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| Esperpento Leonardo Killian Argentina |
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amor de madre Lidia Litran www.flickr.com |
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Carlitos era fletero. Toda su vida había sido fletero,
oficio que heredó de su padre, y que, salvo el paso por la inoportuna
colimba, seguramente practicaría hasta el fin de sus días.
Ahora bien, convengamos en que su colimba no hubiese tenido nada de particular... de no haber ocurrido la guerra de Malvinas. Guerra que lo llevó a conocer los aviones, las islas, los gurkas y el desagradable sonido de las bombas inglesas. Pero bueno, mal que mal, volvió para contarla, y aunque de chico había sido algo deschavetado, los que lo conocían no lo encontraban peor que cuando se fue. Eso sí, a los íntimos les confesaba, con un rencor frío, que él vengaría la derrota con un acto cabal. Nada de violencia sanguinaria ni bala justiciera. Carlitos humillaría al Imperio y, a su manera, reivindicaría las armas de la Patria. Carlitos Fazioli planeaba romperle el culo a la mismísima reina. Las risas con las que sus amigotes festejaban la ocurrencia de Carlitos se congelaban cuando éste, con la expresión más seria del mundo, reivindicaba la violación como un acto de guerra. Me la voy a coger, repetía, seria y obsesivamente. El plan era, según él, muy simple. Me voy a culear a la jovata y lo voy a filmar en video; le mando una copia a los ingleses y, o nos devuelven las islas, o la meto en Internet. Tal vez sin quererlo, Carlitos aportaba a la ciencia política una nueva variante del nacionalismo; a las ya consabidas y más conocidas del nacional socialismo, nacionalismo popular, nacionalismo de derecha, nacionalismo económico, cultural, etcétera, el agregaría el nacionalismo erótico o nacional sexualismo. Los viernes por la noche caía, después del laburo, por el bar Colón y allí, ante la asombrada barra, repetía su obsesión, agregando nuevos detalles cada semana. Si al principio, el tono resultaba francamente jodón, con el tiempo fue cambiando de perfil. Sobre todo cuando Carlitos, muy seriamente, agregaba más y más tecnicismos a la operación. Había juntado material bibliográfico, revistas especializadas y todo lo que sirviera e informara sobre el MI 5, Scotland Yard, la Guardia Real y la más o menos conocida parafernalia que cuidaba o acompañaba a la realeza. Fue así como logró sumar dos voluntarios más a la patriótica tarea, el gordo Charly y el ruso Terlisky. El primero para reverdecer viejos laureles trotzko-antiimperialistas y el ruso, por una vieja cuenta familiar con los ingleses. Al tío y al abuelo los habían fusilado en Palestina por poner bombas después de la guerra y también se las tenía jurada. La mesa de la conspiración, para entonces, se mudó al rincón más alejado del bar, una especie de reservado, al que sólo se permitía entrar al gallego Macedo, dueño, mozo y cocinero. Al cabo de un tiempo, el gallego pedigüeño les empezó a insinuar, sibilinamente, la posibilidad de incluir a Gibraltar en las cláusulas de devolución, a cambio de una rebaja en el precio de los cafés. El ruso le prometió estudiar el caso, pero luego de algunas semanas, se le aclaró cordialmente al gallego que eso era imposible. Don Pepe asimiló el golpe con dignidad y siguió cobrándoles con el descuento establecido. Al trío se unió un viejo amigo de Charly, Raulito Torres, que contaba con un pasado nacionalista y, según se sabía, bastante pesado. El tipo alardeaba del conocimiento de fierros, caños, logística, y lo más importante, aseguraba tener contactos con el mismísimo IRA. Este último dato, más un lenguaje pseudo militarista, le dieron una voz autorizada a la hora de las decisiones. Torres demostró tener una gran capacidad de organización y de mando. Al poco tiempo había establecido normas de seguridad y un sistema de comunicaciones que hizo abandonar los teléfonos y hasta las reuniones en el bar. El tipo era serio y muy enérgico a la hora de organizar y establecer prioridades. Luego de la seguridad había que resolver la cuestión económica. Pasajes, estadías y etcéteras fueron desfilando ante los asombrados mosqueteros, aunque la última cuestión a resolver parecía la más complicada. ¿Qué pasaría si, llegado el momento crucial, el carajo de Carlitos se negaba a cumplir su varonil y patriótica función? Todos reconocieron que la tarea era hercúlea. Sodomizar a una mujer tan horrenda requería algo más que coraje. Había que vencer la repulsión que, de seguro, causaría el monstruo cuando se hallara sin ropas, o al menos, sin sus reales calzones. Terlisky, que había cursado algunas materias de psicología, aseguró tener la solución. Entrenarían a Carlitos con un sugestivo método que consistía en observar durante horas fotos de las mejores hembras de la revista Playboy, a las que se le colocaría la cara de doña Isabel II. La foto elegida, tenía unos cuarenta años, y era algo borrosa. Carlitos debía observar durante al menos una hora por día esas maravillosas imágenes que trucaba un sobrino del ruso, coleccionista de revistas y gran cultor de las prácticas de Onán. Hasta el día elegido, Carlitos debía mantener en un estado de total abstinencia y castidad; esto, juraban sus amigos, aseguraría el éxito de la empresa. Una dieta, a base de apio y nueces complementaban la puesta a punto de nuestro campeón. La operación (que llevaría el sutil nombre clave de Pavo Real) estaba en marcha. Carlitos fantaseaba con su regreso glorioso a un aeropuerto repleto de banderas y ya imaginaba la tapa de Crónica con su foto y, en letras enormes, su nombre ligado a la hazaña: Macho argentino somete a reina pirata. En una reunión en la que Torres se mostró más reservado y misterioso que de costumbre, anunció solemnemente que había hecho contacto con los patriotas de la verde Erín. A partir de esa noche los encuentros debían hacerse con la mayor de las cautelas. Al mes llegó el primer correo. Esperado con ansiedad por el grupo, la decepción fue mayúscula cuando vieron que la clave de la comunicación estaba escrita en gaélico. Les llevó semanas conseguir en Buenos Aires a alguno que conociera la antigua lengua de los druidas. Por fin, a alguien se le ocurrió consultar en la embajada donde consiguieron el domicilio de un cura medio chiflado nacido en Killkenny y que residía en Saladillo. El padre Miguel Cormack tenía más de ochenta años y vivía en las afueras del pueblo. Altísimo y con el pelo totalmente blanco, los atendió con una sonrisa que mostraba una dentadura escasa y deteriorada. De algún lugar de su enorme biblioteca sacó una botella con la que convidó generosamente un licor que el mismo preparaba, a base de whisky y leche y luego de una breve introducción, Torres, que llevaba la voz cantante, le exigió que guardara lo allí conversado como un secreto de confesión. El viejo tomó los papeles y, sirviéndose un generoso vaso, se sentó ante un escritorio que estaba junto a la ventana. La luz del atardecer fue languideciendo y Cormack encendió un pequeño velador. Ese fue su único movimiento, ya que, a partir de allí, no despegó la vista de los papeles en una larga hora y media que se les hizo eterna. Al fin, dejando la pequeña lupa de mano con la que se ayudaba en la lectura y mirando a cada uno con una expresión de asombro, comenzó a reír a carcajadas. La risa era la de un maníaco enloquecido. Se paró y, con los papeles en la mano, dio unos pasos hablando solo, evidentemente en estado de una gran excitación y a los gritos. Reía y gritaba frases incomprensibles hasta que de repente pareció reparar en esas cuatro miradas asombradas que esperaban una respuesta. —Los camaradas republicanos se apenan de tener que comunicarles el secreto mejor guardado del imperio —dijo con fingida solemnidad. Volvió a tomar los papeles y, traduciendo literalmente, exclamó con su tremendo vozarrón: —¡Es un hombre! La reina es un hombre —bramó—. ¡Hace cuarenta años que lo sospechaba! —Siguió gritando, mientras aplaudía eufórico. Sirvió licor en los vasos y los obligó a brindar, cosa que hicieron sin mucho entusiasmo. Ya era noche cerrada, sólo se escuchaban los grillos y el lejano ladrido lastimero de un perro. En el camino de regreso a Buenos Aires apenas si se dirigieron la palabra. |
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