mientras tanto el comandante Víctor Guirao, su único tripulante, permanecía sentado ante los controles con la mirada fija en el exterior. Le hubiese gustado contemplar las estrellas, pero el fulgor del Sol reflejado en la superficie lunar lo deslumbraba y le impedía verlas. El paisaje de la Luna era monótono y desolado como su propio estado de ánimo. Aunque tenía motivos para estar sumido en una profunda depresión, como astronauta bien entrenado estaba por encima de esas debilidades. Sin embargo, se sentía frustrado. Desde niño había querido ser astronauta. Soñaba con pilotar su propia nave espacial para ir a la Luna. Su determinación fue tan grande que, tras años de duro trabajo, se licenció con honores y pudo ingresar a la Agencia Espacial Europea. Dedicó lo mejor de su juventud a estudiar y a los duros entrenamientos; todos sus sueños infantiles se cumplieron con creces. Tenía un status social envidiable, una esposa maravillosa, también astronauta, y un hijo de cuatro años que quería seguir los pasos de su padre. “No puedo quejarme”, se dijo, “pero en este momento tengo la moral por tierra, aunque sería más correcto decir por Luna”. Sonrió con amargura por el chiste estúpido y le dieron ganas de abofetearse, enfadado consigo mismo, como si él fuera el único responsable del fracaso de la misión. Comprobó una vez más el rumbo en el piloto automático. Sabía que los ordenadores no necesitaban supervisión, pero la inacción le estaba destrozando los nervios. La lanzadera lo había depositado horas antes en el centro geográfico de la cara oculta de la Luna. Ésta se encontraba en fase de Luna nueva, por lo que el Sol estaba situado en el cenit. La recogida tendría lugar en un cráter llamado Behain S, en la zona de penumbra, a dos mil setecientos kilómetros del punto de alunizaje. Un largo viaje aún en un vehículo como el Licaón, donde había espacio para una tripulación de seis personas. Víctor viajaba solo y, a pesar de las comodidades, la misión era agotadora. Se dio cuenta de que tenía hambre, por lo que fue a la parte trasera del vehículo. Abrió uno de los cajones donde se almacenaban los alimentos y, tras unos instantes de duda, cogió un bocadillo de algo que, según la etiqueta, era filete de ternera con guarnición, pero por el aspecto parecía pâté de foie gras reseco con moho verde. Debía ser muy nutritivo, Víctor no lo ponía en duda, pero el aspecto no era demasiado apetitoso. Tomó nota mental de añadir una queja más en su informe. También guardó una bolsa de agua en el bolsillo de la pernera, regresó ante la consola de control y se aseguró al sillón para no salir despedido con los bandazos que el vehículo daba de tanto en tanto. A pesar de la suspensión inteligente y los giróscopos, a veces lo abrupto del terreno obligaba al vehículo a inclinase de forma un tanto molesta para el tripulante. En cambio en las llanuras el balanceo resultaba placentero y relajante, como viajar en un velero por un mar en calma. Sacó el bocadillo del envoltorio, lo mordió e hizo una mueca de repugnancia. Sabía a corcho, pero tenía hambre y le daba pereza levantarse a buscar otro que, con seguridad, no sería mejor que éste. Continuó comiendo resignado con la mirada perdida en el paisaje. Todavía faltaban unas cuantas horas hasta llegar al punto de recogida. Se le ocurrió que aquel era un buen momento, o tan bueno como cualquier otro, para comenzar a redactar las primeras notas de su libro de memorias. Su idea era escribirlas cuando volviese a la Tierra, aunque era consciente de que esta misión estaba clasificada como Alto Secreto y, por lo tanto, no podría publicarlo. En cualquier caso se lo legaría a su hijo, quien así sabría que su padre había hecho algo importante. Terminó de comer, bebió el agua, arrojó el envoltorio y la bolsa vacía al contenedor de desechos, y se dispuso a poner por escrito sus ideas. Miró el teclado e hizo una mueca de desagrado. Le parecía absurdo que los ordenadores de la NASA y la ESA todavía empleasen teclados mecánicos, cuando en la Tierra todo el mundo utilizaba reconocimiento de voz. Sabía que la tecnología anticuada era más confiable, mientras que la voz de un astronauta podría verse afectada por alguna circunstancia y el ordenador, al no poder reconocerlo, ignoraría sus órdenes. Pero consideraba una pérdida de tiempo aprender mecanografía como parte del entrenamiento. Utilizó el TrackBall situado junto al teclado para navegar por los anticuados menús de ventanas hasta que localizó su bitácora personal y la abrió. Luego añadió una nueva:
Project: Lycanthropic Metamorphosis on Mon Surface(Proyecto: Metamorfosis Licantrópica en la Superficie Lunar) Los licántropos »Aunque se desconoce a ciencia cierta su origen, se ha comprobado que los licántropos aparecieron en la Tierra miles de años antes que los primeros humanos. Prueba de ello son las pinturas rupestres que representan escenas de caza, en las que se ven figuras antropomorfas con cabeza de animal y rudimentarias armas en las manos. Más tarde corroboran su existencia las leyendas de distintas culturas humanas. Son conocidos en general por el término griego licántropo (likaón=lobo, anthropos = humano), en Europa fueron denominados lobishome u hombre lobo, hombre-jaguar en América del sur, en África hombre-leopardo, y en la mitología nórdica guerreros berserkers.
»La prehistoria »Algunos investigadores afirman que, cuando comenzó la última glaciación hace más de setenta mil años, los licántropos ya poseían una cultura bastante sofisticada, sin embargo, los primeros datos fiables sobre ellos proceden del final de la misma, hace entre diez y doce mil años. Se sabe con certeza que, al terminar el período glacial, los primeros humanos —los llamados hombres de Neandertal—, cazaban con herramientas de piedra y hueso, recolectaban vegetales y vivían en cuevas o cabañas confeccionadas con ramas y pieles. Sin embargo, se ha comprobado que los licántropos habitaban poblados de piedra, cultivaban la tierra y criaban ganado. Los licantropólogos están convencidos de que fueron éstos los inventores de algunos de los avances técnicos más importantes de la historia, como la rueda y otros instrumentos y armas primitivos, que más tarde fueron utilizados por el homo sapiens. »Cuando hace diez mil años el clima comenzó a hacerse más cálido, los neandertales, que eran una especie aclimatada al frío intenso, comenzaron a extinguirse, dejando a los licántropos los territorios que habían ocupado. Pero por aquella época apareció un nuevo homínido. Procedía de África, era más evolucionado que su antecesor y estaba adaptado al nuevo clima; se trataba del homo sapiens sapiens. »Durante los milenios que los licántropos compartieron los territorios de caza con los neandertales, el mundo rebosaba de alimento y, por consiguiente, no hubo demasiada competencia entre las dos especies. Pero los nuevos humanos, mucho más versátiles y prolíficos que sus antecesores, se fueron extendiendo cada vez más, rivalizando con los licántropos por el espacio y el alimento. Así fue como comenzaron las luchas entre las dos especies. »Durante los periodos de Luna llena los licántropos eran físicamente superiores a los humanos. Pero, al predominar en su mente los instintos salvajes, eran incapaces de mantener una organización coherente. Eso provocó que, para evitar ser cazados como animales, se retirasen a zonas alejadas de sus hostiles vecinos. »Cuando no había Luna llena la constitución física de ambas especies era casi idéntica, lo que permitió a los licántropos infiltrarse poco a poco en los poblados humanos; aunque se veían obligados a ocultarse durante el plenilunio. Pero de vez en cuando alguno era descubierto en su forma lupina, y como la humanidad siempre temió a todo lo que no comprendía y ha destruido a todo lo que temía, los licántropos fueron perseguidos y cazados. Víctor comprobó las lecturas de radar. Como era de esperar, en los próximos cien kilómetros no existía nada que no fuesen pequeños cráteres y polvo. Por el horizonte se distinguía una cadena de montañas y a su derecha un gran cráter. En esos momentos no estaba interesado en consultar el nombre de los accidentes geográficos en el ordenador. Sin embargo, antes de continuar escribiendo reflexionó unos instantes. Recordó que todo lo que consignaba en su relato lo había aprendido en la niñez, contado por sus mayores, tal como ocurriera durante miles de generaciones, desde tiempos inmemoriales. Sabía que la tradición oral provocaba que la historia de su especie estuviese plagada de lagunas y contradicciones. Pero durante siglos la necesidad de supervivencia se impuso a la de llevar registro escrito de los hechos históricos. No podían permitirse ser descubiertos. Sólo en los tres últimos siglos se había comenzado a recopilar información en secreto, oculta a las miradas inquisitivas de los humanos, siempre tan susceptibles. Aunque lo cierto era que la humanidad también registraba la existencia de los licántropos a través de mitos y leyendas. »Testimonios históricos »En la antigüedad la ignorancia y las supersticiones transformaban en mito cualquier cosa que los humanos no comprendían. Así fue como convirtieron a los licántropos en seres mágicos y diabólicos, que acechaban a la humanidad desde las sombras para devorarlos. Sin embargo, hubo muchos escritores e historiadores que dieron testimonio real de ellos y que contribuyeron a convertirlos en leyenda. »Siglos antes del nacimiento de Cristo, los sabios y chamanes consideraban al hombre-lobo un ser demoníaco que, cuando tomaba la forma de lobo, poseía una fuerza y astucia sobrenaturales y se alimentaba de carne humana. Prueba de ello son los registros históricos que dejaron historiadores como Herodoto, que vivió en el siglo V a. C., quien menciona la existencia de una raza de hombres-lobo que vivían a orillas del mar Negro y que podían transformarse en lobos y recobrar la forma humana a voluntad. »En su obra Metamorfosis, Ovidio (43 a. C. - 18 d. C.), escribió varios ejemplos de transformaciones en hombre-lobo. Una de las leyendas que relata el poeta romano es la de Licaón, hijo de Pelasgo. Fue rey de Arcadia y hombre de una extremada religiosidad, lo que le hizo realizar sacrificios humanos, utilizando como víctima a todo extranjero que visitaba su casa. Zeus quiso castigarlo por tal aberración y, disfrazado de peregrino, se hospedó en el palacio real. Pero el monarca sospechó del engaño y, queriendo poner a prueba la omnisciencia del dios, hizo que le sirvieran un plato con carne humana. Encolerizado por la osadía de Licaón, Zeus lo transformó en lobo e incendió su morada. »También Platón, alrededor del siglo IV a. C. y Pausanias en el siglo II a. C., escribieron sobre transformaciones similares, que fueron tomadas como fantasías o leyendas por los humanos de tiempos posteriores, dominados por el racionalismo científico. Es curioso, pensó Víctor, que todos esos testimonios avalados por historiadores, filósofos y poetas fuesen tomados por leyendas, cuando resultaba evidente que daban testimonio fiel de sucesos reales. Ser legendario tenía ventajas: pudieron mantener su existencia oculta incluso en el siglo XXI, pero aunque a Víctor todo le había salido muy bien, recordó las persecuciones y marginación social que sufrieron sus antepasados. No era fácil ser una especie obligada a mantenerse en la clandestinidad. Sin embargo, de alguna forma tenía el presentimiento que todo aquello iba a cambiar pronto. Era como ser un escarabajo atrapado en un hormiguero y los humanos eran demasiado numerosos y agresivos, pero los licántropos se sabían superiores. Continuó la narración: »Licántropos en la historia »Durante la expansión del Imperio Romano algunos licántropos consiguieron destacar en la política, la ciencia, la filosofía y el comercio. Las legiones que sometían a los bárbaros de toda Europa en ocasiones iban al mando de generales licántropos. Si por entonces hubiesen podido organizarse de forma adecuada, la humanidad se habría visto sometida como un rebaño de borregos, ignorantes de que estaban siendo manipulados por una especie mucho más antigua. Pero los avatares de la historia los obligaron a mantenerse siempre en segundo plano. La vida en aquellos tiempos era muy dura; la proliferación de religiones y supersticiones obligaba a que los licántropos, por temor a ser descubiertos, fuesen muy cautelosos. Además, a pesar de las continuas plagas y guerras que amenazaban con extinguirlos, la población humana continuaba en aumento. El deseo de organizarse contra los humanos era una constante en los relatos que narraban los ancianos licántropos. Pero no lograron hacerlo hasta pocos siglos atrás, cuando aprendieron a controlar su gran desventaja: la metamorfosis. Eso le recordó a Víctor que su hijo ya estaba aprendiendo a controlarla. Era difícil hacer entender a un niño que no debe cambiar de forma a su antojo, aunque sea para asustar a algún pequeño bravucón humano. Por eso el entrenamiento comenzaba al mismo tiempo que se les enseñaba a caminar. El control de la metamorfosis »En la Edad Media aparecieron los primeros licántropos capaces de dominar la metamorfosis y los instintos depredadores inherentes, lo que les permitió pasar desapercibidos por completo entre los humanos. Un par de siglos más tarde ninguno se transformaba de forma incontrolada, ni salían a cazar como bestias salvajes. Aunque algunos, tal como sucede en la actualidad, disfrutaban haciéndolo como deporte. »La leyenda de los licántropos había calado de manera tan profunda en la memoria de los hombres que, en los siglos XV y XVI, se los consideraba en toda Europa tan nocivos como los hechiceros, las brujas y los herejes. Así fue como cualquiera del que se sospechase que era un hombre-lobo era quemado, descuartizado o colgado. En Francia y Alemania tuvieron lugar infinidad de juicios en los que murieron algunos licántropos, así como muchos enfermos mentales humanos que se creían hombres-lobo y otros tantos inocentes acusados de manera injusta. En Francia fue donde los antiguos archivos revelan que entre 1520 y 1630 se registraron más de treinta mil casos de juicios a hombres-lobo. Por fortuna la llegada de la Ilustración y la Revolución Francesa, acabó con las cazas de brujas y la violencia humana se centró en decapitación de nobles y políticos molestos. Víctor hizo un nuevo alto en la escritura y se quedó pensativo. Si saliese a la luz la existencia de licántropos, las persecuciones y matanzas se repetirían como siglos atrás. Tal vez incluso los fundamentalistas religiosos dejasen de matarse entre sí para iniciar una guerra santa contra ellos. El ser humano no había cambiado a pesar de los siglos de civilización. Por fortuna la tecnología desplazó a las supersticiones. Ya nadie miraba a nadie, todos andaban pendientes de sus videoteléfonos y sus reproductores de video holográfico portátiles. Si alguien dijese que había visto un hombre-lobo se reirían de él. La humanidad cargaba un patético egocentrismo, lo que la hacía más vulnerable de lo que cualquiera de sus miembros imaginaba. »El misterio de la metamorfosis »Los licántropos siempre se sintieron intrigados por el motivo y origen de su metamorfosis. Sabían que no eran víctimas de una maldición, como creían los humanos, sin embargo, alentaron dicha creencia supersticiosa. De haberse sabido que eran una especie no humana, la persecución se hubiese convertido en una limpieza étnica y habrían sido borrados de la faz de la Tierra. »Los sabios licántropos de todas las épocas, ya se llamasen chamanes, brujos, magos, druidas, alquimistas o científicos, siempre se hicieron la misma pregunta: ¿Por qué la Luna llena nos obliga a transformarnos? Por ello, insignes licántropos como Leonardo Da Vinci o Isaac Newton, estudiaron el fenómeno utilizando los medios más avanzados de su tiempo, pero no obtuvieron ningún resultado. Es decir, no encontraron el motivo de la metamorfosis, pero sí comprobaron que los metales pesados como el plomo, la plata y el oro la impedían. Al ser el metal noble más accesible y relacionado con la Luna por diversas mitologías, la plata era el remedio más popular para acabar con un hombre-lobo. Aunque lo cierto es que tanto los crucifijos como las dagas y las balas, sin importar de qué sustancia estuviesen hechos, clavados en el sitio correcto, son capaces de matar a cualquiera, ya fuese humano o licántropo. Sin embargo, la única forma de impedir la transformación era encerrar al sujeto en un recinto forrado de alguno de dichos metales. Ese fue el motivo por el que los científicos pensaron que la mutación la provocaba alguna especie de energía. Víctor comprobó en la pantalla la posición en la que se encontraba y miró por el parabrisas del vehículo la larga sombra que éste proyectaba. Ya se acercaba a la zona de penumbra. Pronto volvería a casa, tenía ganas de ver a su hijo. El pequeño Miguel lo acosaría a preguntas: “Papá, en el cole me han dicho que la Luna es de queso, ¿es verdad? ¿Hay un ratón que se la come un poquito todos los días? ¿Lo has visto? ¿Es muy grande el ratón, papá?” Rió en voz alta al recordar al niño haciendo preguntas a toda velocidad mientras daba saltitos nerviosos. Esperaba que su hijo llegase a conocer algún día todas las respuestas que su especie buscó desde siempre. De pronto recordó que el crío le había dado un pequeño peluche para que lo acompañase a la Luna y lo defendiese del ratón que la devoraba. Lo sacó del bolsillo. Era un hámster de color gris con los ojos como bolas de azabache, tan real que parecía vivo. “Hola compañero”, le dijo al muñeco, lo volvió a guardar y continuó escribiendo. La edad moderna »Esconderse de las persecuciones durante siglos fue un grave impedimento para el progreso de los licántropos pero, llegada la edad moderna, la mejora de los medios de comunicación y la proliferación de la cultura les permitió organizarse y comenzar a competir, en secreto, en todas las áreas de la sociedad humana. »Por primera vez los historiadores y licantropólogos comenzaron a buscar el origen de su especie entre los restos arqueológicos e históricos humanos. Poco a poco fueron rellenando las enormes lagunas que tenía su cultura tradicional, basada de forma exclusiva en la transmisión oral. »Mientras tanto hubo varios intentos, por parte de algunos licántropos excesivamente ambiciosos, de hacerse con el poder del mundo mediante la fuerza. Pero sólo consiguieron provocar grandes y catastróficas guerras con millones víctimas, humanos y licántropos por igual. Avanzado el siglo XXI, la existencia de su especie aún se mantenía en secreto, lo que alimentaba la esperanza de que algún día sus descendientes pudieran dominar la Tierra. Después de todo, ellos eran más fuertes e inteligentes. Pero los humanos seguían reproduciéndose como conejos y, a pesar de que se mataban en continuas guerras, no parecía que se fuesen a extinguir.
»Tras la Segunda Guerra Mundial, el Gran Consejo Licántropo decidió que la mejor manera de vencer a un enemigo era desde sus propias filas. A partir de ese momento el proceso de infiltración en la política humana fue lento pero firme. Así fue como en 1960 un licántropo llamado John F. Kennedy fue elegido presidente de los Estados Unidos de América. Dos años más tarde, el 25 de mayo de 1961, anunció su intención enviar un hombre a la Luna antes del final de la década. Así comenzó el Programa Apolo y los licántropos de todo el mundo aullaron entusiasmados, porque al fin iban a descubrir el secreto de la metamorfosis. »En 1963 John F. Kennedy fue asesinado por enemigos políticos humanos que, o bien conocían su secreto o codiciaban también el poder. Pero por suerte sus sucesores continuaron con el proyecto del viaje a la Luna. »Durante el auge del nazismo, otro famoso licántropo, Wernher von Braun, desarrolló la tecnología de los motores de las bombas volantes V-1 y V-2. Cuando supo que Alemania perdería la guerra, negoció su rendición y fue llevado a los Estados Unidos. Allí trabajó para diseñar y construir los cohetes que permitieron a la NASA poner en órbita las cápsulas Apolo. Tras varios ensayos y algún que otro desastre, consiguieron descender sobre la Luna el 21 de julio de 1969. En las siete misiones que realizaron sólo viajaron humanos, ya que la dirección de la Agencia Espacial no quiso arriesgarse a que su secreto fuera descubierto si los astronautas se transformaban y no podían volver a su apariencia humana por encontrarse sometidos al llamado “Influjo de la Luna”. »Las piedras lunares traídas por las diferentes misiones fueron estudiadas de manera meticulosa, pero el resultado decepcionó: no eran diferentes a cualquier roca de la Tierra. No tenían una composición química especial, ni emitían ninguna radiación desconocida. Resultó inútil que varios licántropos voluntarios fuesen cubiertos de polvo lunar o que ingiriesen roca disuelta; el resultado siempre fue nulo. »En 1972 el proyecto Apolo fue abandonado debido a una crisis político-económica. Dos años después el presidente Richard Nixon era obligado a dimitir en medio de un escándalo de espionaje y, aunque su sucesor también era licántropo, el poder de los hombres lobo en la administración de los Estados Unidos decayó hasta quedar anulado. »Durante los siguientes treinta años la humanidad controló la NASA y se dedicó a proyectos poco provechosos tales como lanzaderas y estaciones espaciales que, además de acabar con la vida de varias tripulaciones, no se acercaron de nuevo a la Luna. Pero de tanto en tanto, los licántropos conseguían infiltrar alguno de los suyos. Un momento cumbre fue la misión en la que viajaron dos licántropos a la Estación Espacial Internacional: el español Pedro Duque y el veterano John Glenn, el primer licántropo que orbitó la Tierra. Eso lo recuerdo como si fuese ayer, pensó Víctor con añoranza, los vi en la televisión cuando era niño. Eran mis héroes. Ver a dos licántropos juntos comiendo paella en la estación espacial me animó a perseverar en mi empeño de ser astronauta. Miró al exterior; había alcanzado la zona de penumbra. Pronto aparecería la Tierra por el horizonte frente a él y sería un amanecer realmente extraterrestre. No era el primero en pisar la Luna, aunque sí en recorrer casi tres mil kilómetros de su superficie a bordo de un vehículo rodante. Lástima que el proyecto fuese secreto, le hubiese gustado ser entrevistado por los medios de comunicación para contar su... ¿qué?, ¿su fracaso? La misión no resultó como se esperaba. Rabioso, dio un puñetazo contra el brazo del sillón y gracias a las correas que lo sujetaban no salió despedido del mismo. Había olvidado que en la Luna pesaba menos de quince kilos y que debía ser cuidadoso o acabaría herido por su propia fuerza. Suspiró y continuó escribiendo: »A finales del siglo XX la ingeniería genética confirmó que los licántropos eran una especie distinta a la humana, aunque algunos científicos mantenían que la diferencia podría deberse a su dualidad física. »A principios del siglo XXI un nuevo licántropo se infiltró en el gobierno de la mayor potencia mundial. Sabiendo que el presidente de los Estados Unidos no dirigía el país, sino que era un títere en manos de los poderes en la sombra, Condoleezza Rice y su equipo de licántropos consiguieron controlar a George W. Bush. Tras varios años en segundo plano, la dama alcanzó la presidencia en las elecciones de 2016 y, después de un brillante mandato, fue reelegida en 2020 por aplastante mayoría. Esta nueva victoria eliminó de las altas esferas de la administración a todos los humanos, que hasta entonces habían obstaculizado su avance. Poco después reabrió el programa de viajes a la Luna con la intención de comprobar, de una vez por todas, qué energía desconocida actuaba sobre su especie.
Y aquí estoy, haciendo el papel de ratón de laboratorio mientras paseo por la Luna como un idiota. Se supone que iba a responder a todas las preguntas y sólo he conseguido más preguntas, pensó Víctor Guirao, cada vez más amargado por el fracaso del experimento. Se quedó pensativo mirando la sombra de su vehículo, que culebreaba sobre el terreno irregular, alargándose hacia el horizonte. Al rato continuó con sus apuntes: »El Licántropo Solitario. »Me llamo Víctor Guirao y soy astronauta de la Agencia Espacial Europea, con el grado de comandante. Nací en… Se interrumpió. Contar su vida le aburría, por lo que puso una nota en el texto: “insertar curriculum vitae”. Ya añadiría la biografía personal que tenía guardada en su ordenador personal. Continuó con el relato. »Hoy es 12 de junio de 2022. En el momento de escribir estas líneas amanece sobre mi ciudad natal. Me desplazo por la superficie lunar a bordo de un vehículo llamado Licaón. Tiene el tamaño de un autobús de dos pisos y va equipado con seis ruedas de malla de fibra de carbono. Para protegerme del todavía supuesto Influjo de la Luna va revestido con un blindaje de plata de 0,05 milímetros y las ventanas tienen los cristales polarizados con partículas del mismo material. La mitad de esta protección sería suficiente para impedir mi metamorfosis en la superficie de la Tierra. »Hace doce horas la lanzadera ESA-005 me depositó en la cara oculta, pero iluminada, de la Luna. Durante la primera fase del experimento me expuse al influjo lunar en el interior del Módulo Alfa. Este dispositivo, situado en la parte superior del vehículo, consiste en una cabina de cristal, sin protección de plata, pero acondicionado para mantener las mismas condiciones de temperatura, presión y radiación que en la superficie de la Tierra. A la hora convenida subí al Módulo Alfa, donde permanecí expuesto a la luz del Sol durante noventa minutos y, por lo tanto, al reflejo de éste sobre la superficie lunar. Para decepción de los científicos del proyecto —y el mío propio—, no se detectó ningún efecto. Si el detonante de la metamorfosis hubiese sido el reflejo de la luz solar sobre la Luna, me hubiese transformado. En caso de que no hubiese sido capaz de controlar la transformación, mis compañeros a bordo de la Wendigo, dirigiendo el vehículo por control remoto, me habrían recogido con la lanzadera en el punto de encuentro. »Es posible que nunca averigüemos el motivo de la metamorfosis. Ahora, cuando la sincronización de las órbitas lo permita, el Wendigo bajará de nuevo la lanzadera y me recogerá en la zona de penumbra. Es hora de volver a casa para seguir investigando. Una sacudida le indicó a Víctor que el piloto automático había detenido el vehículo. Levantó la vista y miró hacia el horizonte a través del parabrisas. La Tierra, iluminada por la luz del sol, se recortaba sobre el oscuro cielo lunar como un enorme ópalo azul sobre terciopelo negro. Se quedó extasiado en la contemplación de la escena durante algunos minutos. A pesar de no ser la primera vez que veía la Tierra desde el espacio, el paisaje en su conjunto lo fascinaba. Pensó que tal vez se debía al contraste entre el azul del planeta, el negro del espacio y el gris plateado de las montañas lunares. Se sintió extraño, desazonado y algo confuso. Sacudió la cabeza para despejarse. Archivó el documento y cerró la bitácora. Volvió a mirar el paisaje, que le hizo sentirse inquieto, suspiró e inició las comprobaciones de rutina. Todo estaba en orden. La temperatura y la presión interiores eran correctas. La radiación soportable. Se hallaba en las coordenadas exactas, junto al cráter Behain S. —Hola Licaón, aquí Wendigo, responda —sonó la llamada desde la nave en órbita. —Hola Wendigo, aquí Licaón —dijo Víctor. —Licaón —dijo la voz del profesor Lupin, el jefe de la misión—, el alunizaje está previsto para dentro de treinta minutos. —Gracias profesor. Aprovecharé el tiempo para subir al Módulo Alfa y hacer unas fotos de la Tierra, la vista es preciosa —informó Víctor. —De acuerdo —dijo el profesor—, pero no te entretengas demasiado. Víctor se levantó, cogió la cámara digital de ultra alta resolución y trepó hasta el Módulo Alfa. En pie, dentro de la cúpula transparente, sintió un estremecimiento y un leve mareo. Pensó que estaba afectado por el fracaso de la misión y el cansancio del viaje, desechó esos pensamientos y comenzó a hacer fotografías. De improviso sus manos comenzaron a temblar, la cámara resbaló entre sus dedos y al suelo. Un vahído le obligó a apoyarse en el cristal. Sintió nauseas y pensó que el bocadillo le había sentado mal. —Víctor, ¿qué te pasa? —escuchó la voz del profesor Lupin desde el Wendigo—. Los biosensores indican... —Me encuentro bien —interrumpió—. Debe ser la digesti... Sintió un nuevo estremecimiento, se le nubló la vista y las piernas estuvieron a punto de fallarle. En la gravedad terrestre se habría derrumbado. Se encontraba mal, pero vio la cámara en el suelo y su entrenamiento le hizo pensar que debía recogerla, que era un aparato muy delicado y que, con toda probabilidad, se habría averiado con la caída. Una fuerte convulsión lo sacudió con violencia, provocándole un dolor insoportable en la espalda. Cayó al suelo y dejó de preocuparse por los equipos caros; sentía escalofríos y sudores febriles. El rostro de Víctor se desencajó y su cuerpo empezó a contorsionarse como si estuviese recibiendo descargas eléctricas de alto voltaje. —Víctor, ¿qué sucede? ¡Contesta! —gritaba el profesor Lupin desde la Wendigo—. ¡Responde! Pero Víctor no podía escucharlo con claridad, los oídos le zumbaban y no podía enfocar la vista. Se sentía hundir en un abismo y la presión lo aplastaba. El corazón aumentó la frecuencia de sus latidos, le costaba respirar y boqueaba como si no hubiese aire a su alrededor. Intentó levantarse, pero el cuerpo no le obedecía y las piernas, a pesar de la débil gravedad lunar, no le sostuvieron. Rodó por el suelo retorciéndose presa de espasmos. Le dolía todo el cuerpo, por dentro y por fuera. Las venas le ardían, como si por su interior corriese plomo candente. Oyó la voz del profesor Lupin por el comunicador, sonaba muy lejana y decía algo sobre la metamorfosis. Sí, profesor eso es, pensó, incapaz de articular palabra, mientras se retorcía agónico, pero nunca ha sido tan doloroso. Intentó hablar, decirles a sus compañeros lo que estaba pasando, pero de su garganta sólo salió un sonido inarticulado y extraño. Se le comenzó a estirar la piel, enrojecida y brillante, como inflamada. Parecía a punto de romperse. Todas las articulaciones le dolían de forma espantosa. Oía crujir sus huesos mientras se deformaban a una velocidad tal que generaban calor; como tizones candentes. En plena agonía una parte de su mente intentaba explicar lo que le estaba sucediendo, pero una nueva personalidad, que salía de su interior, lo arrollaba. Su piel se oscureció y por los folículos pilosos crecieron, de forma vertiginosa, pelos oscuros e hirsutos. El cráneo restalló con violentos crujidos mientras el rostro cambiaba, la boca se alteraba y los dientes crecían. Tras unos agónicos minutos, el dolor cesó. Todavía trémulo Víctor Guirao se levantó. Comprobó que había duplicado su tamaño y tenía los sentidos mucho más desarrollados. Era capaz de escuchar el crujir del metal recalentado del fuselaje y el siseo de los ventiladores de los circuitos. Podía oler desde la grasa de los engranajes hasta la repugnante comida almacenada. Tenía el cuerpo cubierto de pelaje gris, las manos eran grandes y fuertes, los músculos poderosos y la mente muy lúcida, mucho más que antes. Estaba perplejo por la involuntaria transformación, sin embargo, nunca antes se había sentido tan poderoso. La mente no se diluía como cuando se transformaba en la Tierra, al contrario: se ampliaba gracias a los nuevos conocimientos que se abrían paso tan deprisa, que se sintió abrumado. Se arrancó los jirones en los que se había convertido el mono de vuelo y lo arrojó por la escotilla que comunicaba con la cabina principal del vehículo. Miró la Tierra que brillaba en la negrura del espacio, sintió el calor del sol en su espalda, observó a su alrededor la superficie calcinada de la Luna y sólo entonces fue consciente de lo sucedido. Como una catarata, eones de recuerdos ancestrales afloraron, impregnándolo de hechos olvidados, los mismos que durante generaciones habían estado en los genes de cada licántropo, esperando para surgir en el momento oportuno y completar el ciclo comenzado un millón de años atrás. Recordó que el nombre de su especie, en la lengua de sus antepasados, era Warghannak, y se encontró pensando en ella sin esfuerzo. Conoció al fin el origen de la metamorfosis y supo que los licántropos procedían de un planeta llamado Larenjord, situado a miles de años-luz del sistema solar, un mundo que ya no existía a causa de un cataclismo cósmico. Su mundo natal pertenecía a un sistema binario. Larenjord era el cuarto de los catorce planetas que giraban en torno a dos estrellas, la gigante roja Vaarvos y la enana blanca Kaameos. En pocos casos un sistema binario tiene planetas pero, cuando los tiene, las órbitas son excéntricas y de gran complejidad, lo que provocaba catastróficos cambios climáticos en ellos. Así fue como en Larenjord la evolución generó especies de animales y plantas de metabolismo flexible, capaces de cambiar en forma drástica para adaptarse a cada estación. Algunos animales entraban en hibernación durante largos períodos, otros se metamorfoseaban para poder sobrevivir a lo fríos o calores extremos. Los warghannak primitivos evolucionaron utilizando la metamorfosis como la mejor forma de supervivencia. Durante las estaciones cálidas los warghannak primitivos mantenían una forma similar a la humana, denominada annaghul. Para alimentarse cultivaban la tierra y criaban ganado. Pero cuando llegaba el largo invierno, la mayoría de las plantas morían o se mantenían en estado latente bajo tierra. Entonces la mejor forma de alimentarse era cazando otros animales, que también tenían la capacidad de modificar su cuerpo, y para ello se transformaban en warghul, la forma que los humanos llamaron hombre-lobo. Alcanzar una cultura con alto nivel tecnológico compaginando ambas formas en un planeta tan hostil no fue fácil, pero los warghannak consiguieron lo que pocas especies inteligentes en la galaxia han conseguido. Tras cientos de miles de años de desarrollo, todos disfrutaban de una existencia dedicada a los placeres, las artes y las ciencias. Nada los amenazaba, ni guerras, ni pobreza, ni enfermedades. Dominaban el viaje espacial, habían colonizado todos los planetas de su sistema y preparaban naves para explorar y colonizar sistemas más lejanos. Pero descubrieron que Vaarvos, la estrella gigante roja, estaba entrando en una fase de inestabilidad. Los astrónomos se apresuraron a enviar sondas al interior de la corona solar. El resultado de las mediciones y experimentos fue desalentador. La estrella, incapaz de fusionar su núcleo y de sostenerse por la presión de los electrones que degeneraban, pronto comenzaría a contraerse y a expulsar las capas superficiales en una potente emisión de energía, generando gigantescas ondas de choque compuestas por nubes de polvo y gas, lo que destruiría todos los planetas del sistema y a la enana blanca que la acompañaba. Era el fenómeno los humanos conocen como supernova. Los científicos buscaron una solución que evitase el cataclismo. Aunque en teoría su avanzada ciencia podía reparar la estrella, todavía no tenían los medios hacerlo. Sólo les quedaba una solución: emigrar. Como un solo ser, todos los warghannak se pusieron a trabajar de manera frenética en el titánico proyecto. Alistaron todas las naves espaciales que poseían para el viaje y construyeron miles más. Pero el tiempo apremiaba y los recursos no eran ilimitados. Se redoblaron los esfuerzos y se paralizó toda actividad que no estuviese relacionada con el éxodo, pero aún así el tiempo transcurría y evacuar a todos los habitantes del sistema era una tarea imposible. Se propuso que las naves comenzaran a partir conforme se fuesen terminando y equipando, pero todos los warghannak deseaban colaborar y se negaron a marcharse. Todos o ninguno. Entonces un equipo de científicos encontró una solución expeditivo. Casi todos los planetas del sistema tenían satélites que habían sido colonizados y contaban con infraestructura para mantener a sus habitantes por largo tiempo. Angustiados por la urgencia decidieron convertir cada uno de los satélites y asteroides en botes salvavidas. Aquí los recuerdos de los antepasados de Víctor Guirao se centraron en Kuujord, el satélite de Larenjord. Impulsado por potentes motores fue el último en partir, provocando terremotos, gigantescas mareas y tremendos huracanes en el planeta, pero sólo los animales y plantas que quedaban fueron testigos de ello; ya no quedaba ningún warghannak en su superficie. Kuujord abandonó el sistema binario y se alejó acelerando constantemente. Tiempo después, desde una distancia segura, vieron como su hogar era consumido por la nova. Al principio del éxodo las naves de refugiados viajaron en grupos. Otras se ensamblaron para disponer de más espacio y compañía. Algunas se posaron en los satélites y asteroides, formando colonias errantes autosuficientes. Con el paso de las generaciones muchas se desviaron, dirigiéndose hacia distintos puntos de la galaxia, con la intención de instalarse en algún sistema que tuviese un planeta habitable. Hubo disensiones, rebeliones y guerras pero, durante muchas generaciones, los antepasados de Víctor Guirao nunca perdieron la esperanza de encontrar un planeta similar a Larenjord, donde poder retomar la vida que sus ancestros habían dejado atrás. Miles de generaciones después de su partida llegaron al sistema solar y sus esperanzas renacieron al encontrar un planeta paradisíaco, el tercero contando desde la estrella, y el único que albergaba vida. Tomaron posesión de su nuevo hogar y situaron a Kuujord en órbita, convirtiéndolo nuevamente en satélite como recordatorio de su éxodo. El deseo de los warghannak, durante los milenios que duró el viaje, había sido volver a vivir al aire libre, olvidando para siempre el agua reciclada y la comida sintética. De esa forma hubo un retorno generalizado a la naturaleza. Aunque, como homenaje a las generaciones que vivieron y murieron durante el viaje y que habían hecho posible que su especie se estableciese de nuevo en un planeta, se instauró la costumbre de reunirse y volver a la forma warghul una vez cada veintiocho días; cuando el satélite Kuujord brillaba en todo su esplendor. Pero los científicos temían que con el transcurso del tiempo se degradasen y cayesen en la barbarie, por ello modificaron los genes de las nuevas generaciones, preparándolos para que, cuando sus descendientes volviesen a Kuujord y se diesen las circunstancias exactas, se despertase su conciencia atávica y retomasen el camino perdido. Asimismo, hicieron que la visión del satélite desencadenara la transformación y así recordasen de donde venían y hacia donde debían volver. La mayoría se negaron a que se modificaran los genes de sus hijos, pero los mismos científicos lo hicieron a sus propios descendientes, y eso fue suficiente para que la especie sobreviviera. Algunos milenios después de su llegada todavía recordaban quienes eran, pero el temor de los científicos se hizo realidad cuando comenzó una terrible era glacial en todo el planeta. Los warghannak no temían el cambio en el clima, sabían que como warghul podrían soportar los cambios climáticos del planeta. Pero no tuvieron en cuenta que la glaciación duraría sesenta mil años. Si no hubiesen renegado de la tecnología no se hubiesen visto obligados a permanecer en su fase warghul todo el tiempo. Cuando la era glacial acabó, su cultura había revertido a la edad de piedra. El resto de los recuerdos de Víctor encajaban de forma muy aproximada con la historia que los licántropos ya conocían. Sólo que para él ahora todo tenía sentido. Por la radio ya no se oían las voces de los científicos. Víctor, se dirigió a una de las cámaras que lo observaban: —Profesor —su voz resonó grave y potente, desconocida incluso para su dueño—, haga descender el Wendigo. —Pero comandante... —tartamudeó la voz de Lupin, que todavía no comprendía lo que estaba sucediendo—. No... no podemos... —Sí que pueden —interrumpió Víctor. —¿Pero qué...? —dijo Lupin—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué...? —Deje de tartamudear profesor y haga descender el Wendigo —Víctor interrumpió de nuevo los balbuceos del profesor—. Cuando baje lo comprenderá todo. Por el comunicador se oyó un murmullo de voces que discutían a la vez. —No teman —añadió Víctor—, no sólo puedo pensar con claridad, sino que sé quienes somos, cómo llegamos a la Tierra y qué debemos hacer en el futuro. Entonces, la criatura en que se había convertido Víctor Guirao, se irguió orgullosa en toda su imponente estatura y, mirando a la Tierra que brillaba sobre el horizonte, le lanzó un aullido estremecedor. La hora de los licántropos había llegado. |
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