Elvio E. Gandolfo
Cem Akas
Fernando Sorrentino
Juan Pablo Noroña
Susana Szwarc
José Vicente Ortuño
Leonardo Killian
Mohamed El-Ashry
Ezequiel Gaut vel Hartman
Ana cristina Rodrígues
Daniel Alcoba
Miguel Canel
Saurio
Juan José Delaney
Vladimir Stojnic
Ricardo Germán Giorno
Mario César Lamique
Edgar Omar Avilés
Beatriz Pustilnik
Gabriel Trujillo
Olga Appiani de Linares
Juliana Manova
Pablo Dobrinin
Carlos Feinstein
Antonio J. Cebrián
Claudio Alejandro Amodeo
Carlos Bordoni
Sergio Gaut vel Hartman
Cat Rambo
Ana María Shua
 
Delicatessen
30 ficciones breves
 
The Messenger of Autumn

Paul Klee

Es obvio que no inventamos la ficción breve, aunque en la Sinergia de la década de 1980 existía una sección llamada “Partículas subatómicas” que ocupaba un lugar de privilegio; muchos debutantes tuvieron allí la oportunidad de mostrar sus trabajos junto a escritores consagrados. Algunas cosas han cambiado desde entonces... otras no cambiaron en absoluto. Sinergia hace alarde de firmeza de propósitos y de coherencia conceptual, aunque al mismo tiempo continuamos la práctica de expandir las fronteras idiomáticas, temáticas, formales. Esto debe leerse como... El presente Especial de Fin de Año, que llamamos “Delicatessen” a propuesta de Ricardo Giorno, comprende treinta textos breves, cribados en los más diversos territorios físicos y genéricos. Hay cuentos de aquí nomás, a la vuelta de mi casa, y cuentos escritos por autores que habitan regiones y espacios culturales de los que sabemos poco y nada... y poco es una exageración. Ficción especulativa, narrativa conjetural, realidades alteradas. ¿Está bien? No voy detallar en esta introducción, que no puede ser más extensa que el más breve de los relatos, todos los países e idiomas representados. Pueden revisar las fichas y llevarse un par de sorpresas. Otra sorpresa, y el primer sorprendido soy yo, es que los cuentos terminaron siendo tantos. La idea original era presentar una decena o una docena; luego quedamos que serían diecinueve y en algún momento pensamos que veinticinco era un buen número, celebrando el cuarto de siglo de nuestra revista (aunque Sinergia haya pasado dos décadas en la cámara criogénica de Pasadena, cantándole nanas conjeturales a Walt Disney). No pudo ser. Y no pudo ser porque arrastro la culpa que me generó tener que eliminar cuentos de Grageas, el libro de Ediciones Desde la Gente, y sentí que iba a ocurrir lo mismo con cuentos que me gustaban... y al final... adentro con todos los que estaban en danza. Son treinta, sí señora, sí señor, si jóvenes e indisciplinados amigos. Nos convoca un robusto Especial de Fin de Año con treinta cuentos (breves) pero treinta... Pasen y lean. Nos “vemos” en el 2008.

Aventura Marítima
Elvio E. Gandolfo
Hotel de cuatro estrellas
Cem Akas
Supersticiones retributivas
Fernando Sorrentino
Filosofía lingüística
Juan Pablo Noroña
De un acento cualquiera
Susana Szwarc
Angustia
José Vicente Ortuño
Secretos
Leonardo Killian
El llamado de los corazones jóvenes
Mohamed El-Ashry
Utopía
Ezequiel Gaut vel Hartman
El hombre bomba
Ana cristina Rodriguez
Victoria alada
Daniel Alcoba
Paseo nocturno
Miguel Canel
Cicatrices
Saurio
Irse
Juan José Delaney
Expedición
Vladimir Stojnic
El terrible inspector Mordancio
Ricardo Germán Giorno
Los robadores
Mario César Lamique
Mal de ojo
Edgar Omar Avilés
Mi vida sin mamá
Beatriz Pustilnik
Yo, inmortal
Gabriel Trujillo
Alfa y omega
Olga Appiani de Linares
El Ploner de Sheeh
Juliana Manova
La venganza de los niños
Pablo Dobrinin
Zapping
Carlos Feinstein
El último segundo
Antonio J. Cebrián
Matnú
Claudio Alejandro Amodeo
Seducción
Carlo Bordoni 
Extrañas circunstancias
Sergio Gaut vel Hartman
Crueldad
Cat Rambo
La más absoluta certeza
Ana María Shua

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Aventura Marítima
Elvio E. Gandolfo

Es como lo que yo quería. O no. Es distinto. Es una roca demasiado sola, demasiado dura como para subsistir. Nunca vienen barcos. Y sin embargo como. Viejos pescados escamosos que el mar estrella contra las rocas, contra la roca única, solitaria y dura donde ahora vivo. Con sólo un árbol (o al menos un árbol), un gato y un perro cuyas continuas peleas entretienen mis noches, cambiando la rutina de las olas, el recuerdo de Amanda. A veces caminamos todos por el espinazo de la roca, modesta caravana de tres animales con un árbol al costado.

Es como lo que yo quería. O no. Es distinto. Es una roca demasiado sola, demasiado dura como para subsistir. Nunca vienen barcos. Y sin embargo como. Viejos pescados escamosos que el mar estrella contra las rocas, contra la roca única, solitaria y dura donde ahora vivo. Con sólo un árbol (o al menos un árbol), un gato y un perro cuyas continuas peleas entretienen mis noches, cambiando la rutina de las olas, el recuerdo de Amanda. A veces caminamos todos por el espinazo de la roca, modesta caravana de tres animales con un árbol al costado.

El agua salada me seca los labios, enfurece al perro, hace maullar al gato interminablemente en las noches de primavera (nos enteramos porque el árbol florece). O sea que también hay flores. Y un olor espeso que viene del mar, y que no es olor de mar, sino de piezas de metal, de caños de escape, de negocios pequeños, un olor que recuerda a la calle San Luis, tan lejana de esta roca.

El gato es hembra, el perro macho. Yo, también. El perro intenta inútilmente hacer el amor con el gato. El gato hembra maúlla interminable en las noches de invierno. Yo arranco las flores del árbol, las rompo y las tiro al mar mientras pienso en Amanda.

No tenemos casa, ni cabaña, ni cobertizo, ni bohardilla. Cuando llueve nos mojamos apaciblemente. Nunca son intensas las tormentas. El agua nos corre por el lomo tranquila, casi susurrando. El gato hembra a veces se para, pone los pelos en punta, se sacude, se acuesta y se acaricia el lomo contra el flanco del perro, también mojado, que espera hasta que amaine para sacudirse, dejando insatisfecho al gato que, falto de apoyo, rueda hasta mí, nota la superficie rugosa del pantalón y se levanta descontento, chinchudo, con ganas de matar a alguien.

La vejez de los escamosos pescados que comemos se nos contagia. Muchas veces nos sentimos arrugados, enfermos, nostalgiosos, como si una antigua pierna gotosa nos impidiera caminar con calma. Nos acostamos bajo el árbol y el gato ronronea, el perro se queja en ladridos bajos, yo canturreo y desde lejos se oye el típico sonido de una conversación de caballeros ingleses en un club exclusivo.

No recodamos demasiado el día en que el barco se abrió en dos y el agua nos trajo delicadamente hasta esta isla. No encontramos un lugar o una persona a quién extrañar (excepto Amanda). Y hablo por mí mismo, aunque transporto mis sentimientos, sin la menor culpa ni consideración, a mis dos compañeros de aventuras, si es que este eterno quedarse en la isla, este interminable comer y defecar pescado puede llamarse aventura.

Nos salva el sentido del humor. El gato hembra patina sobre la roca húmeda y se cae de culo al mar. El perro y yo nos reímos. El gato se agacha tras el perro, yo lo empujo y el perro cae. Nos reímos con el gato. Pienso en Amanda, saco una flor del árbol para romperla, surge una abeja, me pica en la nariz y mientras se infla como un zeppelín, son el gato y el perro quienes ríen.

Nos gustaría comunicarnos más claramente. Me gustaría que los dos hablaran. Al perro le gustaría que ladráramos todos. El gato hembra aparenta no preocuparse y que le da lo mismo que maullemos, hablemos o ladremos.

Pasan los meses y ni un barco, ni una madera que venga flotando a la playa. Ni un mísero resto de nuestro propio naufragio. Sólo los malditos pescados escamosos, viejos, agonizantes, que ya nos tienen hartos.

Decidimos partir. Comenzamos a nadar todos con fuerza. De pronto descubro que el perro se retrasa. Es más chico. Hago brazadas más cortas. Parte de su propia demora se debe a que espera al gato. Nadamos entonces parejos, lentos, hasta que dejamos de ver la isla.

Lógicamente el gato es el que primero se hunde. Desaparece indiferente de la superficie. El perro mira un poco desorientado a su alrededor. No hay ni un puto barco, ni una isla, ni un miserable pájaro. Me voy al fondo.

Como soy más pesado los alcanzo y los paso. Me entretengo mirándolos desde abajo, no me doy cuenta de que llego al fondo. Golpeo fuerte, sorprendido. El gato y el perro se ríen.

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Hotel de cuatro estrellas
Cem Akas

Para Faruk Ulay

KYSM:

Todo está ordenado en el hotel que regenteas en medio del desierto; has dispuesto procedimientos exactos hasta para la más insignificante de las tareas, y has imaginado cada tarea imaginable para regentear un hotel, tranquilamente varado en medio del desierto.

KYMS:

Hay, por supuesto, dos puertas en tu hotel; una para las llegadas y otra sólo para las partidas; y nunca serán confundidas.

KSYM:

Trabajaste muy duro para establecer este orden en tu hotel, y aún más duro para mantenerlo; ahora, sin embargo, tienes dudas sobre la guerra que has venido librando contra la entropía.

KSMY:

En tu hotel hay una manera exacta de cambiar las sábanas y airear las habitaciones, una manera exacta de admitir a un huésped y mostrarle el lugar, una manera exacta de abrir y cerrar una cuenta.

KMYS:

Como perfecto guardián de este hotel, supervisas todo, incluso la manera en que tus empleados sonríen, se avergüenzan, se preocupan y se encubren unos a otros; l’ordre avenir longtemps*.

KMSY:

Has sido acusado repetidamente de ser un fanático del orden, pero eso es muy injusto: aquí estás, tocando la guitarra durante una jam session con los músicos residentes en tu hotel, improvisando solos maravillosamente habilidosos, uno tras otro.

YKSM:

Estás parado en medio del Cuarto para procedimientos, que está hasta el techo de archiveros repletos de procedimientos para Todo; estás allí, leyendo en voz alta el Procedimiento para Archivar y Cambiar Procedimientos, una y otra vez.

YKMS:

Habrá canto; desafinado, discorde canto.

YMKS:

Sales por la puerta de entrada, mientras el personal te observa, esforzándose por no hacerlo; esforzándose aún más por recordar el procedimiento a seguir cuando el guardián abandona el hotel, lo cual nunca hace, a través de la puerta equivocada, lo cual nadie hace.

YMSK:

¿Por qué abandonaste el hotel, el lugar donde nunca morirías, donde aprendiste a expandir tu yo hasta llenar cada rincón y cada grieta? ¿No era suficiente para ti que las mucamas te demuestren su adoración tirando de la cadena del inodoro tras la partida de huéspedes desordenados?

YSMK:

Caminas por el desierto, tratando de no pensar en el hotel; de alguna forma te las has arreglado para no percibir el calor abrasador, concentrándote en las excitantes posibilidades que ofrece el desierto.

YSKM:

Sin que puedas decir cómo, al cabo de un rato has perdido el sentido del tiempo en el desierto; pero ¿de qué sirve guardar el sentido del tiempo cuando el guardián se encuentra sin su hotel?

SKYM:

Encuentras extraño que haya tantos esqueletos de diversos tamaños en el desierto, pero ningún animal vivo, ni tampoco agonizante – resumiendo, no hay proceso, sólo resultados.

SKMY:

Has oído acerca de la pantera del desierto, y por las noches, cuando hace un frío helado, sueñas con tomarla por sorpresa y mirarla a los ojos; ese pensamiento es suficiente para mantenerte cálido.

SMYK:

El desierto te estremece, pero tu conciencia continúa interviniendo, te tienta con cantos de sirena sobre tu hotel en medio del desierto.

SMKY:

Una noche, casi dormido contra una pequeña colina de arena que protege tus ojos de la luz lunar, ves a la pantera, mucho más pequeña de lo que imaginabas; se desliza sobre las dunas sin siquiera girar su cabeza hacia ti.

SYMK:

La falta de orden, la incertidumbre del desierto no te molesta; de hecho, has venido a disfrutar los impredecibles patrones que se hallan en el corazón del desierto y regulan su caos.

SYKM:

Estás encantado con el desierto, pero también extrañas tu hotel; las cosas pueden haber salido irremediablemente mal durante tu ausencia, o peor, pueden no haber salido mal.

MKYS:
Podrías haber muerto en el desierto, nunca podrías haber muerto en el hotel; ahora sientes que eso podría estar a punto de cambiar, ya que no has muerto en el desierto sino que has regresado.

MKSY:

Cuando regresas a tu hotel desde el desierto, te das cuenta de que las dos puertas están cerradas desde el interior; después de forzar la entrada, descubres que todo tu personal se ha ido.

MYKS:

Estar solo en el desierto no era tan malo como estar solo en el hotel, sin nadie para seguir miles y miles de procedimientos; te sientes ridículo, primero por haber dejado la inmortalidad en nombre del azar, y luego por dejar la mortalidad en nombre de la predestinación.

MYSK:

Estás atascado en un lugar que se suponía fuera el parador de otros, pero un santuario para ti; has regresado a tu hotel, pero tu hotel ya no es lo solía ser.

MSKY:

Ecos de Mahler en el hotel desierto, mientras tú acompañas el canto: “Dunkel ist das Leben, ist der Tod”; y ves a la pantera bajando las escaleras.

MSYK:

Tu hotel es la velocidad de la luz, cuidando la puerta entre la mortalidad desordenada y la inmortalidad ordenada; has intentado cruzar el límite, y no ha salido demasiado bien ¿no es cierto?

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Supersticiones retributivas
Fernando Sorrentino

Yo vivo de las supersticiones ajenas. No gano mucho y el trabajo es bastante duro.

Mi primer empleo fue en una fábrica de soda en sifones. El patrón creía, vaya a saber por qué, que uno de los millares de sifones (sí, ¿pero cuál?) alojaba la bomba atómica. Creía también que era suficiente una presencia humana para impedir que aquella terrible energía se liberase. Éramos varios los contratados, uno para cada camión. Mi tarea consistía en permanecer sentado sobre la irregular superficie de los sifones durante las seis horas diarias que duraba el reparto de soda. Una tarea ardua: el camión daba barquinazos; el asiento era incómodo, doloroso; el trayecto, aburrido; los camioneros, gente vulgar; cada tanto estallaba un sifón (no el de la bomba) y yo sufría heridas leves. Al fin, cansado, renuncié. Y el patrón se apresuró a reemplazarme por otro hombre que, con su sola presencia, impediría el estallido de la bomba atómica.

En seguida supe que una señorita solterona de Belgrano tenía un casal de tortugas y creía, vaya a saber por qué, que una de ellas (sí, ¿pero cuál?) era el demonio en forma de tortuga. Como la señorita, que vestía de negro y rezaba el rosario, no podía vigilarlas continuamente, me contrató a mí para que lo hiciese de noche. “Como todo el mundo sabe”, me explicó, “una de estas dos tortugas es el demonio. Cuando usted vea que a una de ellas le crecen dos alas de dragón, no deje de avisarme, porque ésa, sin duda, es el demonio. Entonces haremos una hoguera y la quemaremos viva, para terminar así con la maldad sobre la faz de la tierra”. Las primeras noches me mantuve despierto, vigilando a las tortugas: qué animales tontos y sin gracia. Luego mi celo me pareció injustificado y, apenas la solterona se acostaba, yo me envolvía las piernas en una manta y, encogido en una silla del jardín, dormía la noche entera. De manera que nunca pude averiguar cuál de las dos tortugas era el demonio. Entonces le dije a la señorita que prefería dejar ese empleo, pues me resultaba insalubre pasar las noches en vela.

Porque, además, acababa de enterarme de que en San Isidro había una vetusta casona sobre una alta barranca, y, en la casona, una estatuilla que representaba a una dulce muchacha francesa de fines del siglo XIX. Los dueños —una pareja de grises ancianos— creían, vaya a saber por qué, que esa muchacha se hallaba enferma de amor y de tristeza, y que, si no se le conseguía novio, moriría a corto plazo. Me asignaron sueldo y me convertí en novio de la estatuilla. Empecé a visitarla. Los ancianos nos dejan solos, aunque sospecho que secretamente nos vigilan. La muchacha me recibe en la melancólica sala, nos sentamos en un gastado sofá, le llevo flores, bombones o libros, le escribo poesías o cartas, ella toca lánguidamente el piano, me echa suaves miradas, yo la llamo Amor mío, la beso a hurtadillas, a veces voy más allá de lo que permiten el decoro y la inocencia de una muchacha de fines del siglo XIX. También Giselle me ama, baja los ojos, suspira tenuemente, me dice: “¿Cuándo nos casaremos?”. “Pronto”, le respondo. “Estoy juntando plata”. Sí, pero la fecha se difiere, pues es muy poco lo que puedo ahorrar para nuestro casamiento: como ya dije, no se gana gran cosa viviendo de las supersticiones ajenas.

[De En defensa propia, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982]

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Filosofía lingüística
Juan Pablo Noroña

Él se apoyó en la filosofía lingüística al desarrollar un sistema de pensamiento que servía para encauzar los debates online por los derroteros más próximos a sus propias opiniones. Las herramientas de este sistema permitían identificar en un parlamento las señales ínfimas de convicción, prejuicio, flexibilidad, irracionalidad, deficiencia, hipocresía o cualquier otro modulador de habla y conciencia, y anatomizar así cualquier pieza discursiva hasta la célula de sentido y cognición. Con este despiece, en mil palabras de una persona él encontraba su idea del mundo, su capacidad intelectual y los resortes de sus acciones o pensamientos. Sobre esta descripción del sujeto estudiado aplicaba la parte operativa de su filosofía, que podía definir el efecto específico de las palabras en una mente cuyos procesos fueran conocidos de antemano. Era el arte de la persuasión elevado a ciencia exacta por vía de la máxima discriminación en principio, fin y medios. Esto no le llevaba más de veinte minutos para cada sujeto. Tomaba entonces un grupo constituido y descifraba cada una de sus individualidades, así como la mecánica de sus interacciones, el sistema polinodal que conformaban, los modos, las alternancias, las voces circunstanciales, la generalidad y la casuística. O sea, por arriba y por abajo, en grande y en pequeño, hacia fuera y hacia adentro, con miel o hiel, contra el tiempo o en su corriente. Esto sí podía llevarle un día o dos. De tal manera encontraba cómo y en qué forma integrarse al grupo de debate, y una vez dentro utilizar la energía del conjunto o de parte de él para modificar, como él ya sabía, la mentalidad de un miembro particular. Perseverando, el ensemble entero terminaba por ser tal como él lo quería, con una variabilidad muy tolerable. Nunca más de una semana por gestalt.

Poseía también herramientas para manejar cada grupo como una unidad, cómodamente, y procedía entonces a conectar varios, con lo cual su imperio se expandía a cientos, miles de personas inermes e ignorantes de su poder. Según aumentaba la energía semiótica y cognitiva a su disposición, el efecto entraba en círculo virtuoso, haciendo más fácil, más rápido y más seguro su control, pues la masa agregaba y consolidaba como en la formación de cuerpos astrales. En cinco años no quedó espacio de la web fuera de sus garras; su dominio total de los principios del lenguaje le había dado acceso a la poliglotía. Por desgracia, su acción sobre la humanidad se limitaba a personas conectadas y era proporcional al tiempo online. Con algún esfuerzo —diez años— logró que los seres bajo su mano oculta extendieran la conectividad lo más posible y eliminaran físicamente al resto. En el camino a la red perfecta fue necesario movilizar las energías de esa humanidad esclava para alcanzar la utopía material con que la especie llevaba milenios soñando: un interesante efecto secundario. Una vez en esa situación, vio que el mejor modo de estabilizar la grandiosa construcción era producir la utopía espiritual, otro resultado interesante, y fácil, dada su maestría en escudriñar y dominar las mentes mediante el lenguaje. Eso sí le llevó veinte años.

Cuando finalmente se vio como centro y frontera de todo, origen y fin de cada movimiento, patrón para el ritmo total, murió de vejez feliz. La masa de pensamiento, privada de corazón, se paralizó por completo.

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De un acento cualquiera
Susana Szwarc

Estaba escrito en la pared: “así ellos reventaran”. Se quedó leyendo y releyendo. Le gustaba el uso del subjuntivo. Contextualizó la frase, pensativa. Más bien parecía un deseo sólido y no un leve deseo. No podía soportar la falta del acento y se sacaba y ponía los anteojos de acuerdo a la perspectiva: el “así” tenía su tilde correspondiente, ¿por qué no el verbo? Era el año 2078 y ciertos graffiti tenían la categoría de documentos históricos. Por ejemplo, se había preservado esta frase escrita en aerosol rojo en el año 1978. ¿Significaba una amenaza a los equipos de fútbol que intervendrían en el mundial o un deseo? ¿Alguien en la madrugada se refería a esa época dictatorial que tenía, ahora, su día de feriado, de repaso, de videos, de ojos viendo una y otra vez sin comprender el porqué del horror, o una exclamación de deseo?

 Investigaba, daba clases, le decían Josefina la anacrónica. Y sabía de la prohibición de tocar documentos, monumentos, murales, pergaminos.

 Se fue a su casa. No podía dormir. Como siempre esa falta de tildes que ella relacionaba con una falta de ley, con un caos de almas, con un desorden interior, la alteró hasta el insomnio, porque Josefina escuchaba en el verbo un acto, ¿por qué abandonar la pretensión de sentido?

 Se levantó en el medio de la madrugada. Era verano. Se puso su vestido cuidadosamente planchado y en los bolsillos los marcadores, los lápices, las gomas de borrar: reliquias que llevaba consigo.

 No tenía un marcador rojo pero sí uno amarillo, otro verde, otro azul. Prefirió el verde, por eso de “que te quiero verde”. No había nadie en la calle. Sabía que algún control podía pasar por la ciudad quieta, o ser vista por algunas de las cámaras protectoras. “Me importa un cero esta clase de protección”, pensó Josefina.

 Es que ella creía cumplir con un deber casi sagrado: acentuar, corregir la falta, acercarse a alguna verdad. Junto a la pared, en cuclillas, el pulso le temblaba un poco, subía y bajaba.

 En el instante mismo en que el acento se inscribía en la pared, incalculables Falcon verdes aparecían desde la furia del tiempo, venían con voces y nombres, las armas largas asomando en las ventanillas. El acento se grababa, se hacía más verde, mientras los Falcon con sus sombras comenzaron a reducirse, autitos chocadores primero, escamas después, tizas, hasta desenvolverse en partículas sin retorno, irreciclables.

“Así ellos reventarán”, entonó Josefina y se fue a dormir.

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Angustia
José Vicente Ortuño

Lo rodeaba una oscuridad impenetrable. Parpadeó varias veces, como si ese movimiento fuese suficiente para encender una luz. Por supuesto que no hubo ningún cambio. Se sintió desorientado. No sabía dónde se encontraba, ni cómo había ido a parar allí. Le vino a la mente haber leído algún relato de terror que comenzaba de esa manera, pero él no era un personaje de ficción y en la realidad no pasaban esas cosas. Pensó que tenía que mantener la calma hasta averiguar dónde se hallaba y por qué estaba completamente a oscuras. No se le pasó por la mente que podía haberse quedado ciego, como tampoco que podía estar sordo, a pesar de que tampoco oía nada. El silencio le intrigó, pues sabía que era casi imposible encontrar un sitio donde reinase el silencio absoluto, sin el rumor lejano de alguna carretera, el zumbido de la instalación eléctrica o el siseo del aire acondicionado. Era muy extraño no poder oír siquiera el rumor de la sangre corriendo por sus venas, como cuando permaneces un tiempo encerrado en una cámara de aislamiento.

Tengo que tener paciencia, pensó, seguro que pronto alguien abrirá una puerta y encenderá la luz.

Estaba seguro de que su cerebro enviaba órdenes a sus miembros y estos… ¿dónde estaban sus miembros? ¿Qué estaba sucediendo? ¿Había perdido la sensibilidad?

La angustia lo poseyó por completo. Sin embargo, su pulso no se aceleró. ¿Por qué no puedo sentir el corazón?, pensó. Seguro que estoy soñando, se dijo para tranquilizarse. Sí, eso debe ser, porque en los sueños suceden cosas muy extrañas, como cuando no puedes moverte o andar, aunque las pesadillas cambian continuamente. A veces empeoran, pero al fin siempre despiertas. Aunque si no estoy dormido, debería empezar a preocuparme.

Intentó recordar cómo había llegado a ese lugar oscuro, silencioso e inodoro. Sabía que se llamaba Mikel Aguirre, estudiante de Sistemas; repartía pizzas porque la beca era una miseria y el dinero que le pasaba su padre apenas cubría el alquiler del piso, que tenía que compartir con otros dos. Su último recuerdo era que iba a entregar una pizza hawaiana grande, con anchoas y queso de cabrales, en un edificio de oficinas recién inaugurado, perteneciente a una empresa llamada BMC. Había saludado a la recepcionista, una chica de grandes tetas y labios con colágeno. Luego entró en el ascensor y pulsó el botón y… ¿qué sucedió? ¿El elevador se había averiado? ¿La cabina se habría soltado de sus cables para ir a estrellarse contra el fondo del foso, donde él yacería despachurrado? Descartó la idea; debía estar vivo, o no estaría pensando… 

Frunció el ceño, pero no sintió cómo lo hacía. Gritó. Además de no oír nada, ni siquiera notó la vibración de su garganta, ni el movimiento de la lengua. ¿Qué le sucedía? ¿Por qué no sentía nada y a la vez estaba tan tranquilo? Debería estar preocupado, ¡y vaya si lo estaba! Inspiró con todas sus fuerzas y luego soltó el aire. Tampoco parecía respirar, y si no respiraba estaba muerto. ¿Cómo había sucedido? Era ateo practicante y lo del “más allá” le parecía un cuento de viejas, por lo que descartó la posibilidad de estar en el limbo, el purgatorio o como demonios le llamasen a esos sitios donde se supone que la gente va tras la muerte.

Quiso ver el lado positivo de las cosas, pero no encontró la forma de hacerlo. Al contrario, por su mente empezaron a desfilar los pensamientos más nefastos. Estaba casi convencido de que había tenido un accidente con la moto y en esos momentos se encontraba en un quirófano. ¿O se hallaba en un frigorífico de la morgue? ¡No podía ser, porque todavía estaba vivo! ¿Y si no se daban cuenta y le practicaban la autopsia?

Nada cambió durante una eternidad. Hasta que, sin previo aviso, comenzó a sentir un cosquilleo en todo el cuerpo, como si una corriente eléctrica de baja intensidad fluyese por su interior. Luego hubo un destello de luz cegadora. Después un sonido crepitante como ese molesto chisporroteo que oímos por una radio cuyo dial está en la zona donde no se sintoniza ninguna emisora.

Se sintió aliviado. Después del aislamiento aquello le pareció buena señal. Para su tranquilidad, la visión se fue enfocando hasta formar una imagen coherente. El sonido se convirtió en zumbido y luego en ruido ambiente: crujidos, susurros, pitidos, pasos…

Le calmó comprobar que no se encontraba en un quirófano ni en una sala de autopsias. El lugar parecía un laboratorio electrónico, en el que varias personas vestidas con batas blancas manipulaban aparatos y, de vez en cuando, se volvían a mirarlo.

Dos hombres se colocaron frente a él. Uno era calvo con la cara tan chupada, que recordaba la de un buitre. Al otro le sobraban bastantes kilos y, en medio de su cara redonda, resaltaba una mirada siniestra. Lo observaron muy serios durante unos instantes y luego, sin decir palabra, tomaron notas en sendos Tablet PCs.

De pronto apareció la rubia pechugona. También vestía una bata blanca, pero ajustada y abierta por el escote, luciendo un aumento de pechos de al menos seis mil euros. La chica se acercó a Mikel e inclinándose lo miró de arriba abajo, pero la mirada de él se fue directa al busto. Y entonces lo vio, en el bolsillo superior de la bata. Era un logotipo con un dibujo extraño, que recordaba a una esponja con las siglas “B.M.C.” superpuestas. Debajo había una inscripción que no pudo leer hasta que la mujer se incorporó: “Banco Mundial de Cerebros”.

—¿Qué me han hecho? ¿Dónde está mi cuerpo? —gritó, y escuchó sus palabras pronunciadas por un sintetizador de voz, que le daba un desagradable tono metálico—. ¡Devuélvanme mi cuerpo!

Los tipos rieron y sus carcajadas resonaron como un eco electrónico en el interior de Mikel. Su miedo se convirtió terror.

—¡Sólo vine a entregar una pizza!

Alguien desconectó el sonido.

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Secretos
Leonardo Killian

Le gustaba esa esquina del río.

Podía pescar mientras los aviones le pasaban sobre la cabeza. Aviones en los que nunca viajaría y que le atraían y repelían al mismo tiempo.

Se había quedado solo.

A ciertas horas se quedaba solo y le gustaba. Como las mañanas en las que llegaba para ver amanecer y podía matear y escuchar la radio sin compañía.

O las tardes de invierno, cuando era el último en levantar los bártulos y devolver los bichos al río.

Le gustaba quedarse solo, sentir el viento húmedo en la cara y así se pegaba una vuelta por los años. Se sentía un personaje de Melville que se hubiera acostumbrado a fumar en pipa cuando pescaba.

Entonces, apagaba la portátil y se producían esos momentos mágicos donde el rumor del agua era su música de fondo y ya no estaba en la Costanera.

Estaba en los mares del Sur, era el viejo de Hemingway, o se volvía al Paraná con el Beto, con Chachito, descalzo, sin tiempo, a puro sol. Feliz.

La tarde se le había venido encima con una niebla espesa, cuando sintió el tirón de la tanza demasiado fuerte.

A pesar del oleaje del río contra el paredón, del viento y del ocasional ruido de algún auto, escuchó nítida la risa que venía del agua.

Las vio salir y sumergirse para volver a salir con las colas de escamas grises y el pelo, una maraña renegrida.

El tirón fue tan fuerte que tuvo que asegurar la caña con toda su fuerza.

Volvió a escuchar las risas y los gritos incomprensibles, pero ya no veía nada. La niebla seguía bajando y se sentía húmedo. Temblaba de excitación; no tenía miedo.

Sintió la caña floja y recogió el anzuelo. Guardó todo en la valijita y caminó hasta la parada del 107.

Aunque eran algo más de las siete, la noche se había cerrado.

Pasaban pocos autos y las luces que rompían la niebla eran las únicas estrellas.

Un avión enorme pasó sobre los árboles y en pocos segundos se perdió en la oscuridad del río.

 El río tiene sus secretos, y él sabía que se llevaba uno mientras volvía a meterse en la ciudad como un ladrón en una casa vacía.

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El llamado de los corazones jóvenes
Mohamed El-Ashry

Ghada, la Soñadora, encontró a su amante preocupado, mordiéndose las uñas. Lo abrazó y le dijo:

—Cariño, cuando te abrazo siento que el mundo se cubre de plata y que el agua se transforma en una noche brillante.

Comenzó a hablarle de su abuelo y logró capturar su atención. Él le pidió que le contara todo, pero recién se calmó cuando ella le aseguró que su abuelo estaba bien. Se sintió más relajado cuando ella también le contó sobre el viaje y su abuela.

Fueron al río, y se quedaron en la costa mirando al cielo estrellado y a la luna que yacía en su cama celestial, con la ventana totalmente abierta. Su luz brillaba suavemente sobre el agua...

Se abrazaron al tronco de un árbol y siguieron el suave y armonioso fluir de la corriente. Mientras permanecían en silencio, una procesión pasó al lado de ellos. Un hombre del grupo, apenas los vio, los saludó. Ella le contestó con un movimiento de la mano.

Su amante se sorprendió ante la actitud del hombre y le preguntó:

—¿Qué sucede?

Ghada, la Soñadora, rió y no le dijo lo que él quería saber. En cambio, le contestó:

—No te preocupes... Tal vez esa sea su manera de saludar a dos amantes, cuando pasa junto a ellos.

En los ojos de la pareja se reflejaba la armonía del agua, impulsándolos a callarse. Se miraron, su imaginación se liberó hasta disolverse, uniéndolos el uno en el otro. La luz estalló en alegres colores para mezclarse con abrumadoras ondas de amor. Paladearon esa agua, disfrutándola sin cansancio. Los instantes transcurrían como si fueran siglos de felicidad. La luna destellaba en sus rostros. No podían decir quien era quien, todo lo que sabían era que ellos eran sólo uno.

El toque de sus dedos en el tronco del árbol hizo brotar capullos. Cuando los advirtieron, acariciaron todo el árbol, hasta el borde del río. Los capullos crecieron y crecieron... en segundos el árbol floreció y dio frutos.

Jóvenes corazones bajaban desde el árbol, llamándose unos a otros. Todos siguieron a Ghada y a su amante cuando llegaron al hogar. No había nada más asombroso que el rostro de la Soñadora.

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Utopía
Ezequiel Gaut vel Hartman

Hoy nadie conoce el miedo. Hace ya algún tiempo que desapareció. Se esfumó de la faz de la tierra. Y junto con él, migraron sus parientes más cercanos: las represiones, las prohibiciones, los silencios, los tabúes...

Me acerco a la ventana y contemplo la calle desierta, tranquila y silenciosa. Una tenue alegría tiñe mi alma. Cae la tarde. Tiempo atrás, a esta misma hora, la calle debe haber sido un hormiguero de gente empujándose y apretujándose, pugnando por volver a sus casas lo antes posible. Cierro la ventana, doy tres pasos y me recuesto en el sillón.

Cierro los ojos.

Ahora que empecé a recordar, no puedo evitar que las imágenes del pasado salten a mi mente: Es la mañana temprano. Salgo de casa ni bien termino de desayunar. Ya voy tarde. Avanzo por la calle de las hormigas con paso apurado, nervioso, pensando qué voy a decir. Es miércoles; hoy me toca el turno largo. En el camino, a mi alrededor, están las puertas de las casas, las puertas de los negocios, las entradas de los edificios. No puedo cruzar ninguna de ellas, tengo que ir al trabajo. Y cuando retorne a casa por la noche tampoco las cruzaré. Mis puertas son dos, o tal vez tres, pero no todas, no cualquiera.

Y un día simplemente ocurrió. Tenuemente la fuerza que nos impedía abrir las puertas se empezó a relajar. Acaso porque ya era demasiado vieja y no quería, o no podía, seguir. Como un piano o una guitarra: con el tiempo la tensión en las cuerdas inexorablemente se afloja. Empezó poco a poco, como una grieta minúscula en la pared por la que se filtra primero una gota, luego otra, luego otra. Nadie pensó que lo que estaba sucediendo era que nos liberábamos, uno a uno; se resquebrajaban los eslabones de la cadena que, desde tiempos inmemoriales, retuvo el alma humana. El imperio del miedo estaba tocando a su fin. Era el final de la época de las puertas; el tiempo de los puentes se acercaba.

Es curioso, antes no solíamos pensar en el miedo, pese al papel central que jugaba en nuestras vidas; pocos se detenían a pensar el importante motor que era: las cosas que por él hacíamos, las cosas que nos prohibía... la forma angustiosa en que vivíamos, temiendo lo que pudiera ocurrir mañana, trabajando para que ello no ocurra, no hablando con extraños, sonriendo a los jefes, humillándonos, vistiéndonos según la etiqueta, calculando lo que decíamos, ocultando lo que pensábamos, reprimiendo dolorosamente lo que deseábamos...

Pero ya no importa. Las puertas se han abierto y la piel desnuda siente ahora de verdad.

Tendido en el sillón, feliz por mí y por todos los demás que nos hemos quitado las ropas, dirijo mi atención a mi cuerpo y advierto que el olor que emana de él se está mezclando con el que viene del dormitorio; éste es cada vez más fuerte, aunque la puerta haya permanecido cerrada desde entonces. Acostado, escucho el silencio que lo invade todo y no es interrumpido ni siquiera por mis ruidosos vecinos del departamento contiguo. Ahora que lo pienso, hace días que no me cruzo ni con la mujer ni con el hijo. ¿Qué habrá sido de ellos? Espero que se encuentren bien. Tengo que admitir que me cayeron simpáticos desde el día en que llegué. Y sé también que yo les caí simpático a ellos. Supongo que esto se debe a que su anterior vecina no los veía con buenos ojos. Pero las miradas reprobatorias se terminaron para ellos, no hace mucho, el día en que crucé la puerta del departamento contiguo y me convertí en su nuevo vecino.

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El hombre bomba
Ana cristina Rodriguez

Marte, Metro de Nova Escocia, 05:30 Hora Patrón Tierra

La luz de la estación, artificialmente controlada, era un alivio para los ojos cansados de Lenora. Veinte años viviendo en Marte, y aún no estaba acostumbrada a los tonos rojizos de este extraño mundo.

Trabajaba al aire libre, en los grandes campos de soja transgénica. No le importaban las protestas de algunos grupos radicales, defensores de la pureza genética de la naturaleza sin interferencia humana. Hacía su trabajo, y que los retrógrados rugieran.

Notó que el hombre a su lado estaba cubierto por un abrigo grueso, y cargaba una maleta que parecía pesada. Intrigada, Lenora intentó adivinar lo que habría allí dentro. El desconocido percibió su gesto y giró en su dirección. Un movimiento, y un arma apareció en su mano.

—Es una bomba, para destruir tus preciosos campos de soja.

En pánico, Lenora no supo qué hacer. Tal vez lo más sensato fuera esperar la actuación del personal de seguridad del metro. Las cámaras deberían estar grabando todo, con audio y vídeo, y en breve alguien la ayudaría. Mientras tanto, se dedicó a distraer el eco-terrorista, no fuera que intentara algo.

—¿Así como así? ¿Por qué?

—Se creen muy despiertos, modificando la Obra. Les vamos a demostrar que somos mejores... Los que aman la Naturaleza triunfarán sobre ustedes y sus viles estratagemas.

La científica, sin quitar los ojos del arma, intentó calmar al sujeto. —No es así, podríamos hablar sobre eso y...

—¡Demasiado tarde! En cuanto pase el próximo tren, el destino de esas plantaciones estará sellado.

Para alivio de Lenora, una voz grave resonó en la estación vacía.

—Suelte la maleta. Somos de la Policía Metroviaria. Tenemos orden de disparar, si es necesario.

Un escuadrón entero, veinte oficiales armados. Todos mirando el terrorista con ojos duros. El corazón de la mujer volvió a latir, y ella sonrió aliviada, en triunfo.

A sus espaldas pasó la formación, sin detenerse. Probablemente había sido avisada del tumulto. A Lenora no le importó, llegaría con atraso, pero el loco sería detenido. Por eso le extrañó cuando el sujeto comenzó a reír a carcajadas, con un sonido alto, como si hubiera enloquecido.

Los guardias se contemplaron entre sí, con la mira aún puesta en el sujeto. De pronto, un eco sordo sonó a lo lejos y al mismo tiempo que la voz del jefe policial. La carcajada aún retumbaba, burlona, tapando la voz del oficial, que cuando terminó la comunicación miró a su alrededor, espantado. Su tono era bajo.

—El metro acaba de explotar debajo de la principal plantación de soja del planeta. Parece que, gracias a que no se detuvo aquí, los terroristas consiguieron calcular exactamente el momento que produciría el mayor estrago.

Sin parar de reír, el loco abrió la maleta, de donde cayeron una infinidad de porotos de soja. Fue la última cosa que Lenora vio antes de desmayarse.

Título original: “O homem bomba”

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman

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Victoria alada
Daniel Alcoba

Victoria es una pura blasfemia tapizada en cuero. Tiene ADN de vaca anglonormanda (bovis bovis) con material genético de  murciélagos orejudos (Plecotus auritus), dos (2) alas, cuatro (4) patas, cuatro ubres de dos (2) pezones cada una. Su linaje era obra de becarios de la According Co. Desde aquella primera broma de combinar ADN tan disímil habían pasado diecisiete generaciones de vacas aladas progresivas –por llamarlas así–, que a medida que insacularon material genético de las más diversas procedencias, cambiaron sus características físicas, etológicas y temperamentales.

Treinta promociones de ingenieros genéticos y otras veinte de masters genetistas siguieron bromeando con los genomas de las vacas aladas. En los últimos tiempos habían acercado a las pterovacas del prodigio al prodigio...

Cuando introduje una muestra de pelos y piel de Victoria en el Gen Tester me llevé un buen susto: el genoma de Victoria estaba más cerca del humano que del bovino. El GenTester clamaba auto de fe, iluminando el icono del horno.

En mis primeros años, cuando era genexorcista de 3ª clase, no habría dudado en dar muerte a Victoria, e incinerar sus restos hasta reducirlos a pura ceniza blanca. En el presente, ya exorcista de 1ª, pero en la sesentena, la idea de aniquilar a esa pobre criatura me supo a crimen, de manera que opté por callar los resultados del test y fingir que Victoria era una vaca rara.  

Sucesivas generaciones de ingenieros genéticos habían acentuado los rasgos ptero de Victoria, cuyos antepasados más remotos tenían alas tan pequeñas como las de los angelitos rococó, o bien los alerones de los coches de fórmula 1, es decir, inútiles para volar, y al mismo tiempo ridículas. Pero la madre de Victoria, que incorporaba 53 manipulaciones de pterogenes, ya tenía una considerable envergadura de sustento aéreo (3,8 metros), unos remos delanteros casi inútiles, y huesos huecos de estructura reticular. Ya podía llamarse, con rigor, con propiedad, pterobovis (malenconico blasphematoris, a causa de los genes humanos, pero yo acababa justamente de poner estos rasgos entre paréntesis, y guardarlos solo para mí).

Victoria tenía cuatro años de edad y desde hacía seis meses, entre las diez y media de la mañana y las cuatro de la tarde en días soleados, conseguía planear muchos metros lanzándose desde un pequeño barranco sobre un prado de verde hierba.

A causa de los miembros anteriores convertidos en alas, o solidarios con éstas, la marcha de Victoria era tan penosa como la de un murciélago. Y como además tenía genes humanos, le avergonzaba que la gente la viese andar de modo tan desmañado, que le miraran las enormes orejas grandes y redondeadas como antenas parabólicas, y demostraba una curiosa voracidad hacia los bichos, en particular le gustaba comer mariposas, arañas, tábanos…

El amor imposible entre la alada Victoria y el caballo Cencerro fue un fruto que no Dios sino el hombre hizo crecer en una rama demasiado frágil como para que pudiera sostenerlo. Cencerro también era un solitario, no por su monstruosidad, que no la tenía en ningún sentido, sino por su soberbia y mala índole. Sin embargo, Victoria y él pudieron compartir un prado de muy buena gana. Tanto más porque uno pacía la alfalfa, la avena o la mera hierba, mientras la otra se comía los insectos.

Cencerro, un padrillo malacara de sangre muy caliente, cortejó a Victoria. Lo hizo de manera por demás antinatural y cruel, puesto que además de ser un caballo, se comportaba como psicópata.

¿Qué podía salir de un romance tan desigual entre un pura sangre contaminado con material genético humano y una vaca con alas y orejas grandes como antenas parabólicas, e igual de redondas?

Fueron escarceos copulatorios sin la menor esperanza, no a causa de la histeria de Victoria —que no era nada histérica la pobrecilla—, sino por Cence, que al entrar en erección, luego de frotar la verga sobre la vagina de Victoria, e incluso lamerle un poco la grupa, levantaba la cabeza, soltaba un relincho y se lanzaba al galope tendido como si persiguiese alguna yegua del destino, abstracta, sin penetrarla nunca.

Luego Cencerro parecía olvidarse de todo, ni siquiera se masturbaba como suelen hacer los sementales sin yegua a la vista. Nada de eso, lo que solía hacer el caballo imposible de la cabaña del Buen Pastor era convertir los bríos sexuales en vanidad feroz.

Después de contemplar un momento la grupa baya de Cencerro que se alejaba al galope, Victoria escarbaba con los morros, hozaba en tierra blanda; y si por azar se le aparecían escarabajos, gusanos de tierra, hormigas, escolopendras, escorpiones... se los zampaba, mientras Cence proseguía su febril galope como si el celo de Victoria lo persiguiera también a la carrera.

Uno y otra eran animales gesticulantes, pero al tiempo que Cencerro al marcharse fruncía los ollares como un atildado esnob que de pronto huele mierda, Victoria, más trágica, arrugaba los morros con estilo aflictivo.

Desventurada Hécuba con cuatro pares de pezones y dos enormes alas de murciélago. ¿A quién si no a ella ese Agamenón Atrida que era el Buen Pastor le había deslizado a Cencerro, el funesto caballo en la ciudadela sentimental que era su prado? 

Los bovinos cuadrúpedos a secas, los équidos, las ovejas, parecían no fiarse de Victoria, la evitaban. Y con mayor razón eludían su trato, y hasta su fino oído los grillos, las langostas, las chicharras… De ahí la endecha que escribió el Buen Pastor: 

Es la bestia más triste de la ganadería

Esta Victoria alada, la pobre vaca mía.

Pocas veces, ha escrito el Buen Pastor en sus Memorias, se ha visto criatura más desventurada.

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Paseo nocturno
Miguel Canel

Bajo del colectivo; la noche está hermosa, me digo, caminaré. De pronto tropiezo, ruedo por el suelo tras chocar con un bulto oscuro. Lo reconozco, es uno de esos que pululan y se juntan en la calle como si fueran sus dueños. Su piel negra y lustrosa se ha cortado con el accidente y de ella mana una sustancia inmunda. Siento olor a podrido.

Adivino a otros en las sombras, agazapados. Aunque sé que nunca atacan a la gente, trato de incorporarme de inmediato; resbalo torpemente, el ácido o lo que sea que ha derramado cubre la vereda. Miro a mí alrededor: en silencio, como si llegaran deslizándose en el viento, me rodean. La calle está vacía, la luz del farol ilumina sus cuerpos oscuros y brillantes. Ahora se cierran sobre mí formando una muralla. Quisiera arremeter contra ellos, pero me siento entumecido; la humedad del piso se filtra por mi espalda. ¿Acaso nuestros desechos ya no les alcanzan?

El viento arrecia y el muro que me rodea vacila, se tambalea; y ellos, gordos y rellenos, caen sobre mí. Se desmoronan y se rajan, se abren, vomitando mierda de pañales, huesos de pollo, envoltorios de medicamentos, cáscaras, memorias electrónicas.

Otro colectivo se acerca raudamente, pero el chofer no piensa detenerse: sólo ve un montón de bolsas de basura, a unos metros de la parada vacía.

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Cicatrices
Saurio

Con la maravillosa impudicia en que lo obvio se nos hace primero evidente y luego iluminación, caer en la cuenta de la involuntaria función del ferrocarril como preservador de estados previos a lo urbano que nos permite ver la pampa que se oculta bajo la metrópoli, ya sea por necesidad de espacios ampliamente vacíos para guardar vagones o porque los yuyos crecen donde hay un poco de tierra o porque se le permite al señalero criar cabras bajo el puente para aplacar el aburrimiento y tener carne fresca para el asado.

A todo esto agregarle la cicatriz de las medianeras no pensadas para ser vistas sino para darle la espalda a un conglomerado de basura, enredaderas, ratas y pasajeros, y tener un panorama del dobladillo de la ciudad en el que son detectados los hilos que cosen las calles y mantienen en su lugar los edificios, que si así no fuera todo saldría volando por obra y gracia de la rotación terrestre o las topadoras municipales.

Y con esta epifanía bajar en una estación que de tanto mantener la altiva elegancia del pasado muchos creen que está abandonada, descender las escaleras postizas por la avaricia de propietarios que han preferido alquilar el hall para fiestas privadas antes que dárselo gratis al usuario, cruzar el empedrado de Dorrego y esquivando los azapallados residuos fecales de perros vegetarianos bordear la cancha de polo acercándose a la sastrería para ver venir a una mujer corriendo lentamente en una eléctrica desesperación, como quien está apurado por cometer una travesura o debe cumplir con un horario que no se rige por la lógica de los relojes, verla detenerse con la misma irracional convicción de que la prisa es fundamental para llevar a cabo su propósito y por eso debe embutir su campera en un hueco de un tronco y debe sacar una bandeja de carne picada de una de sus bolsas y debe armar amorfas albóndigas y debe arrojarlas al techo de tejas con fuerza y sin pausas mientras profiere secos y cortantes “¡Mish! ¡Mish! ¡Mish!” como gritos de guerra de un arte marcial que aún no conoce punto cardinal ni razón para su existencia salvo el acto de existir.

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Irse
Juan José Delaney

Apenas tomó conciencia de la situación, ordenó le discontinuaran el servicio telefónico. Casi todos sus amigos habían muerto, a los parientes siempre los había considerado inexistentes y, encima, su hija única, entonces en el extranjero, hacía mucho que había dejado de comunicarse con él. Entonces estimó que lo mejor era retirarse sin decir nada, sin despedirse siquiera de la criada, único ser con quien compartía diariamente unas pocas horas y unas mínimas palabras. En verdad, la decisión era atinada, como lo mostró el hecho de que la mujer, ocupada en ordenarle el living, ni se volvió cuando él cruzó el ambiente rumbo a la puerta de salida. Ya en la calle, enfiló hacia el destino desde siempre previsto. A las cinco cuadras se dio cuenta de que se había olvidado el reloj pulsera e inmediatamente reflexionó que no se trataba de un olvido casual y que resultaba absurdo volver para buscarlo. Al cruzar el puente de la avenida General Paz se sintió cansado y detuvo la marcha para decirse que había caminado bastante, que desplazarse del barrio de Villa Urquiza hasta allí a pie no era poca cosa. Todo esto lo pensó sin darse vuelta, un poco porque su padre siempre le había enseñado que nunca había que mirar hacia atrás y otro poco porque ya tenía la vista fija en dirección al partido de San Martín, su meta. A la media hora se detuvo en un boliche para pedir un vaso de agua. Pronto estuvo en el cementerio de San Martín, zona en la que estaba el objeto de la travesía. Había adquirido el sintético ambiente en cómodas cuotas. Ahora se instalaría entre esas cuatro desnudas paredes que sólo albergaban un lecho, un reclinatorio y un candelabro. Oportunamente había dejado de pagar el servicio eléctrico, por lo cual no tenía timbre. Llegaba a ese sitio tras un largo pero inexorable proceso en el que, poco a poco, más y más cosas habían ido perdiendo para él todo interés. Las palabras fueron lo último; por eso cuando les llegó el turno a ellas, sobrevino el aislamiento. Sin reloj, sin diarios, sin medios de comunicación, el tiempo parecía no existir. Acaso porque era lo que en rigor quería o porque había nacido para eso, nada le costó habituarse a su nueva condición. Innumerables días se concentraban en uno que algunas plantas y un poco de agua lograban sostener. Lo que más hacía era espiar por la vidriada puerta. Su mirada sorteaba los árboles para detenerse en las prolongadas hileras de tumbas, guardianas de secretos y misterios: cretinos o hipócritas que habían sido sepultados como santos, almas grandes que habían tenido que partir envueltas por la ignominia. Muy cerca, los mortales intentaban el saqueo último: flores, monumentos, placas… A veces recibía inesperadas visitas de conocidos que se habían preocupado por averiguar su nuevo domicilio. Como la puerta no tenía llave, entraban sin pedir permiso. Casi ninguno de esos visitantes abría la boca. Se limitaban a mirarlo un rato y tras dejar un ramo se iban. Porque ya no tenía palabras, tampoco él decía nada. Una vez se apareció la hija. No estaba sola: un hombre y dos niños la acompañaban. Ella trató de expresarse. Primero lloró y después le salieron unas palabras. «Pensar que nunca pudimos hablar», dijo. O algo parecido. Pero él no podía hacer nada, y en verdad ninguna de esas visitas ejercía ningún efecto sobre él. En cambio se emocionó y conmovió cuando empezaron a llegar personas que él entendía habían muerto hacía años. Curiosamente -y pese a que tampoco mediaban palabras- lograba con ellas una secreta y armoniosa comunión, la certeza íntima de que siempre habían estado con él. En cierta oportunidad se apersonaron sus padres, que bien sabía habían fallecido muchísimo tiempo atrás. Parecían más jóvenes que él. Esa vez, sí, quiso hablar, y la palabra fue un gemido. El gemido primero y final, el incomprensible, el de todos.

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Expedición
Vladimir Stojnic

Desde luego sentíamos cansancio, buscando sin éxito esa calle. Nuestro hombre estaba sentado en una habitación de alguna casa en esta ciudad, esperando. Uno de nosotros dijo: —Eso no es una ciudad, eso es una masa de fideos cortada en cubos idénticos. ¿Cómo vamos a encontrar algo en un lugar así?

Otro susurró: —Igual, es extraño que no podemos encontrar la calle, no fuimos a ningún otro lugar fuera de esta ciudad.

Acá todos los barrios son iguales, los parques están siempre en los mismos lugares, hasta el orden de los árboles es igual.  El mismo hombre, uno en cada barrio, vestido de negro, con sombrero, estaba parado en el mismo lugar. Eso fue en la esquina donde dos calles se juntaban en ángulo recto. En uno de los barrios decidimos preguntarle sobre la dirección de la calle. Una vez frente a él le puse un papelito en la mano. Él lo miró por un rato y nos dijo:

—Sí, sí, pero no me dijiste si quieren entrar o salir.

Desde entonces, y eso fue hace largo tiempo, estamos parados delante de él sin contestarle, y él está parado delante de nosotros esperando una respuesta.

En una casa nuestro hombre nos esperará hasta que nazcamos. Entonces será demasiado tarde.

Titulo original: Ekspedicija
Traducción del serbio: Darko Miletic
Este cuento es el ganador en la categoría de relato corto del concurso literario de sitio www.art-anima.com . Enero de 2007. 

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El terrible inspector Mordancio
Ricardo Germán Giorno

Estacioné el Falcon en la vereda de enfrente. Me gusta tener una panorámica inicial del lugar de los hechos. Siempre me quedo observando el corrillo de gente que se aglomera contra el cordón policial. Trato de fijarme tanto sus caras como señas particulares. Uno nunca sabe por dónde puede saltar la liebre.

Bajé, chapié al policía, que me dejó pasar, y me dirigí al superior a cargo.

—Buenos días, Sargento—le dije—, dígame algo que yo no sepa.

—Mamarse por la mañana es malo, Inspector —me contestó solícito.

—Gracias.

Una vez en el edificio no tomé el ascensor, fui por las escaleras. La gente a veces realiza estupideces de último momento y hay que estar preparado para los imponderables.

Llegué en óptimas condiciones al piso diecisiete. Me salió al cruce mi superior directo, por lo que aproveché para hablarle:

—Buenos días, jefe, dígame algo que yo no sepa.

—Tiene que bajar treinta kilos —me contestó con una sonrisa, hay buena onda con él—, mínimo. Resopla como un cerdo. Vaya y tírese en el sofá del living, el único que no tiene marcas. Ah, y cuando se quede dormido no se mee encima, es desagradable.

Le hice caso sólo por que se debe respetar la autoridad. Si yo estaba fresco como una lechuga.

Fui directo hacia el sofá con movimientos que demostraban mi autoridad.

—Inspector —me dijo al paso el técnico dactilar—, trate de caminar derecho, hay muchas pistas en el piso.

Pichones.

Una vez reclinado me puse a pensar sobre el caso. En eso estaba cuando me vi reflejado en el modular de vidrios esfumados que enfrentaba al sofá. Soy de los que no tienen reparos en admitir lo apolíneo de su figura. Pero eso no iba a frenarme, no iba a entorpecer mi accionar: algo extraño estaba sucediendo y yo lo descubriría.

Me paré y fui hasta la habitación donde yacía el muerto. Un felino parecía yo, con toda la pericia de la que es capaz un Inspector de Policía con mis años de experiencia.

—Inspector —me dijo la de laboratorio—, no camine sobre las pisadas del presunto asesino, borrará las pruebas.

Cuánto le falta a los nuevos. Ya no los hacen como antes.

En la habitación descansaba el cuerpo desnudo de un hombre enorme, de posaderas gigantes y de entre treinta y cuarenta años. Lucía el cuerpo lleno de una sustancia viscosa cuyo color se asemejaba al dulce de leche. La cama permanecía desparramada debajo del corpachón, como si algún peso extra la hubiese aplastado. Y la sustancia viscosa estaba por todos lados. Hasta habían escrito las paredes con ella: “Puto el que lee”, decía. Mi mente fotográfica trabajó a una velocidad increíble, y entonces, esa oración me pareció haberla leída en algún otro lado. También me sonaba algo de la caligrafía. Debería investigar.

El Forense permanecía absorto en los detalles. No había notado mi presencia, por lo que le toqué el hombro:

—Buenos días, doctor—le dije—, dígame algo que yo no sepa.

—Cambie de enjuague bucal, Inspector.

Correcto, justo lo que sospechaba: nadie sabía nada de nada. Debía actuar por mi cuenta.

—¡Oiga! —exclamó al rato el Forense en un tono que denotaba admiración— ¿Cómo se le ocurre lamer al muerto? —luego abrió los ojos desmesuradamente, seguro que no podía dar crédito a mi intervención brillante— ¡No se baje los pantalones! ¡Pero cómo se le puede parar con un muerto!

Dejé al doctor y su ignorancia. Yo ya había verificado que el Sátiro del Dulce de Leche había actuado de nuevo. El cadáver, como si fuese torta de cumpleaños, estaba embadurnado con ese afrodisíaco.

De nuevo en el living, me di cuenta de que el modular permanecía cerrado. ¿Tenía que hacer todo yo solo?

Abrí la puerta y vi una plataforma que se perdía en el infinito. Sobre la plataforma había una compleja estructura rematada en tres arcos que formaban una punta.

Cerré la puerta y quedé pensativo, absorto. Algo… algo estaba funcionando mal.

—Otra vez el mamado viendo visiones —le dijo la de laboratorio al técnico dactilar.

Sentí pena por la chica. Hacía poco que se había casado y en ese momento, y por sus propias palabras, supe que con un borracho incurable. Sí, me dio mucha pena.

Pero yo no estaba allí para sentir aflicción: tenía que descubrir pistas que otros podrían descubrir primero.

Abrí la puerta de nuevo. El occiso me estaba mirando. Sentado. Desnudo. La piel blanca, casi fosforescente. Las nalgas rebalsando la silla que apenas lo sostenía.

—Oiga —le dije—, usted es el muerto: ¿qué hace acá?

—Vine a decirte algo —me dijo.

—Bueno, entonces dígame algo que yo no sepa.

—Sos un gordo pedorro, borracho y bufarrón.

Cerré la puerta.

El caso comenzaba a tomar implicancias insospechadas. Debería trabajar un poco más sobre las pistas y luego cotejarlas con las que proveyesen los ineptos de huellas y laboratorio. Por el momento no tenía nada que hacer en ese departamento.

La calle me esperaba, y en ella comenzaba la aventura.

—Inspector —me dijo el Jefe—, no se vaya agarrando de las paredes; va a dejar sus huellas por todo el edificio.

El hombre necesitaba el retiro, urgente, pero por el momento era mi superior y por lo tanto debía obedecerle.

Una vez que arranqué el Falcon enfilé para la chocolatería de Eurico. Hace el mejor dulce de leche casero del mundo y tiene un empleado que se come todo. Estaba empezando a tener un trasero tan enorme que seguro rebalsaría de cualquier silla.

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Los robadores
Mario César Lamique

La primera vez que entraron en casa nos asustamos mucho. Mi papá no se movió de su lugar en ningún momento, parecía que no respiraba; mi mamá gritaba cosas que nadie de los presentes se tomó el trabajo de entender, mientras nos abrazaba —muy fuerte— a mi hermana y a mí, como si nos fuera a asfixiar.

Ellos hacían todos sus movimientos de forma maquinal, como siguiendo paso a paso una coreografía; mi papá no salía de su insoportable quietud, y mi mamá, en un intento desesperado por escapar, corrió hacia la puerta, pero le fue imposible abrirla: ya no era la nuestra.

La segunda vez que entraron se hizo de noche en ese instante. Saltaron la verja, se metieron por la puerta, que estaba mal cerrada y volvieron a hacer sus movimientos maquinales, manipulando las armas; una bolsa vacía y otra llena. Robaron el televisor a color y pusieron otro falso en su lugar, hicieron lo mismo con el equipo de música, el microondas y los cuadros de paisajes que tapaban manchas de humedad en la pared; cuando ellos se fueron la noche siguió.

La tercera vez que entraron nos habíamos mudado de casa pero nos encontraron igual. Estábamos solos, mi mamá ya se había ido y mi papá tardaba en llegar; ellos entraron sin esfuerzo y con sus dos bolsas  robaron cada uno de los artefactos del hogar y los muebles, y pusieron otros falsos en su lugar, sin mirarnos. Siguieron robando, un florero, expresiones de fotos familiares y hasta posters de la habitación de mi hermana, que abría la boca como si estuviera por decir algo y se balanceaba de atrás para adelante como presagiando una caída.

La cuarta vez que entraron los maté.

Mi mamá viene a verme seguido y me cuenta mentiras sobre su vida, continúa diciendo frases incomprensibles aunque ya no me puede abrazar —muy fuerte— como si me fuera a proteger.

Mi padre está tranquilo en casa, a salvo de sobresaltos, ya sin nada verdadero que le puedan robar. Mi hermana a veces emite algún sonido, pero de su boca nunca sale una palabra, mientras balancea el cuerpo de atrás para adelante, siempre a punto de caer.

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Mal de ojo
Edgar Omar Avilés

Cuando tuve en mis manos el envase de cerveza tipo caguama que cumplía deseos —producto Z38 de Compras-TV S.A.—, me di cuenta que en su etiqueta, bajo las pequeñas letras que sentenciaban: "El abuso de este producto es nocivo para la salud", se leía: "Sólo vale para un deseo". Contrariado ante tal restricción, pero aún motivado por los spots publicitarios de media hora que había visto decenas de veces, pronuncié el anhelo que encabezaba mi lista: "Deseo que alguna parte de mi cuerpo se rebele". No pensé en las proporciones que aquello podría alcanzar, aunque tal vez hubo suerte, ya que no se desprendió una mano, una pierna, los genitales o quizás todo el cuerpo del cuello para abajo; únicamente se rebeló mi ojo derecho. Al instante el bribón salió rodando, ¡cómo rebotaba de lo contento el muy ingrato! Debí sospecharlo, desde hacía días me miraba de soslayo. Por tanta felicidad de ver mi deseo consumado me mojé el pantalón y pensé: "¡Oh!, mi orina también se ha rebelado".

Tras un par de minutos de intenso gozo viendo como mi ojo buscaba y luego huía por la puerta, tan ágilmente como se lo permitía su casi esférica figura, llegué a la conclusión que aquello no era tan fabuloso y que quizás debí de elegir la segunda opción de mi lista de deseos: “Terminar con el hambre en el mundo”. Sin saber cómo reaccionar ante forma tan extraña de perder la vista, sólo me dije: “Ya volverá”, y no le presté más importancia. Luego, conforme empecé a sentir mareos, decidí dormirme. En mi sueño veía cosas raras: banquetas, pies, llantas, alimañas, basura, pero todo gigantesco, descomunal. Todo giraba y las imágenes se fundían como los colores de un rehilete. Me desperté asustado..., pero las imágenes insólitas continuaban.

Soporté un par de días hasta que comprendí mi error: tenía que recuperar mi ojo. Así, me concentré un rato para ver por dónde andaba el infeliz: poco a poco lograba adaptarme a su rodar.

—No, cuidado ¡Fíjate! —grité, pero no me hizo caso—. ¡Qué asco! —exclamé con deseos de vomitar y no pude ver por dónde andaba el desgraciado sino hasta un par de horas después.

Cuando recuperé la visión me di cuenta que el infame estaba en una feroz batalla contra una rata. El combate duró poco..., la pobre rata no tuvo oportunidad. La mató sin miramientos.

El perverso continuó su rodar mundo, causándome visiones inauditas y conflictos existenciales. Provocó un choque entre una ambulancia y dos camiones de bomberos; tuvo un breve pero fogoso y ciego amor con una canica de agua; le sacó un diente podrido a un perro; probó moras alucinógenas y empezó a asegurar que veía el futuro; en la esquina de una banqueta descubrió por sí mismo el teorema de Pitágoras; un taquero lo confundió con un limón y estuvo a punto de ser partido en dos. Hasta intentó vender un monumento histórico a unos gringos y engañar a un párroco haciéndose pasar por monja. Imagino que hizo muchas cosas más, pues el muy ojete varias veces se tapó la vista para que yo no viera.

Fue justo cuando el endiablado escapaba de unos jugadores de ping-pong que por casualidad vi un letrero: “Welcome to Tijuana".

—¿Cómo demonios logró hacer tantas cosas e ir del DF hasta Tijuana en sólo tres días? —me pregunté de pronto.

Tuve suerte y unas horas después el muy estúpido cayó en un enorme bache. Rápidamente me puse unos lentes oscuros, saqué mis ahorros y compré un boleto de autobús. Una vez en la frontera de Tijuana comencé a preguntar si alguien había visto un ojo irritado. No faltó quien diera algún dato importante y, en menos de dos semanas, encontré su paradero.

Mientras lo ayudaba a salir, lo noté muy ojeroso, y temblaba tanto de frío que parecía un cascabel... ya no me reconocía, tenía la vista cansada. De hecho pensó que yo le iba a hacer daño y, juntando sus escasas fuerzas, se me arrojó con toda su furia, con la firme intención de aplastarme. Era realmente penoso ver como sólo conseguía subir y bajar de mi zapato, pero el odio era verdadero... Me lanzaba una mirada espeluznante. Con el cuidado que el temor y la compasión pueden generar, lo agarré con dos varitas y lo coloqué en mi rostro, pero me quedó un poco flojo, pues estaba muy flaco.

Han pasado cuatro meses desde entonces. He intentado salir con muchachas para así olvidar el desagradable incidente, pero ellas siempre gritan y luego escapan horrorizadas cuando intento besarlas, porque mi ojo derecho, el gran hijo de puta, de súbito da un giro de ciento ochenta grados hacia mi cerebro. En otras ocasiones quiere dar su punto de vista y empieza a oscilar, ya sea negando o afirmando, hasta que caigo desmayado. No sé cuántos más tengan poca visión para comprar y hayan adquirido un envase de cerveza mágico, espero que el gobierno ya no permita este producto en el mercado.

Epílogo:

Estoy desesperado, tengo miedo, no sé qué voy a hacer. Ya ha transcurrido un par de años y pensé que había hecho buenas migas con mi traidor, ambicioso y muy, muy culero ojo anarquista: hasta le enseñé a prender la TV, a usar el microondas y le compré las absurdas croquetas que me pidió para su perrilla. Por confiado, ahora me angustia la carta-ultimátum que escupí anoche, en la cual se me comunica que un batallón —comandado por mi ojo y conformado por mis dientes— exige mi rendición.

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Mi vida sin mamá
Beatriz Pustilnik

Había olor a cerrado en el departamento. Una semana afuera y la humedad de las paredes invadía el ambiente. Pese a los platitos con agua que había dejado debajo de las plantas, el potus caía mustio sobre el estante de los libros de historia. Dejó el bolso en el piso, se sacó las zapatillas y se desparramó en el sofá. Suspiró. Hoy empieza otra etapa, se dijo: mi vida sin mamá. Si bien vivían a kilómetros de distancia, viajaban con frecuencia para verse, se trenzaban en largas conversaciones a la hora de la siesta, bajo la parra de uva negra junto a la piscina vacía del jardín. Hoy la muerte las separaba para siempre.

Haciendo un esfuerzo, Catalina se levantó, abrió las ventanas y corrió las cortinas. Necesitaba aire y luz. En el trayecto sintió una brisa suave proveniente del dormitorio, así que caminó hasta allí. Todo estaba herméticamente cerrado. Todo menos el placard. Qué extraño, se dijo, no recuerdo haberlo dejado así. Al acercarse para correr la puerta, descubrió tres cajas de zapatos entreabiertas. Sacó primero una y la puso sobre la cama, levantó completamente la tapa y encontró una sandalia del pie izquierdo. Se fijó si la otra no se había caído en el piso del ropero, pero comprobó que no. En cambio palpó fue un jabón envuelto en papel de seda con olor a lilas. El jabón de mamá, recordó. Tomó las otras dos cajas. Quedó perpleja al comprobar su contenido: en una, la bota izquierda, en la otra, un mocasín marrón. Sintió frío en los pies. Se puso la sandalia y caminó rengueando hacia el comedor. Esta vez fue desde el baño de donde le llegó la brisa, con silbido de fondo y tenue olor a champú. Al acercarse, le pareció entrever que la cortina de nylon se movía al vaivén. Oyó el arrullo de las palomas que anidaban desde hacía semanas en el hueco del ventanuco. Cuando vuelva del funeral las echaré, se había prometido antes de cerrar el bolso. Apoyó el pie descalzo en el umbral. Olió a jabón de lilas. Mamá, ¿estás ahí?, preguntó. Después de oír su propio eco, miró a un lado y a otro, como temiendo que alguien la hubiera descubierto en una situación tan descabellada. Si estás ahí, dame una señal más clara. Ante el silencio, sonrió. Estoy sugestionada, pensó entrando al baño. Al correr la mampara, vio a través del vidrio opaco un movimiento de alas: una paloma se rascaba las plumas con el pico. Una mezcla de repulsión y de piedad la hizo retroceder. Ya había intentado en una ocasión, escoba en mano, sacarlas del alféizar, pero había renunciado al ver los huevos en el nido. Pedíle al portero, le había sugerido la madre por teléfono. Ellos están acostumbrados. Abrió la ducha, el vapor la invadió, se sacó la ropa, se descalzó y dejó que el agua caliente corriera desde la cabeza a los pies; se enjabonó ligeramente. El olor a lilas se entreveró en su pelo. Pobre mamá, pensó. El dolor le cruzó la espalda y la quebró hasta el pecho. Envuelta en su bata blanca, volvió al dormitorio. Se preguntó quién se habría llevado el zapato diestro de cada pie. Mamá, ¿fuiste vos? Esperó inútilmente la respuesta. Sacó de debajo de la cama una pantufla. Con el pie derecho quiso palpar la otra, se agachó y estiró el brazo para encontrarla aunque sabía que no daría con ella. Le pareció sentir una caricia sobre la mano, un contacto suave de pluma de paloma. Se acercó los dedos a la nariz, sintió un persistente olor a lilas. Se durmió entre sueños de sandalias y palomas, con el pie derecho desnudo, renga, con un solo pie.

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Yo, inmortal
Gabriel Trujillo        

Libre de las redes del tiempo, libre de la red de los tiempos, yo Ulises, yo Lancelot, yo Alonso Quijano, yo capitán Nemo, yo Brayt, el elegido, el predestinado, el escrutador de los mundos, el acelerador de las distancias, el pescador de las voces de los muertos, el hilador de los fantasmas  en la rueca de Moebius, para que todo cambie y todo se modifique a mi arbitrio y semejanza.

Yo, Totem y Tabú.

Yo, Eros y Tanatos.

Yo, inmortal, errante, peregrino, fin y comienzo de todas las cosas y los seres, escribo para que la historia vuelva a contarse una vez más, para que el río de la vida no se detenga y fluya con diversidad y maravilla por causes incontables, por territorios que nacen al momento mismo en que los descubro, por relatos que urden un tapiz inmenso, inabarcable, donde las estrellas nacen y mueren con un simple parpadeo: chispas efímeras y fuegos fatuos en la piel del cosmos.

Yo, relator, en el umbral del tiempo, digo: aquí estoy, este es mi origen. El soplo de mis palabras crea mundos y atrapa en su vorágine la luz del entendimiento, el resplandor de lo arcano.

Abre tus ojos, muerte.

Abre tu cuerpo, cadáver.

Abre tu código, materia.

Abre tus nudos, sombra.

Ábranlos y lean la luz que guardan, la escritura de imágenes que los nombra y desafía.

Ábranlos y vean cuánta eternidad germina desde el polvo, cuánta realidad conserva su memoria.

Yo, centinela.

Yo, voyeur.

Yo, vidente.

Yo, legión.

Yo, pescador, alzo mi red.

Yo, relator, enmudezco y escucho.

Vamos, cosa, di tu nombre.

Vamos, sombra, háblame al oído.

Vamos, ser,  la eternidad atiende tus palabras.

Vamos, vida, palpa, pulsa, pregónate a ti misma.

Vamos, cosmos, cuéntame tu periplo.

Has recuento de tus años.

Una vez más: de principio a fin.

Que el relato que eres no termine.

Que el relato que eres no concluya.

Mientras haya tiempo para oírlo: entre aquí y ahora, entre jamás y nunca, entre tu espacio y el mío. 

En la cosecha del espíritu que despierta.

En la vendimia de la luz que me acompaña.

En el legado de las vidas que soy ahora.

En el relámpago perpetuo de lo arcano.

Vamos, cosmos, he aquí tu escriba.

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Alfa y omega
Olga Appiani de Linares

Nunca, entre todas las hipótesis barajadas, se supuso que al final —o al principio— se llegaría como se llegó.

Y mucho menos gracias a Domingo e Hipólito Cruz. Idénticos, tanto en aspecto como en gustos e inquietudes, ávidos lectores, se apasionaron por igual con las historias de ciencia ficción. Sus favoritas trataban de viajes en el tiempo; se podría decir que la famosa novela de Wells fue su libro de cabecera. Y desde chicos soñaron con construir, algún día, un aparato similar al que él describía.

Su carrera académica fue tan deslumbrante como un cometa. Nunca hicieron amigos ni tuvieron novia, pero no parecieron extrañar ni una cosa ni la otra. Toda su capacidad y energía estaba volcada al estudio y la ciencia fue la única amante a la que se entregaron en cuerpo y alma. Pronto, y con las más altas calificaciones, tuvieron en sus manos los títulos que acreditaban su sapiencia en materias cuyo solo nombre apabullaba al común de los mortales. Poco después, ambos consiguieron empleo. No ganaban gran cosa, pero eso no les importaba: estaban en su ambiente, les gustaba su trabajo… y el futuro estaba lleno de posibilidades.

Vivían en la vieja casa paterna; frugales, destinaban cada centavo al proyecto que los desvelaba. Sin ningún apoyo financiero, al buscarlo se hicieron fama de excéntricos, palabra elegante con la que ciertos círculos reemplazaban el “chiflados” otorgado por el barrio.

Sin dinero, elevaron al status de insumos científicos muchos elementos que jamás habían pensado llegar a él. La maquinaria resultante habría provocado más risas que respeto, confirmando de paso las presunciones acerca de su estado mental: en aparente confusión convivían objetos tan heterogéneos que, al verlos era imposible no pensar en un carrito de cartonero atropellado por un camión. Mucho más difícil era imaginar que el éxito pudiera acompañar semejante monstruosidad.

En soledad, durante días, meses, años, los mellizos, ajustando aquí, encastrando allá, trabajaron sin pausa en lo que, para cualquiera, no habría sido más que un incongruente montón de chatarra.

Pero al fin llegó el momento con el que tanto habían fantaseado. Todo había sido colocado, ensamblado y soldado, cada parte ocupaba su lugar. ¡Era hora de llevar la teoría a la práctica!

Tembloroso, Domingo colocó una manzana en el receptáculo temporal. Hipólito manipuló la computadora y, tras un parpadeante relumbrar, la fruta desapareció.

—¡Funciona! —gritaron a dúo.

Lamentablemente, no pudieron saber en qué condiciones se hallaba el sujeto experimental, pues no lograron —ni esa vez, ni muchas otras—, que regresara.

El resultado más palpable del experimento fue convertirlos en asiduos clientes de “El hinojo feliz”; para ahorrar costos, los hermanos variaban el sujeto de prueba según la estación. A veces, en sus escasos momentos de ocio, especulaban sobre la sorpresa que, en algún lugar del tiempo, habría producido la súbita aparición de frutas y hortalizas venidas quién sabe de dónde. ¿Y si  la famosa manzana de Newton...?

Por fin algo regresó: era una flor de azahar.

—¡Qué extraño! —murmuró Domingo.

Pero Hipólito recordó que habían enviado una naranja; esa flor ¡era la naranja… pero antes de serlo! Repitieron la prueba varias veces; siempre recuperaban flores o semillas, nunca lo enviado. Un gallo regresó como huevo; a trasluz, el embrión era bien visible. Al menos, la vida soportaba bien el viaje…

—Pero… ¿por qué regresan en un estadio anterior de desarrollo? —se preguntaba Domingo. Tras meditar largamente, le dijo a su hermano—: ¿Y si el tiempo fuera como una cinta que se crea y desenrosca a medida que avanzamos? Tal vez lo hayamos enroscado un poco, y siendo un período muy corto, no notamos sus efectos. Pero todos habríamos ido hacia atrás; por eso la naranja vuelve como flor, la flor como semilla, el gallo como huevo… Y nosotros también debemos ser algo más jóvenes, aunque no nos demos cuenta...

—¡Imposible! Einstein...

—¿Imposible? ¿Con todas las verdades puestas en jaque a esta altura? Además, ¿notaste que nunca podemos ir hacia delante? Se me ocurre que el mañana no existe, que ese tramo de la cinta todavía no ha sido creado, tal vez somos nosotros quienes lo creamos...

Hipólito recordó que varios días atrás se había hecho un corte profundo en el dedo: ya no lo tenía. ¿Estaría en lo cierto su hermano? De cualquier modo, necesitaban mayor potencia. El paso atrás, por el momento, solo abarcaba un par de baldosas del camino desconocido. Apenas unos milímetros de la cinta, si Domingo tenía razón.

Agregaron un cinturón de espejos que reflejaba la luz desprendida por la máquina en funcionamiento y, para evitar fugas, encapsularon el engendro bajo una cúpula acrílica que acabó con sus magras reservas.

Al encender el aparato, haces de luz rebotaron sobre los espejos, golpeando el plástico; una neblina difusa comenzó a llenar la cúpula. El calor se tornó excesivo para ella, y se abrieron grietas por las que empezó a filtrarse la neblina, inundándolo todo.

Si los hermanos hubiesen seguido siendo los mismos tras su contacto, habrían podido abortar el experimento. Pero enseguida fueron adolescentes, luego niños de primaria, críos en el jardín de infantes, bebés que gateaban, lloraban en sus cunas, que volvían al útero materno, involucionando hasta ser un par de células regresando a su origen.

Y todo retrocedió a la par, mientras la cinta volvía a enroscarse…

Armstrong saltó hacia el módulo lunar, las balas recularon hacia alguien que no era Oswald, el Führer volvió a embadurnar paredes, las cabezas se ensamblaron en sus respectivos cuerpos mientras la guillotina subía una y otra vez, Colón se repatrió a Génova, la floreciente Teotihuacán nació de nuevo, la Atlántida emergió de las aguas, unos simios treparon otra vez a los árboles protectores, los dinosaurios vieron un meteorito elevarse hacia los cielos, los continentes derivaron hacia Pangea, planetas y galaxias confluyeron hacia el centro del universo, que se enroscó sobre sí