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Luces del sur

Pablo Dobrinin
Uruguay

Pablo Dobrinin

Montevideo, Uruguay, 1970.

Pablo Dobrinin se graduó en el Instituto Profesional de Enseñanza Periodística en 1990. Cursó tres años de Literatura en el Instituto de Profesores Artigas. Ha sido conductor de programas culturales en la radio y ha colaborado con cuentos, poesías, entrevistas, artículos y ensayos en las revistas Punto de Encuentro, Diaspar, Balazo, Pasaporte, Humornautas, Estado de Humor, Días Extraños, Cuásar, Asimov Ciencia Ficción, y la revista de estudios literarios Espéculo (dependiente de la Universidad Complutense de Madrid), entre otras. Junto a Enrique Abelenda preparó una antología de ciencia ficción uruguaya, que aún no ha sido editada. Recientemente Domingo Santos decidió incluir su cuento “La isla” en el volumen de relatos Fragmentos del futuro (Espiral Ciencia ficción nº 38).

Entrevista publicada en Sinergia:

“Schegge di Futuro,
antología de Gianluca Turconi. Nueve escritores latinoamericanos”

#13

Cuento publicado en Sinergia:

"Luces del sur"
# 14
 
Beautiful Body
Tuomas Salmela
murdelli.deviantart.com

Mientras iba en el ómnibus pensaba cómo me recibiría mi abuela. Hacía años que no la veía, y en un momento iba a presentarme en su casa para pedirle que me dejara vivir con ella, al menos hasta que mi situación económica se regularizara.

Cuando bajé del vehículo caminé dos cuadras mirando el cielo adelgazado, los paraísos que flanqueaban las calles, y las viviendas cenicientas que se recostaban en el aire quieto.

La humilde casa de la abuela dormía en la luz helada de Montevideo. Tenía un muro bajo, un portón de lata, un jardín lleno de hormigas, un techo de chapa que no medía más de ocho o nueve metros de ancho, la puerta del lado izquierdo y una ventana a la derecha.

Abrí el portón, caminé hasta la puerta y golpeé. Al cabo de un rato la abuela se asomó en el umbral. Era obesa y no muy alta. Casi no tenía pescuezo. Los esponjosos brazos le caían sobre los flancos de una vieja solera que dejaba adivinar unos senos exuberantes. Su rostro parecía una naranja exprimida y sin color. Unos pelos hirsutos, tristemente escasos tratándose de una mujer, le brotaban de forma desordenada. Algunos le llovían sobre las líneas grises de los ojos.

—¡Abuela! —dije procurando expresar una emoción que no sentía.

Ella me miró con dificultad, también con extrañeza, como si lo hiciera a través de una cortina de humo.

No dijo nada. Se quedó observándome durante unos segundos interminables. Esperé en vano a que pronunciara una palabra y luego, con embarazo, insistí:

—Soy yo, abuela, tu nieto.

Inclinó la cabeza hacia un costado, como hacen los perros, frunció apenas el entrecejo, y sus labios se separaron dejando ver una rendija. Cuando pensé que iba a hablar, sonrió de forma dubitativa.

Estiré una mano para apoyársela sobre uno de sus flácidos brazos, como si ese acto mínimo bastara para anular la distancia que nos separaba. Su piel babosa me provocó un escalofrío.

—Te vine a visitar —insistí.

Nuevamente me respondió el gris silencioso de sus ojos.

Incómodo, metí una mano en la mochila que llevaba y saqué un frasco.

—Mirá, abuela, te traje la mermelada de tomate que tanto te gusta.

Tuve la sensación de estar hablando con un niño muy pequeño al que uno le ofrece un caramelo a cambio de un beso, pero en ese momento no encontré otra salida.

Tomó el presente entre los dedos gordos y cortos, y lo miró con cierto interés.

Mostró una sonrisa encogida, hizo un gesto afirmativo con la cabeza, se dio media vuelta y comenzó a caminar para dentro de la casa.

La seguí y cerré la puerta atrás de mí.

Había un fuerte olor a encierro, que se mezclaba con el hedor a yuyos verdes que le salía de las axilas.

Caminé tras ella por un corredor, observando su calva incipiente y los pelos blancos que le brotaban de la espalda. No pude evitar que mis ojos se posaran en sus nalgas: enormes, duras y esféricas, absolutamente injustificadas en una mujer de su edad.

Al girar a la derecha me encontré en el comedor.

La abuela avanzó unos pasos hasta la cocina contigua. Abrió un destartalado armario, sacó un cuchillo y un plato con galletas malteadas. Colocó todo en la mesa y desparramó las carnes de su trasero sobre una abnegada silla.

Sujetó el tarro de mermelada con intención de abrirlo. Su rostro se arrugó aún más y las manos se le crisparon. Al ver sus brazos fofos y los dedos que se ponían blancos por el esfuerzo, pensé que no lo iba a lograr, pero lo consiguió, como si la fuerza le viniera de otro lado.

Empezó a untar las galletas de forma exagerada.

Corrí una de las desvencijadas sillas y me senté.

La abuela comenzó a morder una galleta que chorreaba mermelada.

—Verónica te manda saludos —mentí.

Masticaba con aparatosidad.

—Terminó los estudios de medicina, aunque ya hace tiempo que trabaja en una mutualista ¿Vos en cuál estás, abuela?

Pero no me miraba a mí, sino al plato.

—Bueno, después cuando te acuerdes me decís. Macarena ya entró en primero, y Sofía en segundo. Parece que les gusta la escuela.

La abuela tomó otra galleta desbordada de mermelada y le hincó los dientes.

—Yo trabajo en una librería. Ahora estoy en el seguro de paro, pero en unos meses se soluciona.

Cerré la boca y paseé mis ojos por las paredes descascaradas y llenas de manchas de humedad. Telarañas en los ángulos del techo y polvo donde uno mirase. Todo allí era viejo, sucio y olía mal. Esa casa, con todo lo que tenía dentro, no debería existir. Pero por alguna misteriosa razón, el Tiempo había dejado su trabajo de exterminio sin concluir, y se había alejado de aquel sitio, olvidándose por completo de él.

Me levanté y fui hasta el fregadero. Abrí la canilla y salió un hilo lánguido de agua. Con una lasca de jabón me lavé las manos, y luego me sequé con mi propio pañuelo.

Sentí asco de mí mismo. Únicamente a un miserable como yo se le podía haber ocurrido ir a vivir con una abuela que no veía desde que tenía seis años. Pero no tenía a quién recurrir. La plata del seguro me alcanzaba para comer, pero no para un alquiler. Estaba solo en el mundo. Mis padres habían muerto en un accidente de tránsito hacía veinte años, y mi ex-mujer no me podía ni ver: apenas toleraba que una vez por mes, o cada dos meses, fuera a visitar a mis hijas.

La senilidad de la vieja representaba una ventaja. No tendría que explicarle nada, y tampoco sería capaz de presentarme oposición. El lugar era un mugrero, pero estimé que ventilándolo un poco, haciendo una limpieza y algunas reparaciones podía mejorarse. No para transformarlo en un lugar digno, pero sí, al menos, para que yo viviera en él.

Apoyé la mochila sobre la mesa y saqué el mate y el termo.

—Qué suerte, abuela, ahora vas a tener quien te cuide.

Sobre la cocina a gas había una caldera oscura de hollín. La llené de agua y la puse a calentar.

Mientras la abuela se sumergía en el plato de galletas de mermelada y en su propia senilidad, me puse a hacer inventario de mis nuevas posesiones. Todavía no eran formalmente mías, pero considerando el deterioro físico y mental de su propietaria eso era una minucia.

Una casa moribunda, o más exactamente, suspendida en el barranco del Tiempo.

La habitación de la abuela medía cuatro metros por cuatro. Paredes blancuzcas lamidas por la humedad, y un piso de tablones apolillados. Una cama de fierro, de dos plazas, tendida con una colcha vieja. Una mesita de luz, una lámpara con pantalla de tela color rosa, artísticamente cagada por las moscas. La insufrible escupidera asomando bajo la cama. Un ropero de madera buena, con olor a ropa de difuntos. Vestidos y visos deteriorados: antiguallas que ni siquiera en su propietaria eran concebibles. Tan sólo alguna solera insulsa y pobre lograba zafar del anacronismo que había herido de muerte a las prendas. También vi unos vestidos increíblemente estrechos, chillones y extrovertidos, que me hicieron imaginar a mi abuela jovencísima, dibujando filigranas en una pista de baile. Y después estaban las ropas del abuelo, grandes y oscuras, como conviene a la dignidad de los muertos. Había una fotito pegada en la cara interna de la puerta del ropero, pero no era de él, sino del cantante Sandro, que me miraba con ojos gitanos y lujuriosos.

El cuarto restante, del mismo tamaño que el anterior, era el que yo ocupaba cuando venía a pasar los fines de semana con los abuelos. La ventana que daba a la calle estaba cerrada, pero una luz difusa se colaba por las rendijas de las persianas. Las paredes y el piso presentaban los mismos síntomas de decadencia que el resto de la casa. No había nada en él, salvo una cama de madera, de una plaza, cubierta por una frazada gris. Probablemente había sido tendida por última vez hacía añares. A menos que el abuelo también la hubiera utilizado en sus últimos años. Si mal no recordaba había muerto de cáncer tras una larga agonía. Era entonces razonable pensar que en cierto momento se le hubiese destinado una cama para él sólo. Guiado por un impulso insano, estiré una mano para abrir la cama. Antes de hacerlo, la imagen de una sábana blanca exhibiendo una mancha marrón relampagueó en mi mente. Pero no había nada. Sólo un viejo colchón sobre la parrilla de tablas. Coloqué la frazada en su sitio y salí.

Me sentía decepcionado. La estructura de la casa me era familiar, pero faltaba algo. En determinado momento debí haber pensado que podía apropiarme de la casa, y no me refiero a una apropiación física, y ahora me daba cuenta que era imposible. Los años apilados eran demasiados y no me permitían vislumbrar al niño de seis años que corría entre aquellas paredes.

Lo importante era que la casa tenía dos dormitorios, pensé entonces, suficiente para ambos. En mi cuarto podía ubicar mis libros, mi computadora y mi equipo de música. Por el momento guardaba estas cosas en la casa de mi mujer, pero deseaba traérmelas cuanto antes.

Sin embargo, volví a considerar, yo quería aquella casa, y en algún momento de mi vida había sentido que poseía algo que me seducía, y que el tiempo no sería capaz de oscurecer.

Después que el agua hirvió, conteniendo una sonrisa, abrí la puerta que daba al fondo. La abuela me miró con los ojos bien abiertos, como si recién en ese momento reparara en mi presencia, pero se quedó sentada frente a sus galletas, sin decir palabra.

Con el mate en una mano y el termo abajo del brazo, bajé los nueve escalones.

Un patio con plantas. Un galponcito. Una reposera. Un parral y luego más de quince metros de terreno, dividido por dos caminitos de cemento, bordeados de piedras. Unas cañas podridas tiradas sobre la tierra negra parecían indicar que en una época se cultivaban tomates, pero ya no había nada plantado en la quinta, a excepción de un membrillo y un naranjo. Al fondo se erguía un muro alto de grategos, a la izquierda otro de ladrillos, y a la derecha un tejido parcialmente cubierto por una enredadera.

Avancé despacio por uno de los senderos y respiré satisfecho.

Ahora sí, me dije. Este fue siempre mi lugar. Y entonces, sin necesidad siquiera de cerrar los ojos, volví a ver a ese niño de seis años. El pelo lacio y brillante le caía abundante sobre la frente, como en la foto más antigua que conservé durante años. Tenía una camiseta a rayas, un pantalón corto y oscuro, y unos zapatos acordonados. Estaba en cuclillas, empujando un camión verde y largo que transportaba animales de la selva...

En el galponcito había muchas cosas: un tocadiscos, bolsas con ropa vieja, recibos y papeles antiguos, álbumes de fotos, tablones, fierros herrumbrados, y una larga lista de electrodomésticos rotos: una plancha, una licuadora, un televisor, un secador de pelo... Entre tantas porquerías pude rescatar algunas que me sirvieron: un colchón de una plaza, unas sábanas, una almohada, y una reposera, con la tela gastada como la del patio, pero firme pese a los años.

Luego fui hasta mi cuarto, abrí la ventana para que entrara aire nuevo, y empecé a tenderme la cama. Cuando terminé experimenté cierto alivio, como si recién en ese momento hubiese resuelto mi problema de vivienda. Pero este sentimiento no me duró mucho, porque al abandonar la habitación volví a reparar en la mujer con la que iba a vivir. La abuela tenía una solidez de viento, de bruma. La sentía vaporosa como los recuerdos que flotaban y se quedaban atrapados en el techo de la casa. Se iba deshaciendo de a poco, dejando la tinta gastada de su vida en las paredes y en los pisos de madera, sin darse cuenta que se moría, que se levantaba sólo para seguir muriendo, arrastrando las piernas y las ganas de seguir andando, con la tristeza colgándole en la cara, los brazos derrotados y la cabeza baja. Pasaba como una foto "movida", o tal vez la imagen trucada de otra mujer que se había quedado en otro lado y no quería regresar, que estiraba una mano sonriente para arrancar una naranja del árbol...

La observé hasta que bajó hasta el fondo. Se sentó en la reposera y relajó su cuerpo como si hubiese llegado a un destino anhelado. La luz apaciguada de la mañana acariciaba su frente.

La miré un rato y volví la vista nuevamente hacia el interior de la casa. Sentí que había un silencio que continuamente se iba espesando sin emoción y metiéndose para adentro de las cosas. Pronto me di cuenta que la casa de la abuela no tenía reloj, ni radio, y mucho menos televisor. Las cosas debieron irse rompiendo una tras otra, hasta que en algún momento su vivienda quedó insonorizada, al igual que ella misma. En la casa de mi mujer siempre había un equipo de audio, y tres televisores: uno en el dormitorio que antes compartía con ella, otro en el cuarto de las niñas, y el restante en el comedor. Era normal que todos estuviesen encendidos al mismo tiempo, y que tuviéramos que hablar a los gritos.

Respiré hondo, disfrutando aquella tranquilidad.

Eran las once de la mañana y la abuela no daba de señales de interesarse por el almuerzo. Vivía sola, así que probablemente estuviese acostumbrada a comer a deshoras.

Bajé hasta el fondo y acercando mi rostro al suyo le pregunté:

—¿Qué querés comer, abuela?

Se tomó un tiempo para contestar.

—Pasta.

—Bueno, comeremos pasta.


En un almacén que no existía cuando yo frecuentaba el barrio, compré un pan flauta, un litro de vino, otro de agua mineral, tallarines, queso rallado y pulpa de tomate.

De regreso, abrí la puerta y entré silenciosamente, para no perturbar la tranquilidad de ese reloj descompuesto en el que había decido recluirme.

Guardé las botellas en la heladera y empecé a cocinar. Sólo tuve que agregarle un poco de agua a la salsa para aligerarla, y en pocos minutos ya estábamos almorzando.

La abuela tenía muy buen apetito. Yo pensé que iba estar contenta, pero en ningún momento dejó de exhibir sin orgullo esa expresión característica de los uruguayos: una tristeza desdramatizada, contagiosa como un bostezo. Comió dos platos suculentos, y entre ambos nos repartimos equitativamente el vino. Durante la comida no dijo palabra alguna, pero yo le hablé de mi ex-esposa Verónica, de lo lindas e inteligentes que eran sus bisnietas, de mi trabajo en la librería, de la crisis económica, del tiempo, del almacén donde había comprado las cosas para cocinar, de la tranquilidad del barrio, los años que habían pasado, y lo apenado que me sentía por no haberla visitado en tanto tiempo.

Sólo después de pasarle el pancito al segundo plato, murmuró:

—Yo conocí a una Verónica que era modista.

La miré, procurando que mis ojos no revelaran la pena que me daba verla en ese estado. Me hacía acordar a los "flippers", aquellas maquinitas en las que jugaba cuando era niño. Uno empujaba una pelotita con un resorte y nunca sabía en que agujero iba a caer. Así de impredecible era la mente de la abuela frente a los estímulos que recibía.

Después de secar los platos y ponerlos en el escurridor, bajé hasta el fondo.

La abuela ya estaba recostada en la reposera, con el rostro levantado hacia el cielo, mirando por encima de los grategos del fondo. Por lo visto el almuerzo la había dejado amodorrada.

Abrí la otra reposera y me senté a su lado.

Creo que no se enteró de mi presencia, y si lo hizo yo no me di cuenta.

Me puse a mirar hacia donde se suponía que ella miraba. Las nubes caracoleaban perezosas dejando ver un agujero central en un punto alto de la bóveda.

Miré los ojos de la abuela, pero no fui capaz de decidir si los tenía puestos en ese lugar, o en otro mucho más lejano. En todo caso, ahora la sentía tibia, añosa, hojaldrada. Recosté la cabeza en el respaldo y me abandoné al placer de aquel momento. Veía como una luz limonada iba ganando espacio sobre las sombras y extendiéndose sobre la abuela. Su nuevo rostro, suavizado, me reveló un insospechado aspecto de ángel.

Cerré los ojos y la imaginé ingrávida, a punto de elevarse en el aire sosegado de la mañana. La vi volar sobre los canteros del fondo, los árboles, los grategos...

Después sentí en los párpados que la luz había mermado y abrí los ojos. Las nubes tapaban el sol y una claridad de ceniza iluminaba los objetos.

La abuela tenía los ojos cerrados, el rostro sombrío y las manos arrolladas sobre la falda. Era sólo una niña acurrucada en un ropero.

Cerré los ojos, puse la mente en blanco, y me dormí.


Me despertó una música alegre que provenía del terreno ubicado a la derecha del nuestro. Era algo como un bolero, pero no tan meloso. Una melodía entradora, agradable.

La abuela estaba con los ojos cerrados, y repetía, moviendo la cabeza hacia los costados:

—No, no...

—¿Qué pasa, abuela?

—Siempre me molesta esa mujer, con la música ruidosa.

El volumen era bajo, pero ella parecía realmente afectada. Tomé una de sus manos y comencé a acariciarla. Al cabo de unos segundos se calmó, pero después de unos acordes intempestivos volvió a descompensarse.

—Otra vez. ¿Por qué? —expresó obnubilada y temblando.

—Vamos —le indiqué.

La tomé del brazo y la llevé hasta su propia cama.

Le quité los zapatos, la ayudé a recostarse y la observé hasta que se durmió.

Libre de radios, televisores y relojes, su mundo no tuvo otra posibilidad que ir creciendo hacia adentro, y entonces, cualquier intromisión del exterior, por más leve que fuese, le resultaba insoportable. Al fin de cuentas debió haber vivido años así. A mí también me gustaba el silencio y la soledad, por eso podía entender que ella permaneciera así, desconectada.

Mientras dormía, saqué el celular que guardaba en la mochila y llamé a mi ex-esposa. Era arduo darle explicaciones, porque tenía una tendencia natural a no escuchar y a hablar a los gritos. Pero finalmente le conté que estaba viviendo con la abuela, y que tan pronto como me fuera posible iría a recoger mis pertenencias, sobre todo algo de ropa y quizás un par de libros. Ahora no pensaba quedarme mucho tiempo, de modo que no valía la pena traerme la computadora. Tampoco mi equipo de audio, porque no quería alterar la tranquilidad de la casa.

Mi ex-mujer me recriminó que hacía más de un mes que no veía a mis hijas, y que ellas preguntaban por mí. Le aseguré que iría pronto y les dejé un beso mío y otro de la abuela, aunque ella obviamente ni se enteró.

Tendría que haber comprado el diario y salir a repartir mi currículum, pero como por el momento me alcanzaba con el dinero del seguro de paro, lo fui dejando estar y no hice nada de eso. Limpié un poco la casa, apenas lo imprescindible. De mañana salía a hacer las compras, ayudaba a la abuela a regar las plantas, cocinaba, dormíamos la siesta, de tarde tomábamos mate, y en la noche comíamos lo que hubiera sobrado del almuerzo.

La abuela no me molestaba en lo más mínimo, nunca me gritaba, y aunque tenía un rostro desabrido, a medida que transcurrían las semanas se mostraba más receptiva a mis mimos. En cierta ocasión incluso, me dejó apoyar la cabeza en su falda y estuvo rato acariciándome el cabello.

En cierto momento de mi vida me había dado cuenta que poseía una habilidad no muy común: podía aislarme del mundo con una facilidad extraordinaria, como si bajara la llave de la luz. Aún en las condiciones más inverosímiles, rodeado de personas, en medio de una fiesta, o con la radio prendida... yo me escapaba. Cerraba los ojos —y a veces también sin cerrarlos— pensaba que mi cuerpo era un río que fluía incesantemente, y al que nadie podía dañar. Nací con este don, pero creo que mi esposa me obligó a perfeccionarlo. Sus insultos y sus gritos no se me pegaban, se iban con la corriente, para mi tranquilidad y su desesperación.

Durante interminables días, mirando a la abuela, supe de donde me venía esa facultad, aunque estimé que el paso de los años a ella la había hecho avanzar hasta límites inimaginables. Nada de lo pasaba a su alrededor parecía afectarla. Muy por el contrario, sus cambios de ánimo dependían de eventos que estaban lejos de mi comprensión. A veces, repentinamente, su cara se llenaba de angustia y las manos se le crispaban sobre la falda, como si escurriera un trapo sucio de odios. Y tan sólo un momento después, con la misma facilidad que uno se despoja de un vestido o enciende una lámpara, ella hacía caso omiso del peso de los años y avanzaba: emergente, vertical, como si se hubiese mojado el rostro en un charco de luz.

A medida que el tiempo transcurría comenzó a ocuparse cada vez más de su persona. Aunque se bañaba muy poco, se perfumaba con una colonia ordinaria, se probaba vestidos chillones que ya no eran de su talle y se pintaba la cara con ayuda de una petaca vieja y lápices de labios revenidos. El resultado de esa transformación era grotesco, pero yo no le decía nada, porque veía que una sonrisa empezaba a dibujarse sobre su infelicidad. Además, sabía que no saldría nunca así a la calle, y que aquello que pasara dentro de la casa sólo era asunto de nosotros dos.

Luego empecé a darme cuenta que la abuela buscaba mi compañía y trataba de entablar una conversación, aunque con su deterioro mental eso le resultaba cuesta arriba. Por lo general, mientras estábamos sentados en el fondo, pronunciaba alguna frase ambigua y se conformaba con tomarme de la mano. En determinado momento, muy ingenuamente, llegué a creer que mi compañía la estaba ayudando a recuperar la lucidez, como cuando me contaba un episodio de su juventud o me preguntaba por algún libro raro. Sin embargo, apenas al día siguiente de esta presunción, volví a encontrarme con una mujer triste, de mirada humosa, pensamientos enraizados en el viento y palabras decapitadas.

Así fui acostumbrándome a sus intermitencias y a lo impredecible de su carácter.

A los tres meses, más o menos, mi mujer me envió un mensaje de texto preguntándome cuando iba a ir a buscar mis pertenencias. Le respondí que pronto, y le dejé saludos a las niñas, de parte mía y de la abuela. Ese mismo día, mientras almorzábamos, le expliqué a la abuela que debía ir hasta la casa de mi ex-esposa. Ella me entendió, y pareció asustada, como si temiera que yo me marchara para siempre. Le expliqué que iría a buscar algunas mudas de ropa, y que para la noche ya estaría de regreso, pero aun así no se quedó tranquila.

Después de comer tomó mi mano y me hizo acompañarla hasta el galpón. Una vez allí corrió unas tablas, arrastró unas bolsas pesadas y comenzó a vaciarlas frente a mí. Eran las camisas, los calzoncillos, las medias, los buzos, los zapatos y los pantalones del abuelo.

Pensé en explicarle lo insensato de todo aquello, pero vi sus ojitos empañados, sus manos ansiosas que apretaban la tela del vestido, y callé.


Los calzoncillos y las medias, como tenían elástico, me quedaron bastante bien. Con los buzos y las camisas no hubo mayor problema, porque a mí me gusta usar la ropa holgada. Sin embargo, a los pantalones la abuela debió zurcirles unos dobladillos de por lo menos diez centímetros. Y no hablemos de los zapatos, fue imposible apropiarme de ellos. El abuelo calzaba cuarenta y seis: daba miedo de sólo pensarlo.

De modo que postergué la visita a la casa de mi ex-mujer, y la realidad de la abuela me fue cubriendo más y más, como hace la marea con una rama clavada en la arena de la playa.

Aunque todavía conservaba mis dos mudas de ropa, la abuela insistía siempre en que usara las prendas de su difunto esposo. Decía que me quedaban mejor, y que me hacían parecer más hombre, más serio. Yo sólo me las quitaba para hacer los mandados, pero después de un tiempo me las dejé permanentemente. Mis salidas eran puntuales y no hablaba con nadie, únicamente quería comprar las cosas, o cobrar el dinero del seguro y regresar pronto.

Cuando quise darme cuenta ya hacía más de cuatro meses que vivía allí y estaba acostumbrándome a los ritmos y las atmósferas del lugar. Sin esforzarme, había logrado recuperar ese espacio blando que todo hombre lleva en su interior, pero que la sociedad se empeña en destruir.

La abuela, con su sólo ejemplo, me enseñaba a escuchar detrás del silencio.

Siempre la encontraba sentada en su reposera, recibiendo como un bálsamo las luces del cielo, ovillándose sobre si misma, envuelta en la eterna y dulce tristeza del Sur, presintiendo los refugios del frío, los caminos aéreos, los colores finales.

Me sentaba a su lado y descansaba del mundo. Veía los pastitos que movía la brisa y los insectos diminutos que trepaban por el tallo de las flores. A veces ella me abrazaba contra sus pechos enormes y tibios y me besaba en la mejilla. Se había encariñado tanto conmigo que un buen día comenzó a llevarme el desayuno a la cama. Estaba contenta, no sólo se pintaba y se arreglaba con sus vestidos más pintorescos, sino que sonreía todo el tiempo, y a veces, sin importar lo que estuviera haciendo, se le escapaban risitas breves y eléctricas.

Ya no se molestaba cuando la vecina encendía la radio, y aunque torpemente, lograba tararear algún fragmento de canción.

Cierta tarde, incluso, al asomarme al fondo, la vi parada junto al tejido, y aunque no conseguí distinguir a la vecina, escuché claramente cuando la abuela decía:

—Yo ya pensaba que no, pero una nunca sabe...

Tal vez, de haberle prestado más atención a aquella frase, hubiese logrado anticiparme a los sucesos que estaban por alterar completamente mi vida. Pero en ese momento no comprendí el peso de las palabras, y seguí con la rutina habitual, ignorante de todo peligro.

Después de la cena le dije hasta mañana a la abuela y me fui a acostar.

Aunque estuve cerca de una hora con la cabeza apoyada en la almohada, y aunque ya era de madrugada, no conseguí dormirme. Un extraño presentimiento, seguramente alimentado por algunos ruidos enigmáticos que escuché en el silencio de la noche, me mantenían en vigilia.

De pronto, como una gota que cae de una nube densa y oscura, sucedió lo que nunca me hubiese animado a considerar.

Lustrosa de afeites, hediendo a sudor, cremas y perfume barato, ella avanzaba en la oscuridad, poniéndome por delante el rojo rabioso de sus labios pintados.

Yo quería decirle a mis brazos que la detuvieran, que por nada del mundo debían permitirle traspasar el umbral de la puerta, pero ya estaba dentro del cuarto. Cerré los ojos para que la imagen retrocediera; fue inútil resistirme. Al abrirlos la abuela se quitó frente a mí el camisón que llevaba, revelándome la sobrecogedora luz de su cuerpo desnudo.

Cuando se subió a la cama, ésta se hundió y yo con ella. Comenzó a faltarme el aire y pensé que me moría, sin embargo podía sentir lo que hacía mi abuela y ver mi propia mano que apretaba las sábanas blancas.

Entonces experimenté una humedad infernal y un delicioso terror que me aspiraba.

Hubiese querido huir de aquella ciénaga inmunda, pero me hundía más y más y cuando saqué una mano, no fue para escapar, sino para acariciar el seno palpitante que se me metía en la boca.


Después que todo terminó, ella se fue para su cama y quedé sólo con mis pensamientos.

Pero yo no quería pensar. Fui al baño, me pegué una ducha y volví a acostarme. Afortunadamente no tardé en dormirme.

Me desperté horas más tarde, cuando el día empezaba a clarear. La abuela no había venido a despertarme con el desayuno; mejor así, porque no lo hubiese podido soportar.

Sabía que con las luces del día todo se vería terrible. Un sentimiento de vergüenza embotaba mi mente impidiéndome tomar cualquier decisión. Mientras me vestía, advertí que el silencio de la casa se había vuelto en mi contra, porque amplificaba las voces de mi interior.

Abrí la puerta del fondo y bajé.

Avancé a través del aire frío y luminoso.

Ella descansaba en su reposera. Coloqué la mía a su lado y me senté. Tenía la cara sin brillo y apuntaba sus ojos borrosos hacia el cielo.

Esperé ansioso a que me dijera alguna cosa, pero no dijo ni hizo nada. Al cabo de un rato me convencí de que el bochornoso episodio que habíamos protagonizado jamás sería un tema de conversación. Simplemente quedaría como uno de esos tantos secretos que las familias de todas las épocas han debido soportar. Algo horrible que habría de envenenar las frases y las miradas más inocentes. Continuamente deberíamos fingir que no había ocurrido o que ya lo habíamos olvidado. Pero nada sería igual.

Sin mirarme, la abuela apretó mi mano entre la suya, como si deseara hacerme entender que comprendía mi angustia. Entonces elevé la vista y me dejé arrastrar por los devaneos de las nubes.

Después de un rato largo la abuela giró hacia mí su rostro desteñido, y mientras me observaba con sus ojos brumosos, me dijo que existía un sitio que la mayoría de la gente ni siquiera se imaginaba.

Al principio creí que trataba de atraer mi atención, pero luego la observé, y pensé que bajo ese rostro conocido e impersonal, había otro, ondulante como una llama, que intentaba comunicarse conmigo.


Al otro día, como de costumbre, el ocaso nos encontró sentados en las reposeras del fondo. Yo estaba encantado con aquel espectáculo: el aire apacible de la tarde y los colores frutales del cielo. La abuela sonreía. Sus manos acariciaban la tela de la solera como si interpretaran el sentido oculto de los tonos flotantes.

No sé en que momento empecé a sentirme mal, y tampoco pude identificar la causa. Tal vez un sonido o un olor que no tomé en cuenta cuando apareció. Sin duda algo pequeño que después siguió creciendo mientras yo no lo veía... porque el cielo se transformó en una herida sangrante, y la abuela estaba oscura, con los huesos de su rostro asomando como un fuego blanco. Me quedé quieto, fingiendo que nada había pasado.

Le pregunté si se sentía bien.

Ella dijo unas cosas que no entendí, y me habló de otras que no escuché, porque mientras movía los labios sus palabras debían salir en otro lugar que no era éste.

Continué mirando el cielo, y después de un rato le pregunté si estaba cómoda.

La abuela me respondió que sí, y entonces pude ver que tenía el rostro sereno acariciado por las luces del Sur.


Esa misma noche, ella surgió, luminosa como un astro, en la basta noche de mi habitación.

—Abuela... —le susurré—, qué hermosa estás hoy.

Adelantó un brazo y con candor movió los dedos de una mano, dejando una estela fosforescente.

El resplandor avanzó hacia mí, devorando a su paso la oscuridad.

Al subirse en mi cama esta se transformó en una laguna de luz. Sentí la tibieza deliciosa de los pensamientos de la abuela y vi sus ojos neblinosos y los vapores blancos que aleteaban sobre su espalda. Deslizó una mano y comenzó a acariciarme en mis partes íntimas, no con la ordinaria prisa de cualquier mujer, sino con la exquisita ternura de las abuelas. Supe enseguida que nunca me habían tratado con esa dulzura. Nadie con esos labios húmedos, esa lengua acariciante... Creí que iba a derretirme de un momento a otro, pero entonces interrumpió sus juegos y salió de encima de mis piernas. Se llevó las manos a la espalda y con un sólo movimiento se desprendió el sujetador. De inmediato sus enormes senos se desparramaron sobre mi rostro con violenta alegría. Me sentía como un pordiosero colado en un banquete, turbado con la sola vista de los manjares. Luego se sentó a horcajadas sobre mí, y con una mano experta me introdujo en su cuerpo ardiente. Apretó su pecho contra el mío, me encerró entre sus brazos y comenzó a sacudirse, mientras sus labios y su lengua caliente buscaban mi cuello y mis orejas y mis ojos y mi boca. Con cada furiosa arremetida su rostro se desfiguraba más y más hasta parecer una máscara horrorosa y cambiante que tironeaba de mi espíritu y me sumergía en un delicioso infierno, atávico y pestilente. No sé qué hice yo, pero recuerdo haber visto unos ojos inyectados en sangre, desmesuradamente abiertos, como sin párpados, y también una hilera de dientes inferiores asomando más de lo normal. Después escuché un sonido gutural que se arrastraba y sentí el estallido de una luz blanca.

Al día siguiente, ni ella ni yo mencionamos lo ocurrido. Le preparé unas milanesas con puré y tomamos vino. Después del almuerzo, cuando bajamos al fondo, volví a comprobar la naturaleza extraordinaria de mi abuela. Iba delante de mí, con su ligero balanceo, meneando sus nalgas duras y llamativas. Aunque no caminaba rápido, sentí que se me hacía imposible seguirla, porque no podía ingresar a su mismo sendero, como si para ella fuese una verdad incuestionable y para mí un mero dibujo. Me quedé parado y la observé. La vi alejarse y deshacerse frente a mis ojos, como una nube gris que se estira en el cielo de invierno. Se redujo a un pequeño trazo de color y desapareció. Luego, en otro sitio, comenzó a reaparecer. Primero fue un puntito, luego una mancha que se movía hasta ganar relieve y dimensiones. Poco a poco regresó de donde estaba y la vi sentada en la reposera.

Por la tarde mi ex-mujer me llamó por teléfono y me recordó, con su habitual mal humor, que hacía meses que no visitaba a las niñas. Le expliqué que estaba complicado con algunos asuntos importantes, y que apenas me fuera posible le haría una visita. Me insultó de mil maneras, y apenas tuve tiempo de mandarle saludos míos y de la abuela, antes de verme obligado a cortarle.

Poco importaba que al observarla en el fondo yo pensara que mi abuela era una niña inmensa y aterciopelada, un ángel, una mujer iluminada, o simplemente una triste anciana. Mi única certeza era que al abrirse la noche, ella volvería a meterse en mi cama y a brindarme su infinito amor.

Ninguna de las veces que tuvimos sexo —y fueron muchas— yo lo sentí como un hecho normal. Muy por el contrario, la certeza de que estábamos haciendo algo prohibido aumentaba mi excitación hasta límites inimaginables. Debo admitir que al principio su falta de higiene me provocaba nauseas, sin embargo, mi mundo empezó a cambiar cuando dejé de luchar contra los olores a suciedad y me hundí voluntariamente en ellos. Con el tiempo los fui asimilando y hasta llegué a apreciarlos, convencido de que me ayudaban a transportarme. Cada velada suponía reinaugurar un ritual en que ella incorporaba energías arcanas y mi mente se elevaba hasta el umbral de una nueva conciencia.

Desde el día en que aquella generosa mujer se metió en mi lecho, nuestras almas se fueron entrelazando, hasta sentir que se habían unido para toda la eternidad. Con una frecuencia de cuatro o cinco veces por semana, reinaugurábamos la experiencia sublime de nuestra unión, incorporando distintos juegos y posiciones que mantenían siempre encendida la llama de nuestra pasión. Tan grande era el amor que sentía por mí, que se había entregado a formas de placer que al abuelo siempre le habían sido negadas.

Ya no necesitábamos de la complicidad de la noche. Andábamos todo el día abrazándonos dentro de la casa, y yo la sodomizaba en cualquier habitación y tan pronto como nos viniera en ganas.

Habíamos descubierto que estábamos hechos el uno para el otro. No me refiero solamente a que ella fuese una mujer extraordinaria, sino a que yo era su complemento ideal, porque una obra de arte no tiene mucho sentido si no hay alguien que pueda apreciarla. Y destaco esto porque generalmente los nietos no valoran a sus abuelas, las encierran en asilos en lugar de disfrutarlas como corresponde.

Creo que si hubiese dependido de nosotros, podríamos habernos dado placer hasta el final de nuestros días, pero desgraciadamente la gente feliz siempre termina siendo víctima de los seres mezquinos. Mi ex-esposa me llamó una noche al celular, y me dijo que las niñas tenían ganas de verme a mí y a la abuela, de modo que vendrían a visitarnos el fin de semana. Le insistí en que no lo hiciera, pero ella, que jamás me había escuchado, tampoco quiso hacerlo en esa oportunidad.

Después que cortó intenté explicarle a la abuela los riesgos que esa visita podía significar. Yo estaba aterrado, porque ella carecía de contención y era capaz de besarme en la boca delante de todos, o de hacer cosas mucho peores.

A partir de ese momento empezó mi calvario. Tenía sólo un día para extirparle los hábitos que había adquirido a lo largo de meses. Le prohibí que me llevara el desayuno a la cama, y que me manoseara cada vez que se cruzaba conmigo, y obviamente fui terminante respecto a meterse en mi cama. Creo que me entendió, porque se puso muy triste y bajó la cabeza para que no la viera llorar. Pero tan sólo media hora después ya se me estaba tirando encima con fines previsibles. Me encontraba tan nervioso por la inminente visita que la empujé y le partí el labio de un puñetazo. La golpee también en la sien, y reconozco que fue un error, porque eso iba a dejarle signos inequívocos de una golpiza, que difícilmente podría explicar. Grité fuerte para no tener que escuchar su llanto patético de vieja senil, y cuando cayó al piso la pateé varias veces. La dejé tirada en la cocina y me marché al fondo. Encerré mi cara entre las manos y lloré largamente.


De madrugada, me levanté de la cama y fui hasta el baño. Mientras orinaba, a través del tragaluz escuché un sonido extraño que provenía del fondo. Así como estaba, en piyamas, abrí la puerta y descendí los nueve escalones.

Un viento gélido doblaba las ramas de los árboles y acicateaba a las hojas para que danzaran en el aire turbio. Cuando elevé la vista vi a la abuela, levitando sobre el terreno. Una luz ácida le iluminaba el camisón, la cara y los escasos pero serpenteantes cabellos. La veía casi transparente, como una vieja bolsa de nylon. Daba vueltas por el predio, pero por alguna razón era incapaz de volar un poco más alto y escapar. Encontraba penoso que pudiese despegarse así del suelo y fuera incapaz de ir a donde ella quisiera. Estiré una mano para tocarla, pero no la alcancé.

—Abuela... —dije, despacio.

Ella se deslizó, llena de aire. Ni siquiera me miraba. Se enganchó en una rama, y aunque el viento le inflaba el vestido, no podía escapar. No entendía porque todo tenía que ser tan triste. La abuela era como un globo hinchado de aire muerto, y yo no sabía como ayudarla.

"Es un ángel victima de la tempestad", pensé mientras el viento frío y húmedo golpeaba mi rostro, pero luego me di cuenta que era muchas más cosas de las que podía nombrar, y que su verdadera naturaleza siempre estaría más allá de mi comprensión. La sentí ahuecada, vaporosa...

La observé un momento más, brillando y agitándose en la oscuridad.

Luego di la vuelta, subí los escalones, entré en la casa y cerré la puerta.

Entré nuevamente al baño, me lavé la cara y las manos.

Fui hasta el cuarto de la abuela, abrí la puerta y entré.

Ella estaba tirada boca abajo en la cama, y se quejaba dormida. Encendí la lámpara, descorrí las sábanas y la observé. Sus carnes se hundían en el colchón. Tenía el rostro hinchado y violeta de moretones. Me dio lástima y comencé a posar mis labios sobre sus heridas. Como también estaba lastimada en el resto del cuerpo, tuve que quitarle el camisón y la ropa interior. Después de acariciarla y besarla con dulzura, comprendí que ella me deseaba, y mientras afuera rugía el viento, le hice el amor.


Desperté con el ruido del celular. Era de mañana.

Me había dormido abrazado a la espalda de la abuela.

Encontré el aparato en la mesa de la cocina. Atendí. Mi esposa me avisó que estaba saliendo con las niñas. Estimé que en el auto no podía demorar más de media hora.

Le respondí que estaba todo bien, y que la abuela se pondría muy contenta de verlos. Me vestí y ayudé a la anciana a hacer lo propio. No fue fácil, porque le dolía todo el cuerpo, y algo tan simple como introducir un brazo dentro de una manga le arrancaba ayes de sufrimiento. Le puse un vestido floreado, medias de invierno, un saquito de lana, y le calcé unas pantuflas abrigadas.

La llevé hasta la cocina, la senté en su silla y estuve rato peinándole los rebeldes cabellos.

Cuando terminé de aprontarla me di cuenta que había algo que no encajaba. Era su rostro. Tenía sangre reseca y manchas oscuras y abultadas.

—Debes estar linda para las nietas —le dije.

Tomé su petaca y la maquillé. Fue necesario utilizar los productos con generosidad. Tuve que aplicarle una capa muy gruesa de base para lograr disimular las imperfecciones. Le puse abundante rouge en los labios, le coloreé los párpados de verde y le apliqué rimel.

Después de hacer un gran esfuerzo me alejé unos pasos y contemplé mi obra: era horrorosa. Si las nietas veían aquello iban a salir corriendo despavoridas.

Abuela... —le expliqué—: acordate de lo que hablamos, por nada del mundo menciones lo nuestro.

Pero ella no me respondía, sólo me observaba con sus ojos de invierno.

Resoplé ofuscado y me miré las manos manchadas con sus asquerosas pinturas. Cuando elevé nuevamente rostro, ella estaba intentando decirme algo. Un torbellino marrón giraba y quería succionarme hasta las profundidades de un sitio que no pertenecía a este mundo. Y después unas pinzas rojas se agitaron en el aire. La piel se me erizó de terror. Al mismo tiempo que aquella visión cautivaba mis sentidos, podía apreciar la imagen superpuesta de mi abuela, que movía los labios sin pronunciar palabra alguna. Le grité un insulto, y por toda respuesta ella hizo que su rostro relampagueara frente a mí y luego se alejara y volviera a su sitio, sólo para que yo vislumbrara en ella su verdadera naturaleza.

La abuela se paró y sujetó el picaporte de la puerta del fondo con deseo de marcharse.

Le grité que no podía irse hasta que me prometiera que iba a mantener la boca cerrada.

Pero ella no me hizo caso y abrió la puerta. Grité desesperadamente, entonces giró el rostro y me observó. Al ver aquellos ojos que se reían de mí, comprendí que estaba anunciándome la conducta deleznable que planeaba tener cuando llegaran mis hijas. No lo pude soportar, me paré y avancé hacia ella. Yo únicamente quería sacudirla de los hombros, hacerla entrar en razón, asegurarme de que no iba a decir o hacer nada malo, explicarle, ayudarla a comportarse; en ningún momento tuve la intención de empujarla por la escalera. Lo peor es que no bajó rodando, sino que se precipitó de espaldas, sin tocar los nueve escalones.

En mi recuerdo la veo cayendo muy lentamente, como si nunca fuese a tocar el suelo. Y mientras se desliza en el aire elástico mueve los labios, y dice palabras que se hunden en el silencio. Yo quiero sujetarla de un brazo, pero entonces veo las formas que se agitan atrás del rostro de mi abuela y presa de un indescriptible horror, retiro la mano que podría haberla salvado.

Bajé la escalera y observé su cuerpo desmadejado en el piso. Junto a su cabeza había un inequívoco charco de sangre.

Mi familia iba a llegar de un momento a otro y no había tiempo que perder. Fui hasta el galpón, tomé una pala y comencé a cavar en la tierra negra.

Miré en distintas direcciones, por las dudas que algún vecino se hubiese asomado a espiar. No vi a nadie, pero no pude respirar tranquilo. En todo momento escuchaba pequeños ruidos, aunque no podía discernir si venían de cerca o de lejos, o tan siquiera del fondo, de la derecha o la izquierda.

Hacía tiempo que no hacía ningún tipo de actividad física y tras unas pocas paladas quedé bañado en sudor.

Después de hacer un pozo lo suficientemente grande, fui por la vieja. La tomé de los pies y empecé a arrastrarla. La encontré increíblemente pesada. Al cabo de un rato sentí que había hecho un esfuerzo descomunal sin obtener ningún progreso significativo. Sin embargo, una línea de sangre evidenciaba que ya la había arrastrado varios metros.

Me detuve un momento, con las manos en la cintura. Cuando elevé el rostro para morder un poco de aire, encontré un cielo de tonos amarillos y ocres, como una hoja de papel que el fuego ha comenzado a quemar por detrás.

Decidí poner fin a mi tarea y sacando fuerzas de flaqueza, conseguí arrastrarla los metros que me faltaban. Sentí una música que surgía de la casa lindera. Arrojé a la vieja dentro del pozo y le lancé un par de paladas de tierra. Ignoraba si la vecina se había asomado al tejido para poder ver dentro de la fosa, pero por si acaso me apuré a tapar el cadáver.

De pronto la música cesó. Miré hacia el tejido y no vi nada. Al volver la vista sobre la sepultura advertí con asombro que la tierra se estaba moviendo. Di un paso atrás y luego otro. Tropecé con algo, y al caer de espaldas vi el cuerpo obeso y luminoso que salía de la tumba y ascendía en el aire, hasta quedar suspendido sobre mí. La abuela estaba hinchada y tenía el rostro rojo, como una bolsa de sangre a punto de estallar. De la espalda le salían dos alas inmensas, de puro fuego, desplegadas de par en par. Me miró con las cuencas humeantes de sus ojos y abrió las fauces, enseñándome unos dientes afilados y enormes.

Pero no siempre estoy seguro de que haya ocurrido así. A veces me parece que después que bajé la escalera y la vi tirada en el piso con la cabeza partida, ella movió los labios y me dio las gracias por haberla liberado. Luego un cuerpo etéreo salió de su cuerpo humano, y comenzó a elevarse, envuelto en una luz de menta.

Sin embargo, desde que vivo en este sitio penoso al que me han traído contra mi propia voluntad, mi recuerdo más frecuente es otro. Yo estoy con la abuela, desayunando en la cocina, y de pronto escucho el motor de un auto que se estaciona frente a la casa. Agudizo mi oído, porque creo que es el vehículo de mi ex-esposa. Siento risas y más tarde el timbre. Abro la puerta de calle, beso a mis hijas y a su madre. La abuela aparece detrás de mí, y mientras avanza con un ligero balanceo y extiende los brazos para abrazar a las bisnietas, su rostro se llena de sol.